domingo, 8 de enero de 2012

Roscas, humildad y esfínteres.

“Aprender requiere siempre una cuota de humildad” – Demián Bucay

            En los Juegos Olímpicos de Seúl 88, en la prueba de caminata de 50 km, observe cómo un marchista simplemente se detuvo a hacer sus necesidades fisiológicas frente a millones de espectadores que lo observábamos alrededor del mundo. Esa imagen me impactó por la tremenda necesidad que tuvo esa persona al grado de vencer el pudor y/o vergüenza de hacerlo en público. Hoy recordé ese pasaje de hace 24 años.

Como cada Seis de Enero, trago Rosca como si fuese mi última comida antes de morir (o sea bastante). Obviamente eso me produce culpa (de la que somos expertos en el mundo Occidental), así que salí a correr mis acostumbrados 21 km. Para quemar algo de lo ingerido. Durante el trayecto mi estomago reaccionó ¡Y me dio Diarrea!

No podía hacer en la calle, porque iba por el área de Zavaleta y Camino Real a Cholula (al ser Viernes en la noche estaba muy concurrido). Con lo orgulloso que suelo ser, tuve que tragarme mi ego y humildemente abogar a la buena voluntad de las personas, esto cuando les pedía el baño prestado de cualquier negocio que se me atravesó en el trayecto.

Los primeros tres se negaron, no los puedo culpar, en la época que vivimos y siendo de noche, creo que tampoco le prestaría mi sanitario a cualquier extraño greñudo, pandroso y sudado al cual nunca había visto aparecerse en mi negocio.

Llegue a donde suelo hacer mi tintorería en donde el viejecito que trabaja ahí, aunque no me recordaba, amablemente accedió a prestarme su baño. Sentí que la gloria regresaba a mí, volvía a ser ese tipo grandioso e invulnerable que suelo creerme. Aunque el señor no quiso ninguna gratificación, al día siguiente pase a darle algo de dinero (aunque me costó que lo aceptara). En la educación que recibí se me inculcó ser agradecido con la gente amable y más aún con los que no tienen por qué serlo.

Volvamos al momento en que salí del negocio tras mi angustia inicial, ahí se me abrieron dos opciones: cortar camino para llegar sano y salvo a casa (no fuera a ser que recayera en el trayecto) o seguir mi ruta planeada, de la cual faltaba poco más de la mitad. En un ataque de soberbia, opté por la segunda, y ahí cave mi tumba.

“La mentira más común es aquella con la que un hombre se engaña a sí mismo” – Friedrich Wilhelm Nietzsche

Durante un par de kilómetros más seguí corriendo como si nada, sintiéndome renacido y agradecido con aquel viejecillo, mientras decidía en mi cabeza de que forma podía compensarlo. De pronto, ¡Pum! Empezaron los retortijones de nuevo y, en ese preciso instante me dí cuenta del error, volví a recordar lo mortal y frágil que era, volví a ser consciente que no soy divino ni invulnerable, aunque me duela, soy un simple humano, igual que el resto de población que normalmente descalifico por no correr tanto como yo, por no administrarse como lo hago, por no bañase con agua fría como es mi costumbre desde hace 20 años, por ser tan inconscientes hacia la naturaleza y demás espejismos que me hacen perder el suelo y creerme superior.

"Las cosas de las que uno está totalmente seguro nunca son ciertas". – El retrato de Dorian Grey (Oscar Wilde)
  
En ese nuevo trayecto angustiante me vi tentado a hacerme algunas promesas, motivadas por la situación tan desesperada: "Voy a comer menos", "Voy a ponerme a dieta", "Voy a ser humilde" y demás pero, dentro de mi suplicio, tuve un rayo de sensatez y concluí que nada de eso es válido mientras se sufre. Los compromisos se hacen en momentos de calma, porque hacerlos con euforia o desesperación los invalida por completo; por eso mismo no me hago ningún propósito de año nuevo (me parece un motivo muy barato), simplemente me propongo madurar en cualquier oportunidad.

