sábado, 11 de junio de 2011

Dori y Osa

“Cada niño debería tener dos cosas: un perro y una madre que le deje tener uno” - Anónimo

            Soy muy perrero, de hecho, me es más natural relacionarme con perros que con la mayoría de los humanos, debido a que los canes son transparentes, leales y honestos, algo que muy pocas personas son. Por tal motivo, la mayor parte de mi vida, siempre he tenido mascotas (gatos incluidos), las cuales son un bálsamo gentil para el alma por la pureza de su ser.

            Como amante de los animales, me encantan las historias de mascotas, ya sean escritas, filmadas o narradas. Sin embargo, algo que me parte el corazón, es el hecho que muchas de esas historias son contadas cuando los protagonistas ya se fueron. Quiero homenajear a mis perras en vida, ahora que todavía las veo y tengo oportunidad de apapacharlas. Procedo a presentárselas.

             La Osa es la clásica perra bonachona y chistosa, con cara de mensa, pero tiene un ángel que es imposible que no le caiga bien a todo el mundo porque, desde que la ves, te da risa y es instintivo quererla. Aunque hay que admitir que es como un gato, porque sólo sirve de ornamento y es que, a pesar de que pesa 50 kilos, hasta un Chihuahua la sometería, esto debido a que es exageradamente noble y dócil, por lo tanto, creo que la naturaleza no la dotó con nada de malicia en su ser y, por eso mismo, el destino ligó su camino con el de Dori.
Osa

              Dori tiene un porte impresionante, exuda elegancia y disciplina desde su forma de pararse, es brava pero al mismo tiempo noble y fiel, tiene inteligencia, malicia y astucia: son 40 kilos de perfección hecho perra. Todo lo que le faltó a la Osa, ella lo tiene de sobra. Irónica y desgraciadamente, para Dori, al ser tan perfecta y la otra tan inútil (dicho con cariño), la que atrae todas las miradas y apapachos es la gorda (para frustración de mi pobre Dori).


“Quien haya dicho que no se puede comprar la felicidad, no estaba pensando en cachorritos” (Gene Hill)
Dori

              Dori está tan consciente de su perfección como perra que cree que todo lo que toca el sol es suyo, en realidad es una megalómana. Si pudiera, dominaría al mundo a su manera aunque, también es tan fiel a mí, que me cedería su trono. Pero como no puede, se conforma con someter a la pachona y a cualquier otro ser de cuatro patas que se atraviese en su camino.

             La historia de mis perras inicia antes de que ellas nacieran, antes de casarnos la que iba a ser mi (ex)esposa me propuso que compráramos un perro, esto para hacerle más llevadero el matrimonio a su hija. Por tal motivo, cuando se mudaron conmigo, lo primero que hicimos fue comprar a la Osa. Fue un Miércoles en la noche, allá por Noviembre del 2003, fuimos a ver un camada de cachorros que llegaron corriendo a nosotros y, de entre ellos, sobresalía una bola de pelos con cuatro patas y regordeta que tenía un atractivo impresionante: la elección de la Osa no fue difícil (y su nombre tampoco).
            
             El “problema” con la Osa es que tiene demasiada energía y personalidad como para mantenerse quieta, así que después de unas escapadas y ciertos destrozos, optamos por traerle un tándem, con quien pudiera entretenerse, y así llego Dori. Justamente un mes después de la llegada de la peluda, fuimos a un criadero de Pastores alemanes, esta vez sólo quedaban dos cachorras pequeñas, pero con mucho porte. En esta ocasión la niña de mi exmujer escogió a la más pequeña, tal vez por empatía, y le puso Dori (aún me pregunto qué tiene que ver un pez con una perra, pero en fin, cosa de niños). 

            Desde el primer día, Dori ha sido una perra neurótica y escandalosa por eso, cuando llego, no tardo más de cinco minutos en someter a la Osa, la cual le doblaba la edad, el tamaño y el peso, pero la recién llegada sacó la estirpe y dominó a eso que ella considera “un chiste de perra”, y desde entonces inicio su reinado con una sola súbdita, que a la vez es su amiga (y la Osa está feliz con su rol desde entonces).


“Un perro es la única cosa en la tierra que te amará más de lo que tú te amas a ti mismo.” (Josh Billings)

            Ciertamente las perras llegaron para hacer más llevadero el Matrimonio . . . para mí. Cuando las cosas se empezaron a poner feas (no tardo mucho tiempo), me ponía a atender a mis perras y las sacaba a pasear, lo cual me dio cierto grado de satisfacción e identificación. Obviamente, al divorciarme, lo único que pelee fue la “patria Potestad” de la Perras, no porque las hubiera pagado, sino porque me había hecho cargo de ellas todo el tiempo (y era obvio a quién reconocían ellas como amo). 

