sábado, 24 de septiembre de 2011

¿En qué momento?

¿En qué momento uno se vuelve lo que odia?
¿En que momento uno se vuelve “fresa”?
¿En que momento cambias de clase social?
¿En qué momento uno se vuelve “refinado” y deja de ser gente humilde?

            Jamás creí convertirme en una persona elitista, ya que me educaron exactamente para lo contrario. No me malentiendan, porque todos los días saludos a las personas de intendencia en la oficina, a las que nos sirven los alimentos en el comedor o le hago plática al que me despacha la gasolina, porque les tengo el respeto que todo ser humano merece. De igual forma, tengo amistades variadas: desde los humildes hasta los que viven en la abundancia económica, pero todos tienen en común su riqueza en valores y los trato con el mismo respeto e interés al platicar con ellos, sin importar sus cuentas bancarias.

            Aunque no es de mi total agrado, puedo comer en lugares muy finos y comportarme a la altura, como desenvolverme con naturalidad comiendo unos tacos en la calle, en donde me siento más cómodo y libre. De igual manera puedo hacer viajes largos en auto o en transporte público sin que me signifique mayor complicación. Por estos detalles me consideraba, hasta hace muy poco, una persona sencilla de clase media.

            Al manejar, y ver la actitud pedante de algunos que conducen buenos autos como Audi, Mercedes, Porsche, BMW, Jaguar y demás, me parecen totalmente estúpidos sus aires de superioridad sólo porque manejan un auto fino o porque tienen más recursos. Entonces, si tengo esa percepción, no entiendo por qué es tan importante que mi “prospecta” no tenga los mismos recursos que yo

            En dónde sí soy elitista, máscara que me sirve para ocultar mi miedo, es al momento de escoger mujer, basándome en los más estúpidos pretextos: “Es que no tiene los dientes parejos”, “Es que no lee tanto como yo”, “No tenemos los mismos valores”, “No ve la vida con mis ojos”, “Es que es más pedante (que yo)” y todas las excusas tontas que puedan imaginar para descalificar a una gran cantidad de mujeres, algunas de ellas MUY valiosas, y así perpetuar mi soledad.

            En su momento apliqué todos los argumentos a mi alcance, pero nunca había utilizado uno: el status social. Eso es algo que nunca creí que fuera a ser relevante para mí, hasta que llego el “día de la bestia” (no tiene nada que ver con este escrito, pero suena chido ¿no?). Recientemente me encontré con una gran chica, la cual está en condiciones similares a las que yo estaba hace diez años, así que no encontraba cómo descalificarla: sus situaciones familiar, personal, de valores y profesional son tan parecidas a las mías, de hace una década, que no había por dónde encontrarle un “Pero”, aunque mi inconsciente insistía en descalificarla, pero no quería ver que el “Status social” era la respuesta que me negaba a aceptar.

             “El ser civilizados no consiste en que todos seamos iguales, sino en comportarnos como si en verdad lo fuéramos” – Orhan Pamuk (El Museo de las Inocencia)

            Esta situación me da mucha pena, mucha vergüenza y mucho enojo, por eso mismo me exhibo aquí, en el blog, que uno de mis medios de expresión más importantes, además del que posee más público, para evidenciar lo bajo que puede caer uno. No puedo creer que algo tan trivial e inútil como es status económico esté pesando en mis decisiones. Tal vez ya me he maleado más de lo que me gustaría admitir.

            Volvamos un poco al pasado, a mis años en la Preparatoria. Durante un receso cualquiera, escuche una clasificación inconsciente en la sociedad (poblana) para relacionarse con otra persona y ahí les va esta grotesca, pero omnipresente, forma de pensar: Todos las personas tenemos una calificación entre el 1 y el 10 en rubros básicos como valores, formación y/o intelecto, belleza física, status económico o importancia social. Si una persona es un “7” físicamente, y guiándonos sólo por su apariencia, únicamente puede relacionarse con otro “7”, con un “8” si le va bien o con un “6” si le va mal, pero nunca fuera de esos límites. Para que ese “7” pueda relacionarse con un “10” del mismo rubro, tiene que ser un “10” en otro campo (como el económico), y así son las reglas que rigen las relaciones humanas.

