viernes, 8 de marzo de 2013

Miedo (Parte II de la No-Trilogía)

¿Cuándo nace el miedo? ¿Cuándo lo conocemos? Tal vez en el momento en que notamos que somos vulnerables, cuando algo nos lastima o hiere y, por ende, nos causa dolor, es cuando anida el miedo en nuestro ser.

            Es factible que también lo conozcamos cuando nos damos cuenta que nuestros padres no son lo omnipotentes ni omnipresentes que creíamos y, lo que es peor, que son humanos igual de comunes y corrientes que nosotros. Supimos que había peligros que ni ellos podían evitar y de los cuales no nos podían proteger y sólo podían consolarnos en nuestro dolor.

El miedo es la fuerza más poderosa de la humanidad, aunque muchos románticos quisieran pensar que es el amor, no es así. Hasta el mismo amor sucumbe al miedo de perder a ese ser querido que nos hace sentir tan bien. Por otro lado, el miedo de no estar al lado de la amada nos impulsa a conquistarla.

“Que te sea fácil tener el valor de hacerlo, no demerita el valor que tienes para hacerlo” – Ana Brindis

Cuando me rape, muchos expresaron su admiración por el valor requerido. No compartí su sentimiento porque me resultó fácil, aunque admito que no cualquiera se anima a hacerlo. Para mí, lo que en verdad requiere valor es hablarle a una desconocida que me gusta, lo cual es muy natural en mucha gente. Ha de haber más gente que le hable a una desconocida que quien se anima a raparse, pero eso no me ayuda.

Por ejemplo, llevo más de seis años bailando Salsa y, sin ser un profesional, creo que me defiendo bien pero, todavía me da miedo sacar a bailar a desconocidas. Es increíble que se me facilita más el subirme a una montaña rusa, hacer rafting, correr a solas en la madrugada o viajar solo al extranjero en lugar de sacar a una extraña a bailar, pareciera que me fuera a morir. Me resulta frustrante el verlas tan atractivas, que me encantan, pero es más grande el miedo de acercarme.

Obviamente no ayudan las mamonas que me rechazan cuando las invito a bailar, porque sólo creen que merecen ser bailadas por profesionales u hombres muy atractivos. Claro, no tienen ninguna obligación de decirme que sí pero, esos pequeños rechazos, reviven los que experimente al momento de relacionarme en la adolescencia y quede traumatizado.

El miedo sirve como mecanismo de protección, superviviencia y defensa porque, de no tenerlo, nuestra mortandad sería tan alta que nunca llegaríamos a los 20 años, al hacer todas las imprudencias que quisiéramos y, eventualmente, acabaríamos muertos.

Es muy útil si aprendemos de él, lo malo es que muchos (como yo), lo llevamos a niveles enfermizos. Tratamos de evitar el dolor y sufrimiento en la mayor medida posible y no entendemos que para vivir tenemos que experimentar, forzosamente, algo doloroso (no como los masoquistas para los cuales vida es dolor el 100% de las veces).

Estar vivo es estar expuesto a lo positivo y a lo negativo. El miedo nos protege de muchos peligros pero, dependiendo del nivel, también tiende a privarnos de muchas experiencias buenas. ¿A qué se vino a esta vida? A aprender y a experimentar, si vivimos con miedo, es como no vivir, y en eso muchos caemos.

No temo morir, ni a perder a algún ser querido, es más, aunque en un inicio me sentiría desamparado, ni siquiera temo quedar desempleado. Tengo dos miedos imponentes en la vida: A quedarme inválido o incompleto (siempre preferiré la muerte) y el otro asunto al que le tengo TERROR es a relacionarme nuevamente.

El origen de todo ese miedo es provocado por experiencias previas. Ese pavor de volver a sentir la incertidumbre de “¿Le gusto?” “¿Me gusta?” “¿Podré iniciar algo?”. Honestamente estoy cansado de eso, sobretodo cuando he llevado una existencia tan tranquila estando solo y, en gran parte, es por ahorrarme todo ese desgaste moral y sentimental de buscar a una mujer.

