viernes, 17 de agosto de 2012

El momento en que todo cambió (Parte II: Escoger a la persona equivocada)

             “Hasta que lo experimentamos (y es de esperar que nos llegue a todos, en algún momento de nuestras vidas), nunca estamos realmente preparados para la naturaleza abrumadora del primer gran amor” – Thomas Nesbitt

¿Cuántas personas realmente encuentran al amor de su vida? Tal vez no a todos les haya pasado pero, cuando pasa, se sabe. ¿Cuántas se relacionan con personas “adecuadas” con las que comparten gustos y tienen una comunicación civilizada pero sin “chispa”?

                ¿Qué se sentirá experimentar el amor verdadero (y que sea reciproco)? ¿En verdad puede ser eterno? O ¿Simplemente nos encaprichamos con lo que no pudo ser? Al parecer, sólo unos cuántos lo han alcanzado y el resto se conforman con la nostalgia de lo que no se logró, que es más fuerte y de duración más prolongada, que el sentimiento que nos ata a quién hoy está a nuestro lado. Hay parejas que se han mantenido toda la vida juntas, algunas por costumbre, otras tantas por el compromiso social y, en realidad, muy pocas se mantienen convencidamente unidas, ya no con el amor apasionado inicial, pero sí con una amistad filial forjada a lo largo de los años.

Es difícil amar de verdad, todos nos creemos capaces y hasta expertos en ello, pero muy pocos logran superar el orgullo, aún menos son los que encuentran esa pareja perfecta, esa que no incurre en luchas de poder, simplemente baja todas las defensas y acepta al otro tal cual y se recibe lo mismo. Ser auténticos, desnudos, indefensos ante alguien que no va a sacar ventaja de esa vulnerabilidad, es tan difícil en un mundo en donde el poder es el alimento del ego, mismo que nos ha vuelto ambiciosos, voraces e insaciables.

           “En el fondo mi padre era bastante bueno que sólo pretendía querer y que lo quisieran. Pero esa posibilidad se le escapó a lo largo de la vida, como se nos escapa a la mayoría” – Thomas Nesbitt

           Tal vez seamos muy románticos pero aún estamos “verdes” para mantener eterno al amor o vivirlo sin que se debilite. Somos demasiado egoístas para llevar una relación abierta y honesta. Todos decimos “Sí, te acepto tal cuál eres y seremos felices para siempre” pero, en la mayoría de los casos, sólo se dice de dientes para afuera, por lo que el “para siempre” se vuelven cinco semanas, cinco meses o (a los que mejor les va) cinco años.

          Hemos dejado que nuestro ego crezca a niveles monstruosos. La identificación que tenemos con él nos forja un tonto orgullo que pesa más que el amor que podamos sentir. Al igual que Thomas (protagonista del libro), cometí ese error una vez, así como muchos otros estúpidos, donde nuestro honor, identidad y status pesa más que lo mejor que jamás hayamos sentido: amor verdadero. Thomas pagó su precio con creces y, honestamente,  espero tener una oportunidad de reivindicarme con alguien que resuene con mis sentimientos.

            “El orgullo es la fuerza más destructiva del mundo. Nos enceguece ante todo lo que nuestra arrogante necesidad de tener la razón y de defender nuestro frágil ego. Y en el proceso, nos impide ver otras interpretaciones de la narrativa que estamos viviendo. El orgullo nos hace encasillarnos en una posición que nos negamos a abandonar” – Thomas Nesbitt


La psicosis que muchos sentimos al no considerarnos lo suficientemente buenos para que alguien nos ame acaba creando mucho sufrimiento, tanto en el libro como en la vida real; muchos tememos ser amados, ser felices, tal vez por las decepciones pasadas pero ¿acaso no todos tenemos derecho a ello? Simplemente porque alguien no nos valoró tendemos a castigarnos por elegir a la persona equivocada. Los mismos carceleros somos los prisioneros, quiénes nos hemos encerrado y nos impedimos salir, nos recriminamos errores pasados. Para amar y ser amado hay que ser valientes, arriesgarse y entregar el corazón, lo cual es cada vez es más difícil porque, entre uno más envejece, se torna más precavido (por no decir miedoso).

La serenidad está en peligro de extinción en esta caótica sociedad, que nos trae demasiados divorcios y relaciones con profunda infelicidad, no podemos esperar y/o buscar con paciencia al amor de nuestra vida; tendemos a conformamos con lo que vamos encontrando o lo que nos encuentra a nosotros. Hay una altura, de nuestro camino, en donde hay alguien que no nos hace sentir mariposas en el estómago pero que parece buena opción, a pesar de no  amarla. Aunque alguien parezca bueno (de manera cognitiva, no sentimental) no significa forzosamente una relación fructífera.

Carecemos del valor para dejar pasar a parejas “adecuadas” sin saber que más adelante puede venir la elegida, pero la incertidumbre del “¿Y si no llega?” puede más que la posibilidad de algo mejor y nos conformamos con lo que tenemos seguro en vez de ir por lo que merecemos pero que, podría, no existir. Ciertamente recibiremos algo bueno, no lo  anhelado en un inicio pero, al final, será lo que merezcamos por haber tomado esa decisión.