            No sé si encontré dicha teoría más repugnante que inmoral, el caso es que me pareció una sarta de tonterías pero, hace poco más de un año, vi un programa en Discovery Channel (si no mal recuerdo “La Ciencia del amor”) en donde ratificaron esta teoría con varios experimentos y recibí un balde de agua fría. Efectivamente, el ser humano siempre busca el mejor ejemplar disponible y lo hace a través de todos los rubros posibles de examinar, TODOS calificamos el físico, el status, el intelecto, los valores y demás, y buscamos lo mejor que haya en el mercado; claro que algunos lo hacemos de manera más consciente que otros, pero nadie se salva de aplicar y recibir esta discriminación.

            Continuemos en la Preparatoria, un día estaba platicando con mi entonces mejor amigo, cuando él dijo algo totalmente superficial y ególatra, por lo que pregunte: “Oye Carlos, eso es muy snob, ¿no crees?” y su contestación me cimbró, como si me hubiera confesado que era gay: “Pues sí, porque yo soy fresa”. Me quede perplejo por el desparpajo con el cual lo dijo. Para mí, el ser fresa, era muy cuestionable para mi paradigma existencial, pero no dejamos de ser amigos por esa escena tan impactante en mi ser (dejamos de serlo por cuestión de mujeres). Lo triste es que hoy en día estoy cayendo en lo mismo.

¿Por qué hago tanto espectáculo por reconocerme como elitista? La gente que más me desagrada es pedante, mamona o creída, sólo detrás de la ignorante, así que lo peor que me puedo encontrar en la vida son a personas ignorantes y creídas. Lo malo de todo esto es que, de pronto, me doy cuenta que también soy pedante y elitista (por lo menos espero no ser tan ignorante).

“Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti” – Friedrich Wilhelm Nietzsche

            En temas así adoro tener a mi mejor amiga, Yoghurt McCloud, para poder tener esas pláticas políticamente incorrectas, pero necesarias. Le pregunte: “Yoghurt, si encontraras al hombre de tu vida, con los valores que admiras, con las cualidades que necesitas y con el físico que te enloquece PERO estuviera sirviendo hamburguesas en el Burger King, ¿te relacionarías con él?” Ella lo pensó un momento y me dijo “No, porque la diferencia social acabaría pesando en la relación y sería más dolorosa la ruptura”.

            Y tiene razón, porque me hizo recordar algunas de las cosas que no funcionaron en mi fallido matrimonio gracias a esas diferencias: A ella le gustaban las películas de Pedro Infante, cuando a mí me gustaba el cine extranjero; a ella le gustaba leer revistas de espectáculos, cuando yo leía libros; deje de hacer ejercicio porque no estaba en su cultura; mis valores ecológicos y políticos eran fuertes y en ella eran inexistentes, además de todas las diferencias que ella pudiera expresar sobre mi persona. Ya viví lo que es estar en una “pareja dispareja” y no resulta muy divertido cuando uno de los dos carece de la tolerancia y civismo para convivir y/o ceder.

            Puedo decir: “Es que es una gran chica, con muchas cualidades y mucho que ofrecer PERO . . . ”A veces con razón, a veces con pretextos, pero me he vuelto especialista en anular relaciones que ni siquiera han empezado. Tal vez me haya vuelto cínico, pero he aprendido a identificar diferencias de fondo que me impiden relacionarme. No todos lo hacen, muchos hemos visto relaciones que, a todas luces, no deben de ser, pero es forzada por la necedad o anhelo del ente dominante en la misma y, a la larga, acaba en una dolorosa separación, precedida de una relación destructiva que jamás debió ser. Y vaya que sé del tema, me hubiera encantado terminar con mi matrimonio antes de que hubiera empezado, dos veces tuve esa oportunidad pero, por no mantenerme firme, nos acabamos lastimando aún más de lo que hubiéramos experimentado antes de consumar la unión.

            A pesar de todo lo escrito, no estoy justificado, mi actitud elitista porque no tiene razón de ser, es totalmente reprochable, ya que no es lo que me enseñaron y no es característico de la “buena persona” que formaron en mí, pero no lo puedo evitar.