“Es evidente que necesita amor, pero es incapaz de recibirlo” - Douglas Kennedy (“El momento en que todo cambió”)

A lo largo de los últimos años he argumentado muchas razones para no relacionarme: el status social, la manera de percibir la vida, la educación, el físico, el que no sepan bailar, los valores, aspectos personales y demás. En realidad todos son viles pretextos, sofisticadamente estructurados pero, a fin de cuentas, pretextos. Estos están justificados al ahorrarme toda esa incertidumbre de “Ojalá me digan que sí” “Espero que me acepte”. Obviamente a uno no le faltan al respeto a menos que lo permita o, como fue mi caso en muchas ocasiones, hasta se les invite a hacerlo.

Muchos me dicen “siempre hay un roto para un descosido”, “Hay muchos peces en el mar”, “Siempre hay alguien para uno” y demás. Como ya explique en otro ensayo, no me quejo de mi vida, porque tengo una muy buena y estoy feliz con lo alcanzado hasta el momento. Reconozco tener una grave deficiencia para vincularme a pesar de tener la mesa puesta para emparejarme, casi casi, con la mujer que quiera, pero no sé cómo abordarlas.

Este y todos los escritos que he publicado al respecto es para justificar un simple hecho: Tengo miedo. No quiero ser lastimado, me aterra volver a enamorarme y no ser correspondido. Muchos me dicen que es el obstáculo a superar como pago para ser amado. A pesar de ser divorciado (me case por razones equivocadas y, por qué no decirlo, hasta enfermizas), nunca he sido correspondido de manera auténtica, honesta o limpia. Obviamente la responsabilidad es mía por hacer o no hacer algo en el conato de relación, así que no me tomen como víctima porque acepto mi (gran) parte del pastel.

Es muy chistoso cómo trabaja el miedo, en mí ha llegado a tales límites que, por lo menos, en un par de ocasiones he sido capaz de comportarme como un barbaján con mujeres dispuestas a estar conmigo. Al verlas tan decididas tengo que adoptar una máscara de patán y de esa manera las ahuyento, ciertamente no es mi naturaleza o mi esencia, pero soy capaz de asumirla temporalmente por el miedo a que me saquen de mi zona de confort sentimental. Tal vez debería preocuparme o darme tristeza y, de una manera cínica, me da risa mi comportamiento, sobretodo por lo patético que puedo ser debido al miedo.

Sonaré mamón, pero soy invitado a salir con relativa frecuencia, y rechazó a la mayoría porque no me interesan. Esto trae el reclamo de mis seres cercanos, ya que debería salir y conocer gente nueva. Sin embargo, y creo que esta parte mía no está mal: “Estoy de acuerdo en que debo de salir, pero no voy a hacerlo con alguien que no me atrae o llama la atención”. Para que salga con alguien debe, por lo menos, haber algo que me guste, atraiga o parezca interesante (físico, inteligencia, calidad moral, sentido del humor, amistad, profundidad filosófica, etc.) Creo que esta parte de mi miedo es decente y productiva, porque no le voy a decir que sí a cualquiera que me invite (ya pasó una vez y el resultado fue desastroso)

Sé en qué momento surgió ese miedo por relacionarme: viví un gran amor (no pongo “vivimos” porque no puedo escribir por ella) y al terminar el mismo, me enrede en una relación que no debía ser, como lo fue mi matrimonio fallido. A partir de entonces perdí toda la confianza para relacionarme, y es que no puedo concebir que haya caído tan bajo. Peor aún, fui sometido por una persona con la cual no me hubiera relacionado en condiciones normales.

La vida se compone de experiencias, uno debe de aprender de sus errores y que al caerse uno debe aprender a levantarse y todo lo que ustedes quieran, esas son las reglas para todos. Es posible que sea un fracasado sentimental por dejarme derrotar, cuando todos han vivido algo similar por lo menos una vez. Por alguna razón, no he querido salir de esta situación, tal vez porque he aprendido a amarla, por la identidad que me da.

