viernes, 22 de abril de 2011

Mudanzas


            Hoy estoy melancólico, y no sabía por qué motivo, hasta que me dí cuenta que estoy a cuatro días de mudarme, “¿Otra vez?” Es el comentario que, invariablemente, he recibido en los últimos días cuando anuncio a mis amigos que voy a cambiarme de casa.
           
            A pesar de que tengo experiencia en esto de mudarme, nunca es fácil, y no estoy hablando de la molesta logística que implica el flete, el cambio de servicios de un domicilio a otro y la mudanza hormiga previa. Hablo de los aspectos personales que implica un cambio de domicilio (aunque sólo sean cuatro kilómetros).

            Sabía que no iba a vivir en esta casa más de cinco años (en realidad fueron tres años y cuatro meses), así que mi endémica soledad fue muy útil para evitar crear lazos con mis vecinos, lo que me facilita la partida; tal vez los vigilantes del fraccionamiento sean los que más me extrañen, porque nunca les dí un problema, pagaba puntual y hasta uno que otro obsequio les hacía. También me van a extrañar a los que les compro la fruta en las cercanías, a quienes anuncie que hoy es el último día que les hacia el gasto, y me conmovió el ver cierto dejo de tristeza en sus rostros, y no es que les consumiera mucho, pero mi visita semanal era constante y segura.

            Las mudanzas en sí son difíciles por la natural resistencia humana a los cambios, campo en el que soy especialista: rehuir a los cambios. A pesar de que, en mi caso, las mudanzas de mi vida adulta siempre han sido para mejorar, no me resultan fáciles. Ha de ser lo cómodo que resultan las rutinas y cuando, de pronto, debes cambiarlas todas de golpe, pues no es algo tan agradable, por lo menos para mí no lo es.

            Cuando me mude a esta vivienda la situación fue más estresante. En esa ocasión prácticamente me “corrieron” de mi propia casa porque me la compraron y, como ya tenía la actual, tuve que apresurar muchas decisiones que había postergado durante un año. En aquel entonces era más difícil sentimentalmente (o eso creía), porque tenía a mis perras viviendo conmigo, así que tuve que tuve que olvidar mi propio estrés para apaciguar el de ellas.

            De aquella ocasión tengo un recuerdo muy bello que, aún hoy en día, me conmueve. Mis perras sólo conocían de esa casa la cochera, el pasillo que las llevaba al cuarto de lavado y éste último. Ellas eran el último “cargamento” a mudar ese día así que, una vez que estuvo todo listo en el nuevo lugar, fui por ellas. Ya estaban sus enseres al auto y, antes de subirlas, me dí cuenta de algo: La casa estaba sola y mis perras nunca la habían conocido propiamente; así que abrí la puerta y las deje pasar. Creo que ellas pensaron que había enloquecido, porque dudaron un momento entrar a ese recinto al que, sabían de antemano, tenían prohibido conocer.

            Al ver que las invite a pasar libremente, lo hicieron y olfatearon todo el lugar; creo que intuyeron que nos estábamos despidiendo, porque en ningún momento marcaron su territorio, simplemente examinaron todos el espacios y conocieron en donde su amo vivía y que ellas ignoraban. Contemple este espectáculo con los ojos anegados, aunque no supe si estaba conmovido por ellas o por la despedida en sí.

            Esa fue mi primera casa de vida independiente, en la cual tuve mis escasos meses de vida marital y algunos años de vida en solitario. Ese lugar me fue importante, porque significó el auténtico inicio de mi vida adulta. Se la compre mi amigo Arturo, cuando vislumbraba casarme, así que hicimos un plan de pagos y la obtuve.
           
            Por alguna razón, las decisiones grandes de mi vida las tomo sin pensar, pues mi madre no esperaba que su primogénito partiera del nido, y tenía razones para así creerlo. A mis 25 años, ni me pasaba por la cabeza el mudarme, tenía toda la infraestructura en casa y sólo daba mi aportación mensual, estaba muy cómodo. Pero creo que eso es de las cosas que debo de agradecer de mi fallido matrimonio: la independencia. Cuando le avise a mi madre e inicie mi (ahora acostumbrada) mudanza hormiga, ella reacciono impresionantemente bien, yo esperaba que me armara un drama, el cual nunca llego.

El día que hice mi último embarque y fue mi partida definitiva del nicho familiar, mi madre aguanto al final y no ví ni una lágrima en su rostro pero, al irme, ella se soltó a llorar cual María Magdalena (hecho que me contó mi hermano unos días después). Siempre le voy a estar agradecido a mi mamá por ese doble detalle: Primero por las lágrimas que no me mostró para no dificultar mi partida y, segundo, por todas las que derramó por la misma.

            En esa casa, que todavía habitan mi madre y hermana, pase 13 años de mi vida, no voy a decir que del todo felices (ya lo detalle en otro ensayo), pero fueron importantes para mí. En realidad no sé por qué no me había salido antes, si no era del todo feliz ahí, pero la fuerza de la costumbre nos hace actuar de maneras indescifrables (como vivir en lugares que no queremos o estar con personas que nos dañan).
                                              
            De hecho esa casa fue la primera en la que recuerdo una mudanza, ya que fue nuestro destino cuando dejamos la caótica Ciudad de México. Estaba a punto de cumplir los doce años y no estaba muy seguro sobre sentirme feliz o furioso, ya que me estaban alejando de todos mis amigos y, aunque lo sabría hasta después, también me estaba dirigiendo a otro estilo de vida que permeó profundamente en mi ser (como ya escribí en ese mismo otro ensayo).