            Mis perras me ayudaron a adaptarme a esa etapa tan agria que significa un proceso de divorcio. Para mí era muy reconfortante llegar a casa y ser recibido siempre con buen ánimo por dos seres para las cuales yo era su mundo. Gracias a ellas no me enclaustre en el trabajo y hasta baje de peso, porque nuestras caminatas fueron creciendo en distancia y velocidad, y gracias a ello inicie con una actividad que hoy en día me es vital: correr. 

            A la Osa le gustaba pasear pero, por su complexión, no le gustaba correr, así que corríamos a pesar de ella. Eso sí, se comía cualquier porquería que se encontrara en su camino, cuando trataba de impedírselo, ella ya se lo había tragado. También le encantaba echarse a los charcos, lo cual no era muy chistoso para mí por su pelo largo, así que la bañaba más seguido de lo que a los dos nos hubiera gustado. 

            En realidad Dori era la que más disfrutaba las corridas, al ser muy atlética, de haber sido por ella, hubiéramos corrido a máxima velocidad los trayectos de siete kilómetros que acostumbrábamos. Además ellas desarrollaron una técnica para someter a los perros que se atrevían a atacarnos, porque la gorda servía de señuelo y, atrás de ella, la neurótica atacaba furtivamente sin darles oportunidad que atacaran a “su” Osa.


“Se puede vivir sin perro, pero no merece la pena.”(Heinz Rühmann)

            Dori era una psicópata sin piedad cuando se peleaba con algún perro, y siempre los sometía, incluidos algunos que la superaban considerablemente en peso, tamaño y musculatura, de hecho, algunas veces estuvo a punto de matarlos. A pesar de la correa, me costaba mucho trabajo obligarla a que los dejara ir. Su veterinaria me dijo que ella tomaba esa actitud tan feroz porque yo estaba ahí y, simplemente, estaba defendiendo a su amo de los enemigos que nos atacaban. 

            Dicen que los perros no son inteligentes, que los humanos interpretamos sus acciones instintivas como inteligencia, y ciertamente ha de ser un prejuicio pero he notado en mis perras signos de aprendizaje, aunque sé que las veo con ojos de amor. Por ejemplo, la Osa mete su hueso de carnaza en el agua, con el fin de ablandarlo y comérselo más fácil. También ha aprendido a darle a desear a Dori un objeto estúpido, para que ella “se lo quite” y pueda comer tranquilamente mientras la neurótica disfruta su victoria y sometimiento sobre la otra; sin esta herramienta que la Osa ha desarrollado, no podría comer tranquila porque Dori siempre tiene el afán de demostrar que es la más fuerte. Eso que hace mi gorda ¿es instinto o inteligencia? Honestamente no lo sé pero a mí me gusta pensar que es la segunda opción. 

            Hubo un Domingo en que la Osa se puso en huelga y no quiso correr, a pesar de que la jalonee y la amenace, no le plació salir a la señorita. Me desesperé y me lleve a Dori diciéndole: “Ahora sí pequeña, vamos a correr al ritmo que tú quieras” pero, para mi sorpresa, ella no corrió ni 500 metros, al ver que no venía la gorda con nosotros se detuvo e inicio el camino de regreso. Aquel día, que no corrimos, me di cuenta de algo: aunque Dori la someta, aunque se desespere con su holgazanería, y a pesar de todas sus diferencias, ella la quiere mucho, tal vez más que a mí mismo, y eso me tranquiliza porque sé que Dori siempre cuidará a la Osa. 

            Es factible que nuestras vidas siguieran así por siempre, pero una muerte vino a cambiarnos la existencia. Maaya, la perra de la familia, se murió pariendo a sus cachorritos, un golpe letal para todos (pasar de la esperanza del nacimiento a la muerte), sobretodo para mi hermano porque, oficialmente, era su perra. Después de un mes de luto, mi madre empezó con sus comentarios “Necesito un perro que nos cuide, pero no quiero un cachorro”; yo no me daba por aludido, hasta que los comentarios se hicieron más frecuentes y me cayó el veinte: “¿Se estará refiriendo a mis perras?”


“Adquirir un perro puede ser la única oportunidad que un ser humano tiene para escoger a un pariente.” (Mordecai Siega)

            Tarde otro mes en decidirme, es verdad que mis perras llevaban una buena vida y que paseábamos a diario pero, también es cierto, que mi cochera no se comparaba al enorme terreno con pasto y árboles que tiene mi madre, además algunos de mis vecinos no eran muy amables con ellas. A fin de cuentas, su bienestar pesó más y, después de cinco años de compartir cada día de nuestras vidas, las mude al Pueblo para que vivieran mejor con mi madre. Esas decisiones correctas que duelen en el alma. 

