sábado, 12 de marzo de 2011

Mis Frases del día


De Lunes a Viernes mando frases célebres vía mail a mi lista personal de distribución; dichas ideas, por una u otra causa, me gustan y las comparto con mis amistades.

Dentro de las frases que más me calan por su ácida honestidad son las de Oscar Wilde y, en especial, de su obra distintiva: “El Retrato de Dorian Gray”. Dichos pensamientos los sacaba del Internet porque nunca había leído dicha obra así que, cuando tuve la oportunidad, ví la película y me llamó la atención, pero tenía la sensación que era distinta al libro (como casi siempre es el caso).

Por eso, cuando mi exjefa me ofreció prestarme el libro, lo acepté sin duda alguna. Y mi presentimiento era verdadero: la película es totalmente diferente al libro; ciertamente le metieron escenas más impactantes y atractivas para que al público le interesara pero, ni remotamente, la versión cinematográfica le hace honor a la original. Hay que resaltar la creatividad que tuvo Wilde para plasmar en la obra todos estos instintos básicos a pesar de la censura tan fuerte del Siglo XIX, un verdadero genio.

Cuando acabé de leerlo me recriminé: “¿Cómo pude vivir tantos años sin conocer tan maravillosa obra?” Sin embargo, agradezco el haberla leído en esta época de mi vida, porque la disfrute más que si la hubiese leído más joven.

La genialidad de Oscar Wilde es notable, ya que describe los hechos de la humanidad tal como son, con una elegancia y contundencia que resaltan por el lenguaje tan rico e interesante con la que son expresadas. Me encantó la novela porque es muy sutil y a la vez salvaje, es fina y al mismo tiempo instintiva.
                                              
Aunque fue escrita hace más de un siglo, es una expresión que define al ser humano actual, ya que casi todos vivimos en una pose o con una máscara, y son muy pocos los que se atreven a ser auténticos.

Somos ridículos, porque tememos que el mundo nos juzgue como si fuésemos los únicos que cometieran errores o la vida manchada, y sin embargo le seguimos dando mucha importancia a una sociedad que, en su conjunto, siempre será más despreciable que cualquier acción que podamos cometer.

Sin embargo, les damos ese poder porque a nosotros también nos encanta juzgar a los demás como si tuviéramos el alma inmaculada, como si poseyésemos todas las virtudes necesarias para señalar los errores de otros, como si fuesen lo más terrible del mundo.

No me siento lo suficientemente excelso para satanizar a Dorian Gray o a su mentor Henry Wotton, creo que ambos personajes reflejan fielmente la naturaleza humana, esa misma que muchos negamos o que tachamos de egoísta, inmoral y “mala”, sin embargo, esas mismas características tenemos como personas, las mismas que nos han enseñado a callar porque vamos a ser señalados pero que, mientras más censuradas son, más atractivas nos resultan.

Cuando leí en “El señor de los anillos” que a los seres humanos se nos concedió el don de ser mortales, fue algo que no comprendí pero con la lectura de “El retrato de Dorian Gray” me queda claro. Estoy seguro que la mayoría de las personas desearían una vida y/o juventud eterna pero ¿para qué? ¿Para ver cómo el tiempo pasa por los demás y no en uno? ¿Para ver cómo mueren tus seres queridos? O ¿Para no tenerlos?
                                              
Nos quejamos de nuestra mortalidad, nuestra imperfección, nuestra edad o nuestra fecha de caducidad. No comprendemos que esta lenta muerte que acontece diariamente es aquello que nos hace sensibles, que nos da la posibilidad de apreciar todos los detalles efímeros, porque nosotros también lo somos. Sin embargo, estamos tan poco desarrollados que deseamos que esa belleza nunca acabe, y queremos enajenarnos con una hermosura perpetua la cual, contradictoriamente, dejaría de serlo.

Yo mismo he dicho “Los perros serían perfectos si fueran cachorros siempre” ¿Lo serían? Tal vez la idea resulte atractiva pero, de hecho, la realidad sería otra. Tanto en perros como en humanos hay una razón para las distintas etapas existenciales: dignidad. La vida tiene su dignidad de acuerdo a cada época. Por eso resulta tan triste ver a cuarentones comportándose como adolescentes o a señoras enseñando sus tristezas con una minifalda que tomaron “prestada” del guardarropa de sus hijas.

Así como Dorian Gray, muchas personas no quieren que el tiempo pase, pero la vida continúa con o sin uno, así que es mejor vivirla al ritmo que nos dicta, porque luego queremos recuperar el tiempo y eso es algo imposible, además de que resultamos patéticos cuando lo intentamos.

Es más fácil aceptar que somos humanos en vez de pretender que somos celestiales e inmaculados (como el cuadro), porque esa actitud neurótica eventualmente acaba con nuestra cordura y torna nuestra “fingida” decencia en lo que pretendíamos evitar.

Se podrá criticar el final de la obra por ser tan sencillo y con falta de “punch”, sin embargo es el final perfecto de acuerdo a la idiosincrasia que Wilde mostró a lo largo de la novela, un final espectacular hubiera resultado grosero para una obra tan fina y de tanta clase.
                                                          
¿Qué enseña la obra? La vida va a pasar lo quieras o no y, aunque no se acepten, las consecuencias de la misma no perdonan a nadie. Se puede hablar de la decrepitud del ser humano y de la capacidad de corromperse: eso todos lo tenemos y hay que aceptar que están ahí en vez de cerrar los ojos y pretender que no existen.

Es una lástima que Wilde no sacara más obras como ésta, aunque creo que también fue muy ad hoc a su manera de pensar: Mejor sacar una obra excelsa que va a ser eterna, que tener varias obras buenas y que pasarían al olvido. Lo bueno que existió “El Retrato de Dorian Gray” porque, de lo contrario, mis frases del día no serían lo mismo.

Hebert Gutiérrez Morales

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hebert, gracias a lo que escribes realmente me han dado ganas de leer el libro, lo tengo guardado desde hace mucho y he pensado que "ya pasó su tiempo", pero tal vez ahora, como bien dices, es su momento para comprenderlo. Ya te contaré" Un abrazo.

Anónimo dijo...

Esa "anónimo" soy Julieta, seme hizo más fácil, pero olvidé firmar. Un beso.