“No sé si pido mucho, o me conformo con poco” – de la canción “Ayúdame Freud” (Ricardo Arjona)

            Es cierto que existen muchas variaciones pero, al final, la raza humana es una sola en general. Obviamente tenemos diferencias genéticas y nosotros las complementamos con otras características. Alguien alguna vez me decía, refiriéndose a las personas de clase social más sencilla: “Es que ellos no son como nosotros”. Sé que nos referimos al dinero, las escuelas, la educación, los viajes, los lugares que frecuentas para comer o comprar, las fiestas, y, en general, las posibilidades materiales. Estas situaciones marcan diferencias, pero se expresan como si eso nos hiciera mejores o peores seres humanos, y es porque la sociedad así lo dicta.

            Ese mismo alguien me dijo que “ellos”, aunque son distintos dentro de su humildad, llegan a alcanzar una felicidad más auténtica que la “nuestra”. De eso no estoy seguro porque, dentro de la constante insatisfacción humana, “ellos” también han de pensar que alcanzamos otro tipo de felicidad más completa por los recursos que tenemos. Eso de “ellos” y “nosotros” es tan estúpido, a pesar de que también ya me expreso de esa manera, porque seguimos siendo las mismas personas, ¿desde cuándo el valor de un ser humano radica en lo que tiene y no en lo que es? Esas cualidades intrínsecas, de nacimiento, de nuestros genes y nuestra formación. El hecho de que una persona tenga dinero no la hace mejor que una que no lo tenga o, por lo menos, así debería ser.

            Tal vez, de tanto convivir en este ambiente social elitista poblano, uno se acaba “contaminando” o acaba encontrándole sentido al mismo. Honestamente me siento muy apenado, me siento mal, me siento como alguien despreciable pero, a pesar de todo ello, no puedo librarme de esa percepción que me obstaculiza el avance con esta mujer.

“No busco la absolución . . . pero necesito confesarme” - Douglas Kennedy (“El momento en que todo cambió”)

            Cada vez la voy conociendo más, y me enternece como se expresa conmigo de una manera tan limpia, sincera, noble, honesta y dulce; Hasta de indefensa podría calificarla, por el hecho de que no capto ninguna pose cuando platicamos, y todo eso me complica más está situación. Si por lo menos diera un paso en falso, hiciera algo incorrecto, algo que me permita agarrarme de ahí para descalificarla por completo, pero su actitud tan abierta sólo agranda mi suplicio y flagelación, ya que evidencia groseramente la falta de argumentos reales para dejarla atrás, como sí lo logre con todas las mujeres que tache en el pasado, aunque mis razones hayan sido intransigentes para anular algo que ni siquiera inicio.

            Tal vez, al no encontrar un argumento real, mi inconsciente ha sacado un argumento muy barato para invalidarla. Por la misma razón tan cuestionable, estoy atorado en mi mecanismo de defensa, mismo que me ha permitido estar solo durante muchos años. Pero he sido expuesto, estoy siendo encerrado en un callejón y me resisto a ceder, me resisto a creer que hay una posibilidad de relación, de ahí la medida desesperada de sacar el status económico como excusa. ¿Es tal mi miedo de no relacionarme que prefiero ir en contra de mis valores que darme una oportunidad de conocerla? Mi inconsciente, especialista en descalificar basándose en el miedo, se las está viendo negras en esta ocasión.

            He tenido la oportunidad de platicar con un par de mujeres de las que me rechazaron en el pasado y, al cuestionarles por qué no me aceptaron, ambas coincidieron (cada cual por su parte), que no se relacionaban conmigo por “ser demasiado bueno”; esto debido a mis ideales irreales, por lo que ellas necesitaban un hombre más “maleado” acorde a su forma de ver la vida. Aunque en su momento no entendí esa respuesta, hoy en día la comprendo a la perfección.

            Sin darme cuenta, me he maleado un “poco”, en ese afán de camuflajearme con el ambiente, al intentar jugar con las mismas reglas, me acabe maleando, que era lo que quería (“Ten cuidado con lo que deseas, porque se te puede conceder”). Esta chica, que es de lo que ya no hay, cuando conozco sus sueños y proyectos, tan similares a los que yo tenía algunos años atrás, me hace entender a las mujeres que hice referencia en el párrafo anterior.

            Al ser una chica tan limpia y noble, me queda la percepción que “necesito” una mujer con más experiencia. Qué frustrante resulta esto, porque no aprovechar esta oportunidad sería una auténtica tontería, aunque no estoy seguro que sea lo que estoy buscando. Cualquiera que la conozca admitiría que es una gran mujer, pero no quiero relacionarme con ella sólo porque tiene mucho que ofrecer, por eso mismo me resulta difícil decidirme a abordarla o, de plano, huir cobardemente (como es mi costumbre).

