sábado, 3 de marzo de 2012

Iro Iro Na

                En japonés la frase arriba mencionada significa “varios” y la he tomado para este escrito. Tengo algunas vivencias que tal vez no sean las más impactantes de mi paso por este mundo, sin embargo, en su momento fueron muy importantes y me gustaría plasmarlas en esta ocasión.

                ¿Qué tienen en común estos tres pasajes? Que son parte de mi pasado, que ayudaron a definir mi personalidad actual y que no alcanzan por sí solas para sacar un escrito para cada cual, así que los comento brevemente en este ensayo único. Van en orden cronológico inverso.

                La Clon

                Durante mi preparatoria tome clases de inglés particulares con la hermana mayor de una de mis, entonces, amigas. A pesar de ser ocho años mayor, me enamore perdidamente de mi maestra la cual, obviamente, me mando al carajo con mis intenciones románticas.

                A pesar de su rechazo, seguí enamorado de ella un par de años más, a tal grado que me inscribí en la misma Universidad que ella (no me pregunten el motivo, no le pidan lógica a las decisiones de un adolescente enamorado).

                Mientras me desembarazaba de aquel amor frustrado (uno más a la lista) me propuse terminar lo más pronto posible mi carrera y, durante los primeros dos años me vi libre de aspectos románticos mientras le adelantaba un semestre al resto mis compañeros.

                Cuando inicie mi tercer año en la Universidad, empecé a convivir con personas que habían iniciado antes. Un buen día casi me da un paro cardíaco: ¡me había encontrado con mi otrora maestra de inglés! Después de mi shock inicial me di cuenta que había algo raro, porque estaba un poco más bajita y no estaba tan delgada, entonces me tranquilice un poco, ya que no era ella, simplemente era una mujer con un parecido extraordinario.

                Sobra decir que esa fémina me intrigaba, nunca cruce palabra con ella, pero siempre me le quedaba mirando fijamente. Me llamaba profundamente la atención su parecido con mi amor frustrado y, de alguna forma, el verla me hacía feliz, era como continuar mi idilio platónico con un placebo de muy buena calidad.

                Sin embargo, algo pasó, ya que ella ¡también me empezó a ver! Y entre en pánico, “Eso no es parte del guión” decía hacia mis adentros, el  plan era contemplara a la distancia hasta terminar la universidad y dejarla en un bonito recuerdo, el que también me viera resultaba estresante (mmmhhh….. ahora entiendo el por qué de mi escasa vida sentimental).

                Finalmente, en mi último semestre, nos tocó una clase en común, por lo cual estaba simultáneamente feliz y nervioso, ya que la iba a tener más cerca. Así que constantemente nos “cachamos” viéndonos el uno al otro y, abruptamente, desviábamos la mirada.

                Supongo que se cansó de tantas muestras de interés sin nada de acción, así que un día se sentó en la banca que tenía frente a mí. Nunca la había tenido tan cerca y esa tensión era insoportable pero, al mismo tiempo, la estaba disfrutando. De pronto, sin aviso previo, se volvió hacia mí  de manera muy decidida y ¡me iba a decir algo!; ese movimiento fue muy impactante para mí y puse unos ojos tan desorbitados que le asustaron toda la valentía y se volvió hacia el frente.

                Aquella fue la vez que más cerca que estuvimos de tener una comunicación no visual pero nunca se concretó. La última vez que la vi, unos meses después,  fue cuando estaba atendiendo algunos asuntos de mi titulación, ella no me vió pero yo sí la ví luciendo orgullosamente su pancita de embarazada.

                Ahora que recuerdo toda esta situación me da mucha gracia, no sólo por mi comportamiento patético al no corresponder el interés que me mostraba una bella mujer. Lo más chistoso de todo es que ella me empezó a gustar por su parecido con alguien más pero, con sus miradas tan intensas y el paso del tiempo, me acabo gustando por ella misma.

                Por lo menos no me fui en blanco en la Universidad en cuanto a estrés amoroso.

                Domino

                A pesar de ser canófilo, hay una mancha en mi historial de amor hacia dichos animales, pero también fue una que al final me hizo ser más consciente de la importancia de estos seres en mi vida.

En el pueblo en el que pase mi adolescencia, teníamos un terreno muy grande para que nuestros tres perros corrieran libremente. El gusto les duró poco porque, debido a problemas financieros, en la casa pusimos una papelería.

                Los clientes tenían que atravesar los 50 metros del terreno para acceder al negocio (el cual marchó bien los primeros años), por lo mismo teníamos la reja abierta y no sólo entraban personas, también entraban perros callejeros. Uno de ellos fue “Domino”. Se le nombró así porque era blanco con algunas manchas negras, así que tuvo la fortuna de ser “bautizado” por el mundo humano, a pesar de ser de la calle.