En mi situación desesperada ningún Taxi se cruzó en mi camino, ningún callejón, terreno baldío o lugar abandonado me encontré en donde (tragándome mi vergüenza) clandestinamente pudiera acabar con mi suplicio, no encontré ningún oasis en el desierto de la desesperación. Con más pena que antes (no sé que me dolía más, si los esfínteres o mi orgullo), volví a corroborar que la precaución que prevalece hoy en día supera con mucho a la posible bondad con excusas tan ridículas como "No tengo baño", "Es que no tiene agua joven" o "Es que está cerrado y no tengo la llave", así que pasó lo inevitable, ya que todo en esta vida tiene un límite, hasta la resistencia que puedas oponer a tu colon.

No voy a exagerar al decir que ha sido el momento más vergonzoso de mi vida, pero sí está entre los primeros lugares. ¿Qué hice? Ya no quedaba mucho, más que correr lo más rápido que pudiera, impulsado por mi dolor y por mi redescubierta humildad. Afortunadamente era de noche, así que mi angustia por ver mi pants manchados (a pesar de que son negros) disminuía al saber que la oscuridad era mi cómplice. (Lo que seguía manchado, además de mi ropa interior, era mi pisoteado orgullo).

Así que corrí rápido, evitando lugares iluminados y procurando no cruzarme con la gente, aunque no los conocía, no quería que captaran algún olor. Ya no me importó llegar a parajes solitarios en donde pudiera desahogarme, ya no tenía caso, así que seguí corriendo sin parar y sin importarme lo que hiciera mi cuerpo de manera interna (que lo siguió haciendo).

Durante el camino me fui dando cuenta de muchas tonterías en las que incurro (al igual que el resto de la humanidad, pero ellos no me importaban en esos momentos). Como damos por sentado muchas cosas y, cuando de pronto nos faltan, es ahí que nos volvemos humildes y las valoramos en verdad. ¿Por qué pretender superioridad? Al final todos necesitamos alimento, un techo, agua, un abrazo o un amigo, sin importar el físico, el status social o la inteligencia. ¿De qué nos sirve el ego? ¿Por qué tememos que nos vean desnudos? ¿Acaso el cuerpo humano no es bello? Cualquier cuerpo es bello, sólo que nos dejamos guiar por prejuicios que nos dictan que sólo unos cuantos estilos corporales son atractivos, por eso nos avergonzamos y nos vestimos para tapar nuestras “vergüenzas”.

Siguiendo en la misma tónica, ¿Por qué no expresamos lo que en realidad pensamos? Acaso por no hacer públicas esas ideas ¿las dejamos de pensar? O ¿dejamos de creer en ello? No sólo nos las callamos sino, lo que es peor, repetimos las políticamente correctas que nos asegure el agrado de los demás, lo cual evidencia lo prostituidos que estamos la mayoría de humanos.

También, mientra corría frenéticamente, valoré mi casa, mi palacio personal, mi reino del cual soy soberano y súbdito simultáneamente. Ya quería llegar a esa tierra prometida, ese santuario inmaculado en el cual no debo dar ninguna explicación en dónde, además de la ropa, puedo despojarme de las máscaras de uso diario en este mundo de apariencias. Quería alcanzar a ese lugar, en dónde no tenía que relatar nada de lo ocurrido, en donde nadie se reiría pero, al mismo tiempo, nadie me apapacharía, pero lo importante era llegar, a como diera lugar, aunque me dolieran las piernas, aunque no tanto como el debilitado ego.

Durante el camino quise llorar, pero no pude, me preguntaba a mí mismo "¿Por qué quieres llorar?" y me contestaba "¡Por lo que pasó!" pero, otra parte mía me contesto "¿Y qué pasó? ¿Acaso te moriste? ¿Perdiste algún miembro? ¿Ya no puedes ver? ¿Se murió alguien que amas?". Es raro que lo diga, pero en ese momento agradecí que me tocara vivir esta experiencia. Me ayudó a ver las cosas de otra perspectiva o, mejor dicho, a darle la importancia exacta a lo que es la vida. Alguna vez leí (me parece que en "El poder del Ahora" de Eckhardt Tolle), que a veces se nos olvida que nosotros no somos nuestro ego, a veces nuestro orgullo es lastimado y creemos que nosotros somos los afectados. Cuando nos damos cuenta que el orgullo, ego, soberbia o como quieran llamarlo es un simple fantasma, creado por nosotros mismos, por esos roles que vamos adoptando en una sociedad que ve siempre lo que aparentas y pocas veces lo que eres.