           “Hay momentos en la vida en que uno simplemente querría hacerse un ovillo en el suelo, taparse los ojos con las manos y desear que desaparecieran, por un simple acto de la voluntad, los efectos de la propia estupidez” – Thomas Nesbitt 

           Nos engañamos al quedarnos con esa persona, por ese estúpido miedo del “¿Y si no encuentro a nadie más?”, el problema es que ése “Nadie más” también cae en el mismo error y así proliferan las relaciones sin sustento positivo; mismas que acarrean existencias civilizadas pero vacías, insípidas, sin chispa ni amor. Al inicio se ven las cosas bien, con el paso del tiempo se deterioran aunque nadie lo calificaría como algo letal, pero acaban siendo un infierno de todas formas: uno de aburrición, aletargamiento, de costumbres, de envejecer junto a un desconocido y ahí es cuando uno se da cuenta que era mejor estar a solas pero con el grato recuerdo del único amor auténtico experimentado en el pasado.

Cuando estás muerto en vida, sumido en una relación civilizada pero sin sentimientos auténticos, es incluso más insoportable que una relación en dónde, al menos, se sienten vivos al gritarse mutuamente (que no es lo deseable). En la otra relación destructiva tienes la posibilidad de separarte, alejarte o, incluso agredir a tu pareja (que tampoco es deseable pero a veces el instinto puede más que la educación); pero en la situación “civilizada” uno está siendo machacado por el tedio o letargo, en espera que sea tan insoportable que alguno tome la decisión de dejar esa vida tranquila, tan serena que acabas por enloquecer, y debes largarte con la carga moral de arruinar un “matrimonio perfecto”.

            “Verás. Cuando no has tenido mucha suerte en la vida, empiezas a pensar que, si algo bueno se cruza en tu camino, la vida te lo quitará” – Petra Dussman 

             Más veces de las que me gustaría reconocer, he maldecido al amor. ¿Qué es eso? Algo que me ha dado más sufrimiento que gozo, y he intentado extirpármelo (por lo menos el de pareja). Sin embargo, las pocas veces que ha hecho de mi vida una maravilla han valido todo el sufrimiento. En la mayoría de las ocasiones el amor me ha parecido una pésima idea, pero no me arrepiento de las decisiones estúpidas que tomé basándome en dicho sentimiento, porque las hice sobre lo más auténtico que he sentido.

Los humanos pasamos de lo sublime a lo ridículo, de lo despreciable a lo maravilloso, somos capaces de los actos más hermosos como los más horrendos, todo dependiendo de las circunstancias en la que nos encontremos y los intereses que persigamos. En este mundo consumista el amor ha sido rebajado, desprestigiado y vulgarizado. La maldita sociedad humana, nuestras programaciones, prejuicios, instituciones, miedos y demás hacen que acabemos prostituyendo la etiqueta de amor al colocarlo a cualquiera. Se ha desprestigiado tanto que lo asignamos a cualquier sentimiento agradable que tengamos. Lo confundimos con amistad, con camaradería, con agrado, con deseo o con una buena comunicación, todos esos son ingredientes del amor pero no son los únicos elementos.

            “Sin embargo, ¿no percibimos con frecuencia nuestras vidas a través de una lente borrosa que disimula todas las verdades dolorosas que preferimos eludir?” – Thomas Nesbitt

Decía un comercial de cerveza clásico: “Si las cosas que valen la pena fuesen fáciles, cualquiera las haría”. Si el amor fuera tan fácil de encontrar, entonces no habría tantos divorcios, tanto sufrimiento ni tanta infidelidad. En la sociedad vertiginosa que hemos creado, en la cual queremos todo rápido, también queremos que el amor nos llegue de inmediato y a la primera oportunidad que lo necesitemos.

Al tener tantos proyectos de amor fallidos nos hace dudar cuando encontramos el verdadero. Es tan grande nuestro pavor que somos dados a no creer en nuestra suerte y, a veces, somos tan estúpidos y tan cobardes que nos hace falta un pretexto (sin importar lo bien fundamentado que esté, pretexto a fin de cuentas) para descalificar ese amor perfecto. Eso pasa cuando uno se identifica con el desamor o las relaciones poco productivas, además del miedo que inspira la incapacidad de manejar una relación perfecta.

Tristemente, en este mundo materialista y visual, tratamos de entender al amor racionalmente, lo cual es tan estúpido como intentar resolver problemas matemáticos con el corazón. El amor no se entiende ni se razona: se siente y se acepta; cuando empezamos a racionalizarlo estamos encaminados a la perdición, porque siempre encontraremos motivos para descalificarlo.

