viernes, 21 de septiembre de 2012

La educación de un niño


            Antes de iniciar en forma, quiero reconocer públicamente a mi madre, la cual era Maestra de Enfermería en el IPN, con horario de ocho a cinco, con clases a preparar, exámenes de calificar, proyectos que revisar, además de ser madre y padre de Lunes a Viernes pero NUNCA me sentí desatendido. Siempre tengo el recuerdo presente que me apoyaba, me escuchaba, me atendía y se preocupaba por mí y mis asuntos, sin sentirme agobiado de ninguna manera. Siempre la voy a respetar y querer, por la dedicación y el tiempo que me dedico, muestra del amor e interés al gestarme. Esto a diferencia de muchos que engendran sin estar conscientes de la responsabilidad que eso implica.
 
            Ha de ser muy complejo ser padre, porque no es fácil percibir cuándo ser firme con las acciones correctivas y cuándo ser comprensivo. Las consecuencias sólo se conocen hasta el futuro y dependen mucho de la capacidad personal que el vástago, en su vida adulta, tenga para manejar los conflictos que experimentó. La educación de los hijos es una responsabilidad muy grande, por determinar gran parte de su vida futura.

Pocos son los recuerdos que tengo cuando tenía tres años, pero hay uno que tengo muy presente. En alguna ocasión deje algo de comida en mi plato y ahí entró el sermón materno: “¿Cuántos niños hambrientos en África desean esa comida que estás desperdiciando?”, práctica manipuladora muy común en las madres latinas.

            Con el sentimiento de culpabilidad inducida (como si yo hubiese sido el causante de la hambruna africana), me acabe el sobrante sin hambre alguna. Esto se quedo tatuado en mi modus vivendi ya que nunca dejo algún sobrante en mi plato y, mi necesidad/culpabilidad llega a ser tanta, que si hay suficiente confianza, también me como lo que sobra en los platos de mis acompañantes.

            Ciertamente el comentario de mi madre fue inofensivo (para ella), pero caló tan hondo en mi inconsciente que repercutió de dos maneras: Lo positivo del asunto es que se me quedo una cultura de no desperdiciar nada, así sea agua, luz, gasolina, gas (que no uso) y trato de ahorrar en todo lo que se pueda, lo cual ha resultado muy provechoso para cuestiones económicas y ecológicas. Lo negativo se presentó en la comida, porque aprendí a comer sin hambre, por lo que fui gordo durante tres décadas, incluso llegue a pesar 103 kilos alrededor de los 27 años. Hasta hace poco me hice consciente de este comportamiento y ahora trato de no comer sin hambre, aunque no siempre lo logro.

Es curioso cuando enfrentas tus “dogmas familiares” con los del resto. Cuando veo personas que dejan sobras en los platos, me parece algo grosero, ruin e incorrecto. Pero, contrario a mi creencia, a muchos se les enseña que dejar el plato vacío es muestra de miseria y mala educación, ya que están mostrando que son unos muertos de hambre; pero para mí no deja de ser una práctica inconsciente por el desperdicio.

            La Música es un detalle de esa época que valoro en la actualidad. En mi casa nunca escuche canciones de Dyango, Napoleón, Raphael, Nelson Ned y artistas pop de los 70s que muchos podrán respetar. Escuchaba algo de música tropical, pero en realidad predominaba el Rock en inglés como los Rolling Stones, The Beatles, The Turtles y demás antigüedades de alta calidad. También fui afortunado por conocer las obras de Mozart, Bach, Beethoven y demás, todo esto por parte de mi papá; mi mamá fue la que puso el granito de arena con melodías en español pero, por fortuna, la influencia musical paterna fue mayor y puso las bases para lo que me iba a gustar en la actualidad.


Mi rumbo fue fijado, y me alegro que así haya sido, porque disfruto más la música en inglés que en español, sin demeritar mi idioma de origen. Sé que mis padres no planearon qué tipo de música me debía gustar, y es que hoy en día se planean tantas cosas con los niños que así podría parecer. Aunque sus gustos musicales me forjaron los actuales, en ningún momento me obligaron a escucharla.