           "La mentira mayor es el ego..." – Alejandro Jodorowsky

Sólo hizo falta un poco de adversidad para que me diera cuenta de lo que en realidad es vital. Ese día comentaba, en la oficina, que hay muchas cosas que no como porque me desagrada su sabor. ¡Qué afortunado y, al mismo tiempo, qué tonto soy! Tengo suerte, porque tengo suficiente para darme el lujo de rechazar alimentos que no me gustan, eso mismo me ha embrutecido, ¿Cuánta gente no tiene opción? A veces ni siquiera tienen para comer. Pero eso sí, el hecho de que alguien me ofrezca pavo hace que me ofenda como si me hubieran mentado la madre.

Aunque no tengo problema con ello, muchas personas me critican por bañarme con agua fría. Cuando me estaba duchando me preguntaba, "En mi situación ¿Qué harían ellos si no tienen gas? ¿Se van a quedar así?" Tal vez era lo glorioso del momento, pero hasta me pareció que el agua que lavaba mi manchado cuerpo estaba cálida y cristalina. En verdad agradecí el simple hecho de poder bañarme, tal vez fue la ducha que más disfrute en mi existencia.

          Como buen humano, por no decir ordinario, sé que este momento de lucidez se puede perder por la mañana, cuando tenga todo a la mano y lo vuelva a dar todo por sentado: la comida, la luz, mi familia, mis perras, el agua, bailar, mi casa, mi trabajo, mi cama, el auto, la gasolina, mis amigos, el Internet, el dinero y la simple posibilidad de estar vivo.

A veces no es necesario que se muera un ser querido para que nos hagamos conscientes de lo efímeros que somos, a veces sólo falta un poco de suerte para recordarte que el mundo no funciona alrededor tuyo.

"A excepción del hombre, ningún ser se maravilla de su propia existencia"– Arthur Schopenhauer

            Honestamente no iba a compartir esto con nadie, por cuestión de ego y orgullo pero, ¿Saben qué? Pase por todo esto ¡Y no se acabo el mundo! A pesar de la posible vergüenza, a pesar del pudor, a pesar del dolor inicial, de la angustia, a pesar de mi mismo.

            Nietzsche decía "Lo que no me mata, me fortalece" y, en momentos así, lo comprendes por completo. Sé que siempre tengo puesta la máscara de soberbia y autonomía, pero hoy he recordado que el que más poderoso se percibe es el más vulnerable de todos, sin embargo, el que es más humilde (sin proponérselo) es el más cercano a tener el verdadero poder: el conocimiento de sí mismo y de la vida y, a pesar de ello, no le interesa ser poderoso.

             Me siento un poco enclenque (sensación extraña para alguien que pesa más de 80 kilos), tal vez sea por la doble deshidratada: la de la corrida y la de la diarrea. Mientras escribo esto, hago visitas a mi sanitario y me pongo a llorar sin lágrimas (no han de salir por la tremenda deshidratación), es extraño llorar sin lágrimas, un poco frustrante diría yo, ahora veo la utilidad de las mismas: hacen el llanto un poco más "placentero".

            ¿Por qué lloro? Por agradecimiento, por tener mi propio baño, por tener papel sanitario, por tener la tranquilidad de hacer mis necesidades con discreción, sin la angustia de buscar un lugar solitario o a alguien bondadoso que me facilite uno. También lloro por tener agua limpia que beber y hasta por el Peptobismol que me acabo de tomar.

“La Vida no te da lo que quieres, sino lo que necesitas” – Fritz Perls.

            Me siento débil y hasta demacrado, si por mi hubiera sido me hubiera acostado después de bañarme, pero debía escribir todo esto, debía dejar constancia de este momento de humildad para que, cuando mi Soberbia se recupere, mi esencia recuerde quién manda a quién, quién es el verdadero jefe.

            Sí, me hice en los pantalones, ¿Y qué? Los voy a lavar al igual que hice con mi cuerpo. Esta experiencia "vergonzosa" me recuerda que el valor de una persona está más allá de su exterior, porque no valgo menos por lo que pase, de hecho creo que pasó exactamente lo contrario.