            Pase el fin de semana con ellas, para que se aclimataran, la despedida fue más fácil de lo que creí y todo iba bien hasta que llegue a mi casa: primero no fui recibido por nadie, y ahí solté las primeras lágrimas pero, el verdadero problema fue a la hora de correr. No quería correr sólo, creía que era como si les fuera infiel, pero lo tenía que hacer, por ellas y por mí. Si no corría iba a echar a la basura todo lo que ellas y yo habíamos logrado, así que corrí, con lágrimas en los ojos los primeros dos kilómetros y con el corazón triste todo el trayecto, pero corrí (y sigo corriendo gracias a ellas), 

            Mis perras están a punto de cumplir ocho años de existencia y tres de vivir con mi mamá, y todos nos hemos adaptado muy bien, aunque aún hay ciertos detalles de Dori que me hacen pensar que no se resigna a quedarse en el Pueblo. Para indicarles que ya me voy, les doy un palito de carnaza, ellas ya saben lo que significa, porque hacía lo mismo a la hora de dormir o cuando me iba al trabajo; la Osa se lo devora de inmediato, pero Dori no lo acepta. Aunque se lo come después de mi partida, ella no lo hace en el momento que me voy, como son de protesta, porque no acepta que parta sin ellas. 

            Aunque las perras nunca vivieron en mi casa nueva, el otro día observaba la sombra detrás de la puerta que provoca mi tapete, al notar esa sombra, me vino a la mente la Osa. Cuando vivíamos juntos, ella tenía por costumbre recargarse en la puerta de la entrada a dormir; creo que lo hacía para percibir el calor de la casa, captar el olor de su amo o, simplemente, para sentirse más cerca de mí. Cuando percibía su sombra tenía una inexplicable sensación de calidez en mi pecho, porque sabía que tenía alguien que me cuidaba, me esperaba, me quería y me aceptaba incondicionalmente.


“Los perros no son todo en nuestra vida, pero ellos la hacen completa” (Roger Caras)
               

            En este homenaje a mis perras, también hay implícito otro homenaje al resto de mis mascotas: el gato Yum Yum y los tres gatos Sombra, además de los perros Mota, Princesa, Poncho y Maaya. Todos ellos siempre formaran parte de mi vida, porque me la entregaron de manera confiada y yo los quise hasta el último día de sus vidas (y así será hasta el último de la mía). 

            Mis perras sólo tienen un mes de diferencia en cuanto a edad y eso me da la pauta de lo que va a vivir la una sin la otra. Ellas están tan acopladas que el día que se muera una, dudo que la otra dure más de un mes viva, ya que la tristeza y soledad la obligarían a alcanzar a la otra.

            Finalmente, la razón que más pesó para decirme mudar a mis perras fue mi propio instinto de conservación. Al igual que ellas, yo estaba muy acoplado a ambas, ya que fueron las primeras de las que me hice cargo al 100%, porque el resto de mis mascotas siempre fueron en familia. Me dí cuenta que, si seguíamos juntos hasta el fin de sus días, el día de su muerte yo mismo me iba a morir de tristeza, porque son mis hijas y así lo serán el resto de sus días. Tal vez este no sea mi ensayo más interesante, ni el más profundo, pero creo que sí es el más importante que he escrito.

«Recogéis a un perro que anda muerto de hambre, lo engordas y no os morderá. Esa es la diferencia más notable entre un perro y un hombre».– Mark Twain
Hebert Gutiérrez Morales.

4 comentarios:

varelad1 dijo...

Hola Hebert,
Muchas felicidades por tu ensayo, me gustó mucho. Pero especialmente, muchas felicidades por tu gran pasión por los animales, en particular por tu amor a los perros. Eso habla mucho y muy bien del tipo de persona que eres.
A mi nena le encantan los perros y se emociona muchísimo al ver a uno. Espero que llegue a desarrollar su canofilia a un nivel tan grande como el tuyo. Creo que pronto tendremos que hacernos de un "guaguá" y estoy convencido de que será una parte muy importante de su desarrollo humano. Un abrazo,

Ely dijo...

No pude evitar llorar...... por que nos haces esto a algunos?.. ja!

Yoghurt McCloud dijo...

Y espera a que alguna falte en tu vida de manera irremediable... les encontrarás más cualidades aún. Así fue con mi Hexe.

Kristina dijo...

Mis papás tenían a Max y Motti, perro y gato. Motti llegó - cuando el perro anterior se había muerto - por propia decisión. Era el gato del vecino y decidió quedarse con mis papas. Max llegó unos meses después de una asociación protectora de perros callejeros. Después de un argumento con uñas, Motti le dijo muy claramente quien iba a mandar. Estaban inseparables después. Habían llegado los dos más o menos a la edad de 2 años y se quedaron con mis papás unos 13 años más. Max se volvió sordo y simplemente un perro viejo cuando Motti seguía con mucha energía. Aún así Motti era la primera en morirse. Era una semana antes de Navidad. Siempre pensabamos que si Max iría primero, Motti no lo sobreviviría por mucho. Al mismo tiempo dudabamos que Max todavía se iba a dar mucha cuenta si Motti se iba a morir primero. ¿Qué te cuento? A los dos semanas (entre Navidad y año nuevo), Max decidió unirse con Motti, ya para siempre. Imaginate la Navidad que pasaron mis papás...
Ahora están felices con Molly - nacida en México, perra rescatada de la calle. :-)