            Otro aspecto que agradezco profundamente es la ideología política tan versátil que recibí. Personalmente detesto la política, pero eso no quiere decir que no esté enterado de lo que pasa y las tendencias actuales. Desde mi niñez leía “Selecciones de Reader’s Digest”, revista que defendía a morir el “American Way of living” pero también leíamos la revista “Contenido” la cual tenía claras tendencias de izquierda y hasta comunistas. Cada mes devoraba ambas publicaciones, que eran distintas hasta en los chistes, pero me gustaba leerlas. No sabía nada de tendencias, sabía que eran diferentes pero eso no excluía que le diera preferencia a una sobre la otra.

Mi madre era activista política en el Sindicato de su Escuela y mi papá, al ser ejecutivo en una empresa de autopartes, tenía una visión más capitalista. Así me tocó conocer cercanamente dos ideologías políticas: Socialismo y Capitalismo. Para mí, la política el segundo invento más inútil y dañino de la humanidad (detrás de la religión), pero aún así tengo mi ideología, misma que sorprende a muchos porque tengo muchas ideas de izquierda y puedo votar por la derecha; y es que he aprendido a elegir a la persona, no al partido.

            "Dar el ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera"– Albert Einstein

            El que no se me heredara ningún equipo ó afición en mi niñez me alegra profundamente. Mi papá es aficionado de los Pittsburgh Steelers, pero esto lo supe tres o cuatro años después de que escogí a mi equipo, los Miami Dolphins, así que nunca me vi influenciado: me dejó elegir en vez de imponerme sus gustos, como hacen muchos con sus hijos. Seguramente me hubiera llevado menos frustraciones siendo fanático de los Acereros (ya hubiera atestiguado un par de victorias en Super Bowl) pero soy feliz siendo fan de Miami (no me pregunten por qué, sé que es inconcebible). Tampoco había gusto por el Soccer en mi hogar, así que por mi cuenta encontré la afición por el mismo y escogí a mi propio equipo: El Cruz Azul, aunque con el tiempo acabe renunciando a esa afición. Ese libre albedrío lo agradezco mucho, porque me dieron el suficiente respeto y libertad para escoger lo que quisiera y no seguir caminos predispuestos.

La calidad de opciones culturales con las que me educaron, definió la manera de percibir la existencia propia. Durante la primaria, jugué en un equipo de fútbol, cuyo entrenador era mi vecino; éste invitaba, esporádicamente, a todo el equipo a su casa para ver películas. El problema es que nos ponía cine mexicano corriente, lleno de violencia, prostitución, corrupción, groserías, narcotráfico, asesinatos y demás vejaciones que, actualmente, siguen existiendo pero, de igual forma, también tenemos cosas buenas que no se reflejaban en dichas películas.

A diferencia del mexicano promedio, nunca vi cine nacional. En mi casa se privilegiaban los filmes extranjeros y, en la medida de lo posible, de alta calidad tanto en la obra como en su mensaje. Por eso mismo me desagradaban las películas en casa del entrenador así que, después de un par de funciones, deje de asistir. Debido al gusto que desarrolle por el cine importado, también me hice de una visión distinta de la realidad y, definitivamente creo que eso ha influenciado mi manera de vivir.

No voy a decir que no he tenido problemas, porque mentiría, pero nunca he experimentado toda esa miseria que muchos mexicanos se empeñan en ver, vivir y promocionar día a día; y seriamente dudo que mi vida vaya a tornarse así de nefasta. Si uno quiere percibir sus días como feos o con miedo, pues así serán. El mundo no es color de rosa, pero no nos programemos en vivir en un infierno dantesco. No gozarás de una gran vida sólo por percibirla de manera positiva, pero tendrás más posibilidades de obtenerla; lo que sí  es seguro que si la percibes de manera negativa, tu existencia así será.

No todo lo recibido en mi casa fue positivo, pero tampoco aprendí los aspectos más nocivos como alcoholismo, misoginia, infidelidad o neurosis (bueno, ésta sí la recibí en una versión más ligera). Uno recibe mucho en su hogar, tanto bueno como malo, pero llega una edad dónde uno puede decidir con qué quedarse y qué desechar.

