viernes, 2 de diciembre de 2011

El Robo de la inocencia

            Me pareciera que toda la inocencia con la que naces es una especie de divisa, con la cual vas pagando las experiencias que obtienes en la vida. Debido a esta transacción hay dos tipos de riqueza: La madurez y la inocencia misma. Por lo mismo llegamos a envidiar a los infantes, por todas las ilusiones y limpieza que tienen en su ser y, por otro lado, admiramos a la gente sabia, por toda la experiencia y conocimiento que han acumulado a lo largo de los años.

            Mientras leía “Donde Mejor Canta un Pájaro” de Alejandro Jodorowsky, había un pasaje en dónde sus padres se encuentran con un pseudo Mesías y, mientras transcurría el relato, ya vislumbraba la estafa próxima de la cual iban a ser objeto. Efectivamente aconteció como me lo imagine y ahí recordé algo similar que me paso al leer otra obra.

Mi amiga Lesly es la principal proveedora de lectura que tengo, ya que ella lee en cantidades industriales y luego me presta sus libros. En alguna ocasión me dió “La Danza del Chivo” de Vargas Llosa, al comentar lo que llevaba leído y darle mis suposiciones de lo que iba a pasar, me dijo que tenía una mente cochambrosa por lo malpensado que soy y que estoy muy maleado. Todo esto se dió porque vislumbre, de manera temprana (ni el 20% de la historia había leído), la razón por la cual la protagonista había abandonado República Dominicana. Mi amiga no comprendía que yo adivinara algo tan perverso ya que, cuando ella llegó a esa parte de la obra, entró en shock por lo enfermiza que resultó la situación.

            Son pocas las obras (léase libros, series, películas, historietas, documentales, etc.) que me llegan a sorprender. Tal vez esto sea producto de la poca creatividad humana, bien dicen que no hay nada nuevo bajo el sol o, como canta Miguel Bosé, “somos los mismos envueltos en novedad”. Es factible, como dice mi amiga, que este muy maleado y lo podría creer pero, por fortuna, todavía llego a encontrar alguna historia que me sorprende con algo inesperado, aunque ciertamente son las menos. En un futuro escribiré sobre el género en dónde encuentro más creatividad y me veo asombrado constantemente, a pesar de tener también muchas obras muy predecibles: el Manga y el Anime. Tal vez sea porque la japonesa es una cultura con personalidad tan sui géneris que le acomoda bien a mi inconsciente.

Ciertamente puedo ser muy ingenuo en algunas ocasiones (sobretodo al momento de relacionarme) pero las experiencias de la vida lo hacen a uno ser mal pensado y procuras tomar precauciones. Esto se debe a la “lacra” social con la que uno tiene contacto, aunque no quiera, ya que es la mayoría de la Sociedad. Esto hace que el paradigma de la existencia cotidiana se vaya transformando.

Por ejemplo, hubo una noche en la cuál me robaron los espejos del auto, con todo y carcazas. Cuando me subí y empecé a manejar, no me dí cuenta del atraco, es más, al voltear a espejear, mi cerebro no comprendía por qué no podía hacerlo, no entendía que dentro de un estacionamiento se robaran algo del auto, era incomprensible para mi psique. Como estacionamiento mexicano típico, no se hacían responsables de robos por lo que, a partir de entonces, me fijo no sólo en qué lugar estaciono mi auto, sino también que esté cerca de la caseta para que los ladrones se inhiban un poco más.

Ni siquiera la “protección divina” surte efecto ante los cacos. En alguna ocasión acompañe a mi entonces esposa a la Iglesia, no entre al templo pero me quede a la entrada en gesto de solidaridad. Cuando subimos al auto, que estaba estacionado al lado del recinto, arranque pero avance con dificultad. Algún familiar de ella me hizo notar que se habían robado la llanta, hecho que me extraño bastante, porque este país es enfermamente católico pero ni eso basta contra la desvergüenza de los ladrones. Eso lo tome como un “mensaje divino” en donde se me decía “No vuelvas a venir a la Iglesia”.

A lo largo de los años me han quitado dinero, neumáticos del auto y espejos del mismo. Sin embargo, aunque no fue el más oneroso, el robo que más me ha marcado en toda mi historia fueron unos boletos de circo, los cuales me han traumatizado a lo largo de mi vida. Fue la primera vez que me atracaron y mi indignación era monumental.
                       
Aquella ocasión, un primo y yo habíamos comprado las entradas para ir al Circo, mismos que balanceaba en mi mano porque la emoción de tenerlos era grande, yo tendría alrededor de ocho años. Fue entonces cuando unos mocosos, calculo de mi misma edad, llegaron sigilosamente por atrás y ¡me los arrebataron!; aunque corrimos tras de ellos, nunca pudimos alcanzarlos. Lloré inconsolablemente por mucho tiempo, sin importar que mis padres me hayan comprado otros tickets.