          “Somos absurdos, ¿Verdad? Nos aferramos a nuestros tormentos, nuestras agonías y nuestros pequeños dramas, y los usamos para sabotear lo que más queremos y lo que en realidad nos merecemos” – Petra Dussman

¿La vida es justa o injusta? La mayoría del tiempo somos responsables de lo que nos pasa en este mundo, mediante las decisiones que tomamos. Los caminos que transitamos dependen de nosotros, tanto los productivos como los improductivos. Por tal motivo la vidaes justa, porque recibimos lo que nos hemos ganado, cosechamos el producto de nuestra cobardía o nuestra audacia, de nuestra estupidez o nuestra inteligencia, de nuestros dogmas o de nuestra innovación, de nuestra serenidad o imprudencia, de nuestra sabiduría o ignorancia, con nuestra madurez o inmadurez. Muchos creen que la justicia significa que la vida sea “buena” pero esa facultad radica en nosotros y, si no nos hemos ganado una buena vida, es justo lo que obtenemos en su lugar.

                Hebert Gutiérrez Morales

6 comentarios:

Qcho dijo...

Mí estimado Heberto:
Sin duda alguna es mejor leer completo tus ensayos, la idea en concreto, aunque este divido por temas, el primero habla de un libro que está de más que te diga que no he leído y que seguramente veré complicado leer por un y mil pretextos de mi flojera y desfachatez, sin embargo leerlo de tus palabras pues me causa la curiosidad necesaria para un día plantearme hacerlo.
Sobre el siguiente punto pues, muchas ideas me han llegado a la cabeza, de entrada algunas frases de canciones de Arjona, como la de “Sin Daños a Terceros – Tarde”, esta idea de que cuando eres feliz, aparece esa persona a la que realmente crees que puede ser el amor de tú vida y bueno, tú ya te ves comprometido por una y mil razones, entonces ¿qué haces? Dejas lo bueno que has hecho con felicidad o ser feliz, claro, que el que tú lo sientas, no quiere decir que esa persona pueda sentir lo mismo por ti.
“Pingüinos en la cama” y “Como Duele” también me llegaron a la mente, está idea de convivir con alguien que ya no siente lo mismo que tú, que se no han roto toda la clase de sueños y que al final, terminamos por justificarlos y sobrevivir con lo poco de la nada que podemos recibir.
Hace ya algunos meses escribí ese texto al que titulé “Llamarte”, en donde yo reflejaba mi rechazo a las segundas oportunidades hacia el amor y el intercambio de ideas de cómo otras personas disfrutaban de relaciones meramente enfermizas, pero que para ellas justificadas y que al final, resultaban ser su cuento de hadas, en mi pensar era si realmente yo estaba mal, por no darme esa segunda oportunidad.
Como claro ejemplo me encuentro con esa relación por la que la inspiración me golpeo con tanta fuerza y en la que yo decía como en esa muy buena película, “Para olvidar a una mujer hay que hacerla literatura – Henry Miller”, claro que no me acerque a lo más mínimo de una prosa literaria, pero si me pude liberar de todo aquello que tenía adentro y que sin duda me hacia daño para sobrevivir.
Yo me encuentro en la disposición de volverme a enamorar, claro que con mis reservas por los hechos ya acontecidos y plenamente no gratos, el lastre no te suelta del todo, pero lo importante es ya no sentirte victima o victimario.
Sabes, en la mayoría de tus textos o al menos en los que voy leyendo en estos últimos días, siempre mencionas llanto, e igual y convivimos muy poco, no creo que seas un monstro, pero alguien que resulta ser tan duro, crea una catarsis plena imaginarlo verlo llorar y por ello, es que leo con tan agrado tus textos, refiriéndome a la apertura sentimental que tienes a pesar de ser tú jejeje y no lo digo con el fan de ofender, si no todo lo contrario, es bueno haberte encontrado en este camino mi buen Heberto.

varelad1 dijo...

Hola Hebert,
Esto del amor es un tema demasiado complicado.
La complejidad de entender o comprender a las mujeres se hace aún mayor hablando de temas del amor y de la vida en pareja.
Y los hombres también tenemos lo nuestro, y aunque somos más directos, por no decir cínicos y desalmados, somos complejos en cuanto a nuestros sentimientos internos.
Ciertamente lo he pensado muchas veces; ¿qué sería de mi vida si me hubiera casado con tal o cual?... O la recriminación: ¿por qué no me atreví a decirle a fulanita que me gustaba?... etc. etc.
Lo único que creo cierto es que el primer amor es único, pero se parece al verdadero amor en cuanto a lo que sientes. Y hablando del matrimonio, el amor cambia de cara: primero es demasiada pasión y sexo, después es más comunicación y amistad, más adelante es un modus vivendi y planeación de tu futuro y después es una lealtad de pareja enfocada al bienestar de los hijos.
Un abrazo.
Daniel

VENEZUELA dijo...

y volvemos a caerle a pedradas al amor

Hebert Gutiérrez Morales dijo...

Es un libro que me conmovió profundamente y eso que lo leí antes de conocer a mi Musa. Creo que si lo leyera hoy seguro me muero de la tristeza :’-(. Por cierto mi querida Venezuela, la otra semana voy a estar de vacaciones, así que no creas que soy un maleducado por no contestarte, eso ten por seguro que lo haré regresando.

VENEZUELA dijo...

oye que bueno, disfrutelas

Hebert Gutiérrez Morales dijo...

Gracias :-)