Afortunadamente lo valioso que aprendí fue mucho mayor a lo no tan productivo, lo cual definió mi personalidad y lo agradezco. Obviamente no salí tan “limpio” de casa, pero he ido quitándome de encima esas cargas emocionales, gracias a terapia. Eso ya dependía de mí, no de ellos, porque la educación es una, no se puede recibir lo bueno sin lo malo, pero después es posible deshacernos del lastre inicial.

Recibí valores católicos muy fuertes, los cuales agradezco porque me dieron sólidas bases morales, a pesar de que la Iglesia no practique lo que predica. Mi madre es ultramocha, casi al nivel de mi difunta abuela, ambas rayando en límites de fanatismo religioso; pero el amor por mí fue más grande que su fe ciega, porque recibí libertad en mis creencias. Se me permitió pensar, sin darme dogmas incuestionables, por lo mismo fui encontrando mis propias verdades, con lo que abandone la religión. A mi madre no le agradó mi decisión pero la respetó. Ésa es una de las más grandes pruebas de amor: cuando uno de tus hijos va en contra de lo que has creído toda la vida, y lo respetas, amas y apoyas. Eso se lo reconozco profundamente por ser muy civilizada y amorosa.

Mis padres me enseñaron muchas cosas que ellos nunca pudieron llevar a cabo y, afortunadamente, sus enseñanzas germinaron en la tierra fértil. Muchas veces pequé de ingrato, por remarcarles aquello que ellos no son y que me enseñaron que yo sí debía ser. Eso fue injusto pero, por fortuna, aprendí a agradecerles lo que mucho que recibí en vez de reprocharles sus carencias.

Por lo mismo no obstaculizaron mi desarrollo, en la actualidad veo a muchos que minimizan a sus hijos directamente y en público, lo cual traerá seguramente problemas en la edad adulta. De niño nunca tuve duda en que iba a tener una buena vida, un buen trabajo, una buena casa y, en general, paz; no utilizo la palabra “triunfar” porque es muy subjetiva, ya que cada cual le asigna un significado distinto, sólo puedo decir que mi existencia es buena.

Muchos de mis conocidos me echaban en cara que no viajaba mucho, teniendo la posibilidad para hacerlo. Independientemente que mi esencia es muy tranquila, he analizado que en mi familia no había cultura por viajar. Cada fin de semana salíamos a pasear, pero nuestra cartera de opciones era bastante limitada (no sé si por falta de imaginación, de ganas o de recursos), pero nadie se quejaba al respecto. Para las vacaciones, Veracruz era el destino predeterminado, y a nadie le molestaba, porque la emoción era siempre alta. Nunca fuimos una familia viajera, en realidad éramos bastante caseros, ya que nos la pasábamos bien en el hogar.

Ese modus vivendi se me quedó tatuado en el inconsciente. Cuando tengo días libres me la pasó muy a gusto leyendo, escribiendo, haciendo ejercicio o viendo películas; o salgo por la ciudad a hacer distintas actividades sin la necesidad de dejarla. A pesar de mi falta de hambre inicial por viajar, los últimos tres años he viajado más que en los 32 años anteriores, y aún así he viajado poco. Sin embargo, ahora que he empezado a conocer otros lares, tengo la certeza que en los meses venideros voy a viajar aún más, de los cuales leerán en su momento en el blog.

Uno no es consciente de esos aprendizajes que va adoptando en la niñez, para mí viajar era un simple adorno para la vida, nunca vital, hasta pasados los 30 años me dí cuenta que era más importante de lo que me enseñaron, porque ahora comprendo que el hacerlo ilustra tanto como leer o inclusive más.

Mi madre tenía la preocupación de dejarme alguna herencia material, por lo que pretendía poner algún terreno a mi nombre y colocarme como beneficiario de una parte de su casa. Ante esta postura le deje muy en claro “¡No quiero ninguna herencia material!” y es que ya había recibido el mejor legado posible: las bases que han valido mi independencia. He vivido en carne propia el dicho “Enséñales a pescar en vez de darles el pescado”, me enseñaron a pescar de buena manera, no infalible, ya que he ido limando algunas imperfecciones que me heredaron de generaciones anteriores, pero las bases que recibí fueron lo más valioso.