                “Domino” llego siendo un cachorro que, como buen ejemplar de la raza “Streeter”, empezó a buscar sustento por sí mismo desde temprana edad y fue entonces cuando llegó a nuestra casa. Al inicio intentamos ahuyentarlo pero, supongo, percibió alguna buena vibra en nosotros y se negaba a irse, así que mi madre empezó a darle las sobras, ya que nuestros perros siempre han comido sus respectivas croquetas.

                El can en cuestión era tímido, por no decir cobarde, y en realidad sólo venía a ser alimentado y en las noches se iba a dormir a la calle. A mí me empezó a enojar esa actitud y le empecé a tomar cierta antipatía al animal.

                En aquel entonces estaba experimentando los peores años en mi vida y no andaba con una actitud muy generosa que digamos, así que agarre al pobre animal como fuente de desahogo. Afortunadamente mi nivel de malicia nunca fue suficiente como para lastimarlo, siempre lo corría, lo amenazaba y hasta intentaba aventarle piedras pero, para fortuna de “Domino” y de mi consciencia, mi puntería siempre ha sido mala y nunca logre atinarle.

                Sin embargo, nunca importó todo lo que intentará, siempre regresaba, y mi madre siempre lo alimentaba. Un día le conseguimos una casa que lo adoptara, pero sólo cambio el lugar en donde dormía, porque todo el día se lo pasaba en la nuestra. Ni si quiera mis perros (Princesa, Poncho o Mota) le hacían nada, algo tenía ese perro que le caía bien a todos . . . . menos a mí.

                Ahora entiendo que mi animadversión hacia ese pobre animal era un reflejo de lo que odiaba de mi ser en aquel entonces: Era cobarde y pusilánime, me daba lastima a mí mismo y (tal vez) a los demás, era una caricatura de la cual abusaban en Secundaria y todo eso lo veía reflejado en el pobre “Domino”.

                Pasados los años, cerramos la papelería (por exceso de ventas) y, con ello, el acceso a “Domino” se cerró para siempre. Mi madre aún le daba algunas sobras pero el animal entendió que ya no había lugar para él en algo que, supongo, consideraba su hogar. Por lo mismo empezó a visitarnos menos y a estar más en su “otra” casa.

                Un par de años después me enteré que murió “Domino”, atropellado por algún imbécil. Debido a mi historial ríspido con él, fingí indiferencia, pero mi consciencia no me dejaba en paz, por todo lo que fastidie al pobre, sin embargo había algo más en mi corazón: tristeza. Era increíble, en verdad fue un ser importante para mí, y ahora no podía hacérselo saber.

                Sirva este escrito de homenaje para un perro que nunca fue mío, tal vez el único can al que nunca le di una caricia pero que fue muy importante, ya que me sirvió de desahogo para frustraciones de las cuales nunca fue culpable. Su único pecado fue el ser callejero y tener un alma demasiado noble para su propio bien.

                Perdóname “Domino”, fui ignorante y egoísta, tal vez sea tarde pero, agradezco que hayas entrado en mi vida para darme una lección de humanidad muchacho, fue más de lo que yo jamás pude haberte dado.

                Claudia

                A ella la conocí en el Kinder y, a pesar de tener pocos recuerdos de esa época, tengo uno muy claro: Claudia me encantaba, y así fue durante nueve años, hasta finalizar la primaria. Recuerdo con claridad que sus ojos miel me idiotizaban, su cabello negro y lacio me enloquecía y, aunque no me gustan las pecas, su sonriente cara pecosa era mi razón para ir con gusto a la escuela.

                Al terminar el preescolar, ambos entramos a primarias distintas pero, afortunadamente, nuestras madres trabajaban en el mismo lugar (Escuela de Enfermería y Obstetricia del IPN), así que era muy dichoso porque podía a verla a diario para jugar juntos después de la escuela.

                Obviamente no éramos los únicos, porque había alrededor de otros seis niños y niñas con los que jugábamos, durante la tarde, hasta que nuestras madres terminaban eltrabajo. Ahora soy consciente que sólo eran tres horas, que hoy en día se me van volando pero, cuando uno es niño, ese tiempo es infinito, para mí eran como ocho horas de las actuales (y me siento feliz por ello).

                Felizmente no había Internet, celulares ni vídeojuegos portátiles, así que sólo nos quedaba jugar usando nuestra imaginación para entretenernos. Así que no pude tener mejor infancia que la que me tocó con una tecnología muy austera.

                Creo que Claudia siempre supo que me gustaba, ya que siempre he sido muy obvio al momento de reflejar mis sentimientos, así que era difícil pasar por alto esa cara de imbécil que pongo cuando alguien me atrapa. Felizmente, ella nunca cambio su trato conmigo ya que ¡nos conocíamos desde el Kinder! (cuando estás en primaria, conocer a alguien desde el Jardín de niños representa toda una vida).