            Pero creo que ésa, aunque fue la mudanza más trascendental de mi existencia, fue la más fácil, porque TODOS nos estábamos yendo al carajo (literalmente), así que ese sentimiento de unidad y equipo reconforta durante un proceso de cambio tan radical como este.

            Tal vez ahí está la razón de mi melancolía: Esta vez estoy totalmente solo, no hay en quién apoyarme. En mi primera mudanza estuvo mi familia, en la segunda fue a solas pero en realidad era con miras a casarme (así que tenía marca personal de mi futura (ex)esposa), en la tercera éramos mis perras y yo. Ahora voy solo y, aunque tengo experiencia de sobra en el asunto, no deja de ser triste.

            Esto no es nuevo para mí, ya que la mayor parte de mi vida actual me la paso a solas pero, sería reconfortante, pasar por este proceso con alguien, para sentir el apoyo reciproco y enfrentar los nuevos retos en equipo. Sé lo que escribí en mi anterior ensayo sobre la soledad, y creo en ello firmemente, sólo que tuve que escribir esto para mitigar un poco esta melancolía que me da el mudarme (y funciona, porque en esta línea ya me siento mucho mejor).

            Es difícil mudarse porque dejamos un pedazo nuestro en cada lugar que habitamos, dejamos atrás ese lugar en donde experimentamos cosas buenas y malas, además de que no sabemos que otras vivencias van a tener otras personas ahí mismo en el futuro.

Probablemente nos resulte difícil aceptar que alguien más puede vivir ahí, además de nosotros, y que nuestras experiencias serán borradas por otras nuevas (tanto en el lugar como en nuestros seres). Nos cuesta trabajo dejar esa parte de nuestra identidad: los caminos que recorríamos, los lugares de referencia, los vecinos a los que saludábamos (aunque no conozcamos sus nombres) y todos esos pequeños rituales que hacen que nuestra vida tenga sentido.
                                              
            No puedo decir que es la última vez que me cambio, porque no veo el futuro. Esta casa a la cual me mudo es la mejor de todas y desde que la ví me enamoré de ella, tal vez en eso me deba de enfocar: lo que viene adelante y dejar atrás lo que ya pasó, eso facilita todo proceso de cambio porque, se acepte o no, la vida sigue su cauce con o sin nosotros, ya está en uno si le aguanta el paso o tiene que ir a marchas forzadas para alcanzarla.

Hebert Gutiérrez Morales
17 de abril de 2011

4 comentarios:

Luz del Carmen dijo...

Hebert:

De verdad que leer tus ensayos me hace pensar en situaciones muy personales, gracias por compartir tus sentimientos e ideas.

Un abrazo

Carmen

Anónimo dijo...

HOLA HEBERT !!!!
PUES UNA VEZ MAS EL LEER TUS LINEAS SON DE MUCHA ESENANZA. YO EN LO PERSONAL HE HECHO VARIAS MUDANZAS PARA SER EXACTOS VOY POR LA OCTAVA DENTRO DE POCO !! Y EN VERDAD ESO Q DICES ES VERDAD LO Q SE SIENTE AL MOMENTO DE DEJAR UN LUGAR Q FUE TU VIVIENDA POR ALGUN TIEMPO, Q HA SIDO PARTE DE TU VIDA EN DONDE TE REFUGIASTE Y CREES Q SE QUEDA PARTE DE TI...ES TRISTE.
PERO PENSANDO BIEN, TODO ES UN PROCESO CUANDO EXIST UN CAMBIO EN NUESTRA VIDA, PUES LO IMPORTANTE ES PENSAR Q ESTAMOS DANDO LUGAR A LAS COSAS BUENAS Y POSITIVAS EN NUESTRA VIDA Y SOBRE TODO CREER Q ALGUIEN LLEGARA A TU VIDA A LLENAR ESE HUECO . . . .TODO SUCEDE EN SU MEJOR MOMENTO.
SALUDOS !!
ADRIANA REYES

Mudanzas Plus dijo...

Estimado Hebert Gutiérrez M. tu ensayo es excelente, realmente la mudanza no es un proceso fácil en la vida de una persona, muchas emociones se liberan y sobre todo si no tienes la ayuda adecuada las cosas son aun más difíciles, agradecemos que compartas tu experiencia en este medio tan bueno.
Buena Vida a todos :).

Hebert Gutiérrez Morales dijo...

Muchas gracias. Se dice que en promedio en la vida del humano actual nos mudamos once veces de morada. Si alguien vive 88 años, eso es una mudanza cada 8 años. Si uno se acostumbra a un lugar en menos de un mes, es difícil dejar un lugar en el que hemos vivido 8 años, ya ni comentar cuando se ha vivido 20 o 30 en el mismo lugar. La vida es una mudanza constante, y es mejor aprender de ella y sacarle provecho al cambio. Nuevamente gracias por su tiempo al leerme y comentarme. :-)