Tal vez mis padres pudieron haber hecho un mejor trabajo con mi educación pero, también es cierto, pudieron hacer uno peor. En términos generales, me dieron lo que necesitaba para desarrollar lo que traía en mi ser, y eso lo agradezco mucho. No podría ser quién soy sin la guía que recibí, tanto en lo bueno como en lo malo.

Hebert Gutiérrez Morales

3 comentarios:

Arturo Guillén dijo...

Hola Hebert,

me gusto tu escrito y lo mejor es que al final sólo hay que darles gracias por todo lo que nos dieron. Ahora que estoy lejos de casa, extranio a mis padres de una forma amorosa, porque me he dado cuenta de lo mucho que ellos influenciaron en mí para poder ir logrando los objetivos que me he propuesto.
Gracias por regalarnos tus opiniones, vivencias y experiencias cada semana.
Te mando un abrazo

Qcho dijo...

Mi estimado Heberto:
Antes tenía seis teorías sobre el modo de educar a los niños. Ahora tengo seis hijos y ninguna teoría - Lord Rocheste.
En un sentido natural venimos a este mundo a reproducirnos y hasta hace algunos años, gobiernos y religiones era lo que promovían, posterior ya hicieron campañas de concientización de que una familia pequeña vive mejor y ciertamente, las condiciones humanas han mejorado en muchos aspectos, pero ha decaído en otras tantas.
Desde un punto más personal no sé qué sería de mi si decidiera tener un hijo, debo decir que no me aterra y que emocionalmente podría sentirme preparado para enfrentar algo así, pero claro, todo cambia en el momento de vivirlo, a lo largo de varios años he convivido con muchos niños, hijos de amigos y amigas, también mis sobrinos, los cuales me han tomado con mucho cariño y pues he tratado de ser reciproco con el asunto, pero no es lo mismo pues al final del día cada uno se va a sus respectivas casas.
Que bien, ya sabes que dicen que no es padre el que engendra si no el que educa, en esa parte yo la viví con mis sobrinos que estaban en casa, lo cual también me deja muchas inquietudes, conmigo mis papas solían ser muy severos en muchas cuestiones que con sus nietos no las tienen, en varias ocasiones si hecho una especie de reproche de esas nuevas actitudes, pero, al final no me responden nada o solo, no tuviste abuela. Y ciertamente, no conviví de ninguna manera con mis abuelos, nuestro contacto era meramente mínimo o nulo.
Realmente lo que escribes me hace recordar muchas cosas de mi infancia o de mi pasado y del cómo influye, seguramente a muchos de tus lectores entran en la misma situación, nadie aprende directamente el cómo educar a un hijo, hay quienes tienen desde su misma esencia ese tacto para tratar a un niño.
De antemano hay que estar agradecido por lo enseñado en casa y del como tomamos todo eso para llevarlo en la vida…
No existe un hombre totalmente inútil; en último caso, sirve como mal ejemplo - Wilson Sánchez.

varelad1 dijo...

Excelente escrito Hebert, además de muy ad hoc con los últimos años que estoy viviendo desde que me convertí en padre de una hermosa nena.
Ahora que veo a mi Padre y que recuerdo todo lo que hacía por mí, le estoy más agradecido que nunca por todo lo que me dió y se lo digo cada vez que puedo. Y en el caso de mi Madre (qepd), por fortuna siempre le agradecí y le reconocí en vida todo lo que hizo por mí y por mis hermanos.
Definitivamente no es una tarea fácil la educación de un niño, no hay fórmulas, ni teorías, ni métodos o reglas claras. Pero de lo que sí estoy seguro es que la fórmula está en el amor y en el sentido común.
El tiempo y mi hija Danitza me dirán qué tan bien o tan mal lo hice, pero me siento muy confiado en que estoy haciendo y haré sólo lo mejor para ella.
Finalmente, estoy seguro de que tú serías un excelente padre, ya que tienes una consciencia muy clara y objetiva del mundo, aunado a tu preparación emocional, física e intelectual.
Y si la vida no te depara convertirte en padre biológico, ojala te dé la oportunidad de ser un padre o mentor para alguien más, al menos en una faceta de su vida que le deje una marca indeleble de ti.
Un abrazo,

Daniel