            Hebert Gutiérrez Morales
            Seis de Enero del 2012

PD Creo que mañana voy a comprarme unos pants color café (sólo por si acaso)

4 comentarios:

Qcho dijo...

Heberto:
Momentos bochornosos nos ocurren a todos, yo recuerdo y aun me recuerdan lo que un día me sucedió en la secundaria, sin duda una de mis peores experiencias, eso de que te vean tus partecitas en medio del salón pues no es como que muy grato, jajajaja, ahora me sonrió un poco, pero, lo cierto es que era de las cosas que más me apenaban.
Esta claro que en el momento en el que nos sentimos más vulnerables, es cuando entendemos el hecho de que no somos tan superiores como lo creíamos, es el momento en que nos sentimos tan pequeños que nos hacemos el peor de los daños, es decir, hay que tomar la situación de la mejor manera, en algunos de los casos, lo resolvemos con desprecio, más que con gracia, las desgracia, nos hace percatarnos que no todo el prójimo te ayuda y no todos te tienden la mano, entonces, en lo alto de tu cumbre, porque he de ser yo quien tienda la mano a quien me ha dejado de lado.
Como bien dices, en estos tiempos difíciles de desconfianza en contra del ser que se encuentra a nuestro lado, pues no da mucho por hacer o que opinar, hace unas semanas mientras me encontraba en el barrio del artista, se nos acercó un individuo el cual era un inmigrante salvadoreño, su historia y sus acciones, eran realmente mortificantes, por no decir, deprimentes, en primera instancia le ofrecí dinero, pero se sintió un poco ofendido, después de un rato lo acepto, lo cual te deja con muchas incógnitas y una disque conciencia limpia, por tu buena obra del día, la cual debería ser normal y diaria.
En fin, a seguir adelante mi estimado Heberto.

varelad1 dijo...

Hola Hebert, felicidades y gracias por compartir tus "sucias" intimidades con los que con gusto te leemos.
Es cierto, la vida muchas veces te da grandes dosis de Ubicatex que te sacuden fuertemente pero que a la vez te hacen madurar y ser una mejor persona.
Por ello me da gusto leer que seas muy agradecido con la vida por lo que tienes y que esta experiencia te haya ayudado a ser mejor persona de la que ya eres.
Un abrazo y hasta la próxima.

July Silva dijo...

hola Hebert! Disfrute mucho la lectura de esta nueva publicacion. La disfrute por la historia, por la manera tan excelentemente contada sin dejar de decir tratando de no decir y sobre todo por la experiencia enriquecedora que te dejo y que tu nos dejas.... otra vez FELICITACIONES!♥... y gracias!

RAM dijo...

Tu relato me recuerda un cuento breve que relata Jorge Bucay en su libro "Recuentos para Demian" que transcribo tal cual:

"Situación base (común a los tres):
Un tipo tiene encopresis (en buen romance: se caga encima). Consulta a su médico que, luego de exámenes e investigaciones, le recomienda (no habiendo encontrado base orgánica) consultar con un psicoterapeuta.

Final alternativo uno.
(El terapeuta consultado fue un psicoanalista ortodoxo.)
Cinco años después, el tipo se encuentra con un amigo:
-¿Cómo te va con tu terapia?
-¡Muy bien! – contesta el otro, eufórico.
- ¿Ya no te cagas mas encima?
- Mira, cagar me sigo cagando, ¡pero ahora ya se por qué me cago!

Final alternativo dos.
(El terapeuta consultado fue un conductista.)
Cinco días después, el tipo se encuentra con un amigo:
-¿Cómo te va con tu terapia?
- ¡Muy bien! –contesta el otro, eufórico.
- ¿Ya no te cagas más encima?
- Mira, cagar me sigo cagando, pero ahora uso calzón d hule.

Final alternativo tres.
(El terapeuta consultado fue un gestáltico.)
Cinco meses después, el tipo se encuentra con un amigo:
-¿Cómo te va con tu terapia?
- ¡Muy bien! –contesta el otro, eufórico.
- ¿Ya no te cagas más encima?
- Mira, cagar me sigo cagando, ¡pero ahora no me importa!"

Asi que, de acuerdo al Blog, ¿con que tipo de terapeuta vas, Hebert? ¿Que has aprendido ahi?...

Un abrazo.