Un par de rechazos en verdad me dolieron mucho, al grado de dejarme marcado profundamente. Todo el mundo me habla de lo maravilloso de amar y ser amado. Sé lo que es amar, pero nunca he sido correspondido. Mi concepto de amar lo confundí con dar todo lo que tenía y anularme como ser, para darme como sacrificio en vida como muestra de mi amor. Obviamente eso no era amor pero duele bastante.

“Existe un mundo allá afuera en espera de ser descubierto, lleno de posibilidades de nuevas vivencias, el problema es que nunca me he caracterizado por mi espíritu aventurero” – Hebert Gutiérrez Morales.

Al pagar el precio (el dolor) y no recibir el premio (el amor), no puedo ser culpado por temer, ya que mi existencia no ha conocido el éxito en ese rubro. Cuando estoy en un amago de relación, no lo voy a negar, no tengo alguna expectativa del éxito ¿por qué tendría que haberla? En realidad me mentalizo para que no me afecte tanto cuando no se dé (patético pero honesto).

Hablando de manera objetiva, es una auténtica desgracia que para todo lo que he desarrollado en mi interior, incluyendo mis cualidades innatas, esté solo. Esa misma consciencia de todo lo que tengo por ofrecer, me motiva a buscar una relación aunque, en el fondo, nunca es mi intención real, por eso mismo nunca se logran. Es una pelea entre el “bien” y el “mal”, con una paridad de fuerzas increíble, misma pelea que se da entre mi egolatría y mi miedo. Obviamente, desde ninguno de dichos aspectos es sano relacionarse. En muchas facetas he logrado una estabilidad y dignidad envidiables, sin embargo, no todo podía ser perfecto, y tal vez por eso me dificulto a mí mismo el relacionarme.

Como humanos nos acostumbramos a todo, incluyendo la soledad, sin importar la naturaleza gregaria. Afirmo esto debido a que, después de tantos años viviendo solo, ya se me olvido cómo es la vida en pareja, aunque tampoco fue mucha. Sin embargo, lo poco que aprendí, parece que lo he olvidado, y eso agranda mi zona de confort al ser dueño de mi espacio, mi tiempo, mis recursos y mi tranquilidad emocional. Obviamente me preocupo por mis seres queridos, pero no es lo mismo que tener a alguien tan importante e íntimo como lo podría ser una fémina a mi lado.

Honestamente no me gusta ser rechazado, ¿a quién sí?, por eso ya no lo intento ¿patético? Cierto, pero no es algo que esté inventando, es un miedo auténtico el cual siento. Sé que está mal que me paralice, pero no por ello dejo de sentirlo a flor de piel.

Nunca he tenido miedo de morir pero, sólo una bendita vez en mi méndiga existencia, me gustaría tener el valor de vivir. Por una vez quisiera dejar de ser un excelente juez, un espectador con ojo crítico perfecto; en vez de eso quiero ser un actor, tal vez uno mediocre pero, a fin de cuentas, estar en escena actuando, viviendo y ser parte de la obra. Cualquier actor de la vida, por más mediocre que sea, vale más que el mejor de los críticos, el cual no tiene el valor de subir a escena.

Para saber lo que siente otra persona, hay que atreverse a calzar sus zapatos, así que ya supe lo que veían el resto de mujeres cuando captaban mi inseguridad. Por el miedo que he experimentado hacia ellas quedo como cobarde antes sus ojos (y con justa razón). Mi pavor es tal como si me fueran a morder o a hacerme un daño irreversible, por eso las acabo ahuyentando, sin importar el gran interés inicial que hayan mostrado.

Sin importar cuánto se interese una persona por otra, si uno muestra miedo, eventualmente se “huele” y es un gran desmotivador para cualquiera, porque uno acaba dando hueva. El año pasado estaba pretendiendo a una chica, la cual me decía “sí” cada vez que la invitaba a salir pero, a la hora de vernos, siempre acababa cancelándome por varios motivos.