Ahora comprendo que mi llanto iba más allá de las entradas al espectáculo, estaba llorando porque aquel día me di cuenta que el mundo no era bueno. Cuantitativamente fue el robo más barato de mi vida sin embargo, de manera cualitativa, ha sido el atraco más grande que jamás experimentaré porque nunca recuperaré lo que perdí aquel día: el primer pedazo de una inocencia inmaculada.

Aunque el precio fue muy alto en aquella ocasión, el aprendizaje también lo fue, a partir de entonces empecé a tener más cuidado con mis posesiones, a no confiar a las primeras de cambio y a no fiarme de que todo el mundo es bueno. A pesar de todo ello, no pude evitar ser robado nuevamente a lo largo de mi existencia pero, de no haberme robado los boletos de circo, seguramente, hubiese sido víctima de más atracos con el tiempo.

No sé qué tan bueno o que tan malo sea todo esto, podría decirles que es práctico para el status quo del mexicano aunque, no por ello, signifique que sea correcto. Me explico, la última vez que me robaron algo del carro fue en un estacionamiento de un restaurante a plena luz del día. En esa ocasión iba con unas amigas y cuando regresamos al auto lo encontramos con las ventanas abajo y las bolsas de ellas no estaban. Mis amistades estaban fúricas y muy afectadas por el incidente mientras que, calladamente, verificaba con sorpresa que no se habían robado el stereo, los espejos ni las llantas (o eso creía en un inicio).

Después de dejar a mis amigas en su casa, mi instinto me dijo “hay algo mal, no puede ser tan fácil”, así que verifique la cajuela y comprobé que mi sospecha era cierta: se habían robado la llanta de refacción. A diferencia de ocasiones anteriores, lo tome con filosofía y pasmosa tranquilidad: En primer lugar, ya no ganaba nada enojándome, en segundo lugar agradecí que no se robaran más cosas y, finalmente, reconocí mi error por estacionarme en un lugar sin vigilancia (independientemente que fuese de día). A partir de entonces reforcé la atención que pongo en donde me estaciono, ya sean lugares públicos o privados.

Debo reconocer que esta situación es triste, porque uno se ve obligado a vivir tras las rejas en su propio hogar (mi casa tiene protecciones de pies a cabeza), o comprar accesorios extra para el auto (como birlos de seguridad) para ahuyentar a ladrones. Obviamente con protecciones o sin ellas los bandidos pueden atracarte pero, conociendo la ideología mexicana, siempre se van a tomar la elección más fácil en lugar de la más compleja, y por eso mismo les pongo trabas para que busquen opciones más accesibles.

Ahora, no hay que ser pobre para ser ladrón. Como he mencionado en otros escritos, el nivel de desarrollo de las personas no va obligadamente ligado al nivel socioeconómico, como lo demuestra el fraude del cual fui objeto por parte de Sitma, aunque ya escribí un ensayo completo de eso.

Sin embargo, tal vez los robos más importantes no sean los materiales, hay muchas experiencias en la vida que exigen un tributo; es ahí cuando sacrificas una gran parte de inocencia o bondad, esa con la cual todos nacemos y en algún momento pareciera infinita, para conseguir una pequeña parte de experiencia. Al ir creciendo esa limpieza va disminuyendo a ritmo acelerado, y la madurez no crece a la misma tasa.

Una de las consecuencias de tanta inseguridad es que uno ya no puede ser tan abiertamente generoso, por no decir que se vuelve mezquino, por toda la desconfianza que genera tanto gandaya que prolifera en este país y, supongo, en el mundo. Por ejemplo, al ir manejando, veo personas que perfectamente podría darles un aventón y, aunque parezcan confiables y agradables, mejor opto por no hacerlo, debido a tantas historias, sobre secuestros y asaltos, de gente extraña a la que se le dió un “Ride”.

En esos casos me digo “Chin, prefiero pecar de desconfiado que hacerlo de inocente y salir perjudicado” aunque, de igual forma, no creo que aceptasen tan fácilmente un aventón de un extraño, por esas mismas historias que hay sobre actos criminales pero por parte de los, supuestamente, acomedidos conductores.

            Lo mismo pasa cuando te piden un donativo para alguna causa benéfica desconocida: no sabes si en realidad se va aplicar en algo bueno o son holgazanes que se va a “clavar” tu dinero. Otro ejemplo, cuando se me acerca alguien pidiéndome alguna moneda porque no tiene para regresar a casa, esto con el pretexto que les robaron; opto por darles la moneda que tengo, aunque siempre me quedo con la sensación de que pude ser timado por gentuza que se aprovecha de la bondad de los demás para obtener dinero fácil.