            Cuando me divorcie, aprendí a identificar lo que no quiero en una pareja, seis años después, parece que aún no puedo identificar lo que sí quiero, empezando por el hecho de que ni siquiera sé si en verdad quiero relacionarme.

Uno de mis defectos, que pretendo superar, cuando me dejaba de interesar una mujer, simplemente ya no la buscaba y la dejaba en el olvido, aprovechándome de ese impedimento social de que una mujer le hable a un hombre que sigue arraigado en la sociedad poblana.

            También he recibido mi castigo por tanta soberbia, porque algunas de esas chicas desarrollan cualidades que posteriormente me atraen pero ya fueron atrapadas por otro hombre, con la consecuente frustración retroactiva de mi parte.

            La chica del presente ensayo me cae súper bien y pretendo quedarme cerca de ella, con la esperanza de que yo madure pronto y valore todo lo que ella es en lugar de ver lo que no tiene o le falta por desarrollar. Sólo espero que ese día llegue a la brevedad y que aún este libre o interesada, de lo contrario, se incrementara la lista de grandes mujeres que deje pasar por algún tonto prejuicio (aunque no los hay de otro tipo).

Hebert Gutiérrez Morales

1 comentario:

Qcho dijo...

Heberto:
¿Por donde empezar por terminar? Creo que han sido tantos los rechazos de las mujeres hacia mi, que buscar una forma de decirle tú no puedes participar resultaría injusto, más cuando mis cualidades físicas, no serían tomadas en ninguna película de Hollywood, solo que sean el regreso de los muertos vivientes y yo sería en zombie número 3, aunque tampoco es un pretexto para ser la alfombra de cualquier persona.
“o aprendes a querer la espina o no aceptes rosas. Jamás te dije una mentira o te inventé un chantaje, las nubes grises también forman parte de paisaje.” Fuiste tú de Ricardo Arjona.
En charlas que hemos tenido fuera de tu blog y en las mil complejidades de lo que la gente llama amor, te contaba acerca de mi última relación, en donde quiero suponer que el estatus laboral, a parte de la distancia, fueron los detonantes de la desesperación de ella, cuando para mi resultaba un poco más cómodo tomar un descanso, pero como en el proceso de enamoramiento mi vida era tan activa que a lo mejor le resultaba un cualidad buena para ella para escoger pareja.
Posterior a ello, en un mail me explicaba que tenía un problema, pues sus relaciones no duraban más de unos cuantos meses, que como tú les buscaba defectos a los hombres con los que salía para no terminar por amar. En su momento me sentí más que herido, porque me sentía parte de su estadística en esas pruebas que se hacen con ratones de laboratorio.
Entre sus mil pretextos ella decía que le encantaba volar, por mi lado me dan miedo a las alturas, lo musical, yo me considero melómano, divertirse me encanta quedarme en casa en lugar de emborracharme y si lo hago, prefiero que sea fuera de mi estado, en algún otro sitio aprovechando la aventura de conocer, pero en mi interior decía, no importan las mil diferencias que tengamos, lo que importa es que los momentos que tengamos juntos, realmente los hagamos nuestros, eso es lo que importa, a considerar no puedes vivir solo de momentos buenos, como todo la vida es así y de momento te tira al piso.
“Hay amores como el tuyo que duelen cuando están o si se van, hay amores sin orgullo que viven de perder la dignidad. Tu vida me sirvió para morirme, la muerte me enseño que hay que vivir”. Ricardo Arjona – Hay amores.
En fin, hace unos días me mando un mensaje que quería verme para regresarme mis cosas, que fastidio, opte por borrar el mensaje, creo que mi dignidad me dijo aguanta maestro y mira que muero por saber de ella, pero como lo que publique hace unos días en face, le dimos tanta cerebro al amor que terminamos por robotizarlo y venderlo en cada san Valentín.
Nos falta por crecer mi estimado Heberto a pesar de que las canas nos alcanzan y las experiencias no nos apoyan, los casos se ven tan semejantes, que los pretextos son la única razón por la cual nos mantenemos vivos y sin salir heridos.