                Tal vez sí me tenía afecto por todas esas aventuras infantiles que vivimos: alguna vez encontramos una camada de cachorros de una perra callejera (de ahí adopté a “Princesa”), hacíamos fonomímicas de las canciones de Timbiriche, escudriñábamos cada rincón de la Escuela de Enfermería , atrapábamos “Caras de niño” y los poníamos a pelear con arañas,  platicábamos de lo que queríamos ser de grandes, cantábamos las canciones “prohibidas” (porque decían groserías) de los Hombres G y, obviamente, jugábamos sin cesar hasta la hora que las progenitoras pasaban a buscarnos para partir a casa.

                Cada año se integraban o partían nuevos niños a nuestra pandilla, ya que unos llegaban del preescolar y otros partían a la secundaria. ¿Por qué nuestro grupo estaba conformado únicamente por gente de primaria? En realidad lo desconozco, pero era feliz porque Claudia y yo éramos de la misma “generación” y eso era especial para mí, porque era el que la conocía de más tempo.

                Alguna vez la invitaron a grabar un programa de opinión para niños del Canal 11 del IPN, mientras el resto de nosotros estábamos en el público. Es una lástima que no supiera grabar en esa época, porque vi dicha emisión las tres veces que la transmitieron (antes los recursos de dicho canal estaban más limitados, así que repetían mucho la programación). Recuerdo que cada vez que veía el programa quedaba como hipnotizado cuando ella hablaba, su voz me encantaba y sólo me enamore más de ella.

                Para nuestro sexto y último año de primaria, mis padres me dijeron que al terminar dicho curso dejábamos la ciudad y con ello mi amor de primaria.  Ese último año se creó en el IPN algo que, hoy en día, es la salvación de los padres: el curso de verano. Anteriormente mis vacaciones me las pasaba íntegramente en Veracruz, pero ese año mi mamá optó por meterme a dicho curso y, felizmente, Claudia también estaba ahí.

                Creo  que ese fue el verano más feliz de mi vida, salimos de excursión, montamos bailables, pintamos, jugamos, vimos películas y tuvimos muchas actividades al aire libre. A pesar de vernos a diario durante años, en esa ocasión me sentí más cercano a ella, fui feliz como pocas veces y, efectivamente, me enamoraba cada vez más profundo. Al final de ese curso ella me dio una cartita de despedida, muy bonita y muy importante para mí. Recalco, Claudia sabía que moría por ella y, a pesar de ello, siguió siendo mi amiga.

                Le di las gracias y nunca más la volví a ver ya que, una semana después, nos mudamos.

                En aspectos del amor nunca he sido muy audaz y, sobra decir, de niño lo era aún menos, así que nunca le dije lo que sentía, pero agradezco haber sido un amigo importante para aquella primera niña que me hizo sentir algo especial en mi pecho y que, además de todo, me trato con cariño y camaradería que, aún en el presente, atesoro en mis recuerdos.

                Gracias Claudia por ser aquella luz que iluminó mis primeros años de vida, siempre habrá un lugar en mi corazón para ti.

                Hebert Gutiérrez Morales.

3 comentarios:

Yoghurt McCloud dijo...

Yoghurt... Feliz o infelizmente hay muchos pasajes que nos van marcando. Ayer durante la película, ella recordaba su 5o grado... Pareciera ser un ejercicio que en algún punto todos debiéramos hacer... Recordar es identificar lo que nos hace ser nosotros mismos.

varelad1 dijo...

Hola Hebert, tienes razón, este tipo de ensayos tienen un "no se qué" que los hace particularmente interesantes y naturales.
En cuanto a los temas, muy buenos, créeme que me hiciste recordar mis amores frustrados de la adolescencia, precisamente también por mi eterna indecisión a dar el paso y conquistar a la chica ahnelada. En verdad pude haber tenido al menos 4 novias más si no me hubieran detenido mi timidez y mi inseguridad. Un abrazo

Qcho dijo...

Heberto:
Está de más que diga que soy fan de tus escritos, en muchos de ellos me haces reír o sonreír, en algunos casos sacas a flote la conciencia y como en todo, en algunos me doy cuenta de que eres una gran persona. En fin, después de este momento de barbería el cual tenía que sacar mi emotividad, debo decirte que con tú último texto al cual titulaste “Claudia”, se me vino a la cabeza una canción infantil de Luis Pescetti llamada – Ay Lilí, en donde se habla del primer amor, es genial amigo o al menos a mí me encanto desde la primera vez que la escuche en mis años como productor infantil, ya te la sabes me la pase 5 años haciendo niños, bueno, trabajando para ellos ja. Mi primer amor de la infancia se llama Adriana ¿Qué será de ella? No tengo ni la más remota idea, pero a un recuerdo a esa niña, blanquita con cabello rubio, pecosa (de ahí que me gusten las mujeres con pecas) y tierna.
Refiriéndome al texto en general, Jackson Brown dice – La oportunidad se deja alcanzar sólo por quienes la persiguen. En este momento, pues cuentas con la OPRTUNIDAD de darle las gracias a aquellas personas o mascotas que aunque su estancia fue corta en tu vida, pues fue grato coincidir. Ahí está el punto de no arrepentirse de lo que haces.