            Eso sí me molesta de esta situación de inseguridad y gandayez en nuestro país, el que nos quiten la posibilidad de dar abierta y generosamente, hacer el bien es de los mayores placeres que uno puede tener en la vida y, por causa de estos individuos sin escrúpulos, uno ya debe cuidarse y sacrificar a justos por pecadores.

            Pero no sólo los ladrones y escritores perversos te van manchando esa limpieza de espíritu, el ambiente mismo y las situaciones en las que te encuentras también te van mermando bondad. Podría contarles cómo me entere de la verdadera identidad de Santa Claus y los Reyes Magos, o podría contarles de alguna de las veces que me han roto el corazón inclementemente pero, para variar un poco, voy a compartirles historias similares pero con un rol distinto, en donde fui el “malo” de la película.

            No sé qué sea peor, que te roben la inocencia o que tú se la quites a alguien más. En mi último año de primaria, al ir caminando con mi amigo Iván hacia su casa, se presentó el siguiente diálogo:

I: “¿Qué le vas a pedir a los Reyes?”
H: “¿A tus vecinos los Reyes? No les tengo confianza para pedirles algo”
I: “¡Noooo! ¡A los Reyes Magos!”
H: (Dos años antes me había enterado de la verdad) “¿Es broma verdad?”
I: “¡Noooo! ¡Dime! ¿Qué les vas a pedir?
H: “Iván, ¿Sabes quiénes son los Reyes Magos?”
I: “¡Claro Tonto! Son Melchor, Gaspar y Balthasar”
H: “Ja ja ja ¡No manches! ¿En serio?” (Creo que ahí nació el Sarcasmo que tanto disfruto y hoy manejo con tanta maestría).

No les voy a alargar el diálogo, sólo les voy a comentar que él me contó con toda la ilusión posible toda su lista de regalos. No sé si me dió un ataque de sentido común, uno de crueldad o tal vez de envidia, pero le solté a bocajarro la verdad. Obviamente él no me creyó, sus padres me regañaron, tratándome como un monstruo sádico y sin sentimientos, pero la verdad ya no podía ser escondida e Iván corroboró, con ciertos amigos de confianza, la verdadera identidad de los Reyes Magos.

            Sin embargo, a pesar de mis escasos once años, en ningún momento me sentí culpable, al contrario, creo que le hice un favor a mi amigo (aunque pocos lo vean así): No podía permitir que llegara a la salvaje Jungla que significa una Secundaria pública mexicana como un corderito listo para ser sacrificado. Si un varón llega a primer año de Secundaria preguntando a sus compañeros qué le iban a pedir a los Reyes Magos, hubiera tenido tres años de intenso acoso y opresión (Si los hace sentir mejor, es exactamente lo que yo sufrí, aunque por distintas causas).

            ¿Por qué lo veo como un favor? Primero porque fue en privado, su humillación sólo fue presenciada por mí, además prefería que fuese yo a que alguien más sádico hubiera aprovechado el tema para mofarse de él en público, además de que le ahorre sufrimientos futuros. Ahora, no estoy diciendo que me sienta bien al respecto pero, a veces, pareciera que el sentido común también debe tener toques de crueldad, o por lo menos es a lo que nos vemos orillados en este mundo, cada vez más, perverso. La inocencia no tendría que ser un obstáculo, pero a veces lo es, porque esa limpieza propia pareciera provocar la violencia de otros que la perdieron hace mucho tiempo.

            “Can you see the beauty inside of me? What happened to the beauty I had inside of me?” – U2 (from the song “City of blinding Lights”)

              Sin embargo, 16 años después de la anécdota con mi amigo Iván, hubo una experiencia que sí me costo bastante inocencia, ya que me vi obligado a hacer algo que no estaba en mi esencia.

              A veces la vida es muy irónica, y está bien porque eso la hace interesante. A lo largo de mi existencia he tenido un historial poco exitoso en las relaciones sentimentales, por lo que normalmente eran mis sentimientos los que salían lastimados. Sin embargo, ya me tocó herir sentimentalmente a una mujer. Hay uniones que nunca deberían ser pero, muchas veces, no lo sabes hasta que estás envuelto en la misma y entonces debes terminar a la brevedad, antes de que continúen con el daño.