“No le dé vergüenza tener miedo. Tenerlo es señal de sentido común. Los únicos que no tienen miedo de nada son los tontos de remate” – Carlos Ruiz Zafón (“El Juego del Ángel”)

Por primera vez ví dos cosas desconocidas en la mirada de una mujer: anhelo y miedo. Era obvio que le gustaba a la chica (tal vez más de lo que ella a mí), pero era más notorio el terror que me tenía por lo mismo.

Me resultó halagador me temiera, estaba enternecido: por primera vez estaba del otro lado de la situación y tenía la plena intención de ser paciente y comprensivo para que se le pasara el miedo pero, también por primera vez, comprendí a todas esas mujeres que me acabaron mandando a la fregada ante tanta indecisión de mi parte. Si alguna de ellas está leyendo esta línea, le ofrezco una disculpa por mi indecisión y cobardía al no responder a sus señales de interés.

Con cada intento, mi comprensión y paciencia se iban convirtiendo en frustración y enojo, y es que llega un punto en donde uno dice “¡Bueno ya! Está bien tener algo de precaución al inicio pero ¿hasta cuándo?”, de hecho deja de importar que notes sus sentimientos en la mirada, deja de ser relevante porque no está dispuesta a avanzar. Me daban ganas de gritarle “¡Maldición! Si sabes que me gustas y sé que te gusto ¿Por qué no salimos de una buena vez?” Por más invitaciones que hacía, simplemente no avanzábamos y las miradas dulces dejaron de importarme, me dieron hueva sin importar que, aún hoy en día, me siga gustando, pero ya no podía desgastarme más.

Para alguien tan cobarde y miedoso al momento de relacionarse resulta muy curioso encontrar a alguien que me temiera a mí. Es algo muy extraño y ridículo el ser temido para alguien que está acostumbrado a temer.

Tengo todo a favor y muy poco en contra, sólo falta que me lo crea. Al momento de escribir esto vuelvo a sentir esa incertidumbre que ya había olvidado, el sentimiento negativo por el temor, y también recordé todas esas ocasiones en que soñaba con algo que nunca se dio, en las cuales propicie y permití que me lastimaran, por eso no confío en las mujeres aunque, en realidad, eso lo digo para ocultar el hecho de que no confío en mí para volverme a relacionar. En los aspectos restantes de mi vida, soy hasta ególatra por la confianza que tengo, al poder sostener lo que digo, pero hay uno en donde no.

Siempre es más fácil culpar a alguien más de los problemas propios, pero no le estoy endilgando a nadie mi incapacidad, aunque muchos años lo hice: las culpaba a ellas por no ver todo lo que valía, cuando debía culparme a mí por no enseñar lo que tenía por ofrecer. Ya no responsabilizo a nadie por algo que provoque. Tengo exactamente la vida que merezco, ni más ni menos, todo lo bueno y malo que tengo y soy, me lo he ganado a pulso y justamente.

“Todos los pasillos llevan a alguna parte. Si hay una entrada, hay una salida. El miedo hiere más que las espadas” – Arya Stark (Juego de Tronos)

Hoy estoy nuevamente enamorado, con una intensidad que no sentía desde hace 11 años. No sé en qué vaya a acabar esta historia, tal vez con el final de siempre o, por única ocasión, vaya a acabar diferente aunque, si sigo con la actitud del pasado, no tengo dudas de cómo va a finalizar. Si me abro a la posibilidad, es probable que pueda ser diferente, o tal vez no, pero eso ya no recaería sólo en mi miedo.

No tengo una razón sólida sobre la cual basarme, pero tengo un presentimiento: Tengo la certeza que no voy a acabar solo, a pesar de que mi estilo de vida demuestra lo contrario. No sé por qué ni cómo, pero sé que voy a acabar en familia, esta afirmación carece de argumento alguno que la sustente, y me alegro de tenerla.

Hebert Gutiérrez Morales.

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