No sé si sea obsesión, capricho o falta de orgullo, pero muchas personas solemos caer en la insistencia aunque se nos haya dicho “No”. Si te insisten, y no entienden de manera amable, hay que tomar una postura cruel e intransigente para cerrar claramente cualquier posibilidad a una relación que es nociva para ambos lados: “Te quiero, pero no te amo” fueron las palabras que me obligaron a mencionar.

            A pesar de lo ácidos que puedan ser mis escritos, mi esencia es muy pacifica, porque no me agradan las situaciones incómodas ni las personas agresivas. A mí me gusta ser civilizado en todos los aspectos posibles de mi vida. Pero, en aquella ocasión, me vi obligado a ir en contra de mi naturaleza y poner fin a algo que nunca debió ser. Independientemente que no la amaba, a pesar de nuestras profundas diferencias, sin importar todo lo malo que experimente a su lado, a pesar de todo ello, no me sentí orgulloso de lastimarla emocionalmente y, sin embargo, era el precio necesario para asegurarnos un futuro feliz (alejados uno del otro).

            Aquella noche sacrifique un gran pedazo de mi inocencia y bondad para obtener una pequeña dosis de madurez, es cuando aprendes que hacer lo correcto no siempre es lo más agradable, es cuando entiendes que lo ético no significa “bonito”, es cuando maldices a un mundo que te obliga a dejar tu niñez para dar paso a la adultez (quieras o no).

           “Time…time won’t leave me as I am, but time won’t take the boy out this man!” – U2 (from the song “City of blinding Lights”)

            Honestamente, espero que el día de mi muerte aún quede algo de inocencia en mi ser porque, de no ser así, no quiero imaginarme lo triste que sería tener una existencia que exija toda tu limpieza vital a cambio de sobrevivir.

            Hebert Gutiérrez Morales.

4 comentarios:

Qcho dijo...

“Cuando veas un hombre bueno, trata de imitarle; cuando veas a uno malo, examínate a ti mismo. – Confucio”.
Como te comentaba el otro día sobre los escritores y sus ganas de ser descubiertos, los relatos vividos y contados, son aquellos que dejan huella en nuestro andar, todas esas remembranzas que por más pequeñas que parezcan surten y hacen efecto en el día a día.
Realmente ¿en qué momento pierdes la inocencia? ¿Cuándo te haces presa de lo banal? ¿Se puede recuperar?
A lo mejor no como tal, pero siempre está la cuestión de la bondad, que también se pone en juego por los sucesos diarios, las notas rojas, los engaños a la humanidad.
¿Qué hacer como humano? Si tener fe es lo que mueve al mundo…

varelad1 dijo...

Hola Hebert,
Muy buen ensayo, felicidades, me gustó mucho, es un tema muy interesante y lleno de matices.
Creo que todos sabemos y entendemos muy bien acerca de lo que escribes, pero no es fácil expresar la importancia de la inocencia en esta vida.
Personalmente, tengo muchos recuerdos hermosos, algunos chistosos y otros no muy agradables relacionados con mi otrora propia inocencia o la de mis amigos, familiares o parejas.
La verdad creo que mis padres hicieron un excelente papel con nosotros al lograr que nuestra inocencia no nos rebasara, es decir, que fueramos lo suficientemente inocentes pero nunca "mensos" de acuerdo a nuestra edad.
Yo no sé si queda aún inocencia dentro de mi ser, tal vez no; tal vez solo queda amor por la vida o quizás deseos de creer irremediablemente que la gente puede ser buena. Lo que sí estoy experimentando ahora que soy padre de una nena de 2 años, y que es sencillamente maravilloso, es a disfrutar de la transparencia e inocencia de los niños.
Un abrazo y excelente semana.

Kikin dijo...

Dicen que: “la mejor escuela es la vida” y me doy cuenta que es asi, por tanta falta de respeto hacia las personas, hacia tus cosas y hacia ti mismo. Estamos ya en una epoca donde las personas les da igual matar por 10 pesos que por cualquier otra cosa de mas valor, es denigrante ver como la gente es capas de robar sin temor hacer daño, en fin de eso vamos aprendiendo, hay veces que creemos que las personas pueden pensar de la misma manera que tu, actuar de buena fe, y respetar lo ajeno, como dice Benito Juarez: EL RESPETO AL DERECHO AJENO ES LA PAZ, es triste ver como sales a la calle con el temor de ser asaltado o robado por tanto ladron, en fin, muy interesante tu tema, gracias HEBERT saludos..!! KIKIN

Sol Sánchez dijo...

Hola, me encantaría regalaste mi libro. Es el primero que he escrito y no es una gran obra, es solamente, mi obra. Y quiero hacerlo para ver si en este libro también eres capaz de descifrar el final antes de llegar. Un abrazo y espero tu respuesta
solsanchez2012.blogspot.com