jueves, 25 de abril de 2013

El mejor amigo

           16:15 hrs. Me encuentro mentando madres por temas políticos laborales que tenemos con Alemania, de pronto, suena mi celular, lo cual llama mi atención. Veo la pantalla y el rostro se me ilumina de alegría ¡Es ella! ¡Y me está hablando! Contesto y mi mundo se torna de pronto perfecto: a pesar de que está muy ocupada, ¡quiere que vayamos al cine!

            La felicidad me invade, una sonrisa se desborda de mi rostro y no puedo evitar simplemente ser feliz, por unos breves momentos pienso que la felicidad en la vida existe y que, en realidad, el mundo no es un lugar tan malo después de todo. Así que procedo a cancelar lo que tenía para la tarde y noche para dedicarle todo el tiempo a ella.

            Desde que la veo todo es perfecto, me regala una alegría (además de todas las que me ha dado con su presencia, también me da un dulce con dicho nombre) y platicamos amenamente.

            La película es excelente, la cena es aún mejor y su compañía es simplemente perfecta, me pregunto si alguna vez en mi vida he sido tan feliz como en aquellas horas a su lado.

            La llevo a su casa y seguimos platicando, charlamos sobre el duelo que tiene que resolver para superar a su pareja de seis años. Todo va de maravilla, sus ojos son simplemente hermosos, su sonrisa es perfecta y su simple existencia me hace cuestionarme qué he hecho para merecer tanto. Y de pronto ¡Lo echo todo a perder!

            Hemos platicado tan a gusto, tan honestamente y, según mi maldita imaginación, juraba ver un brillo en sus ojos que me parecía que era amor, pero en realidad era mi propio sentimiento reflejado a través de su hermosa mirada.

            Me dice “Quiero limpiar esto para el día que inicie otra relación lo haga de manera pura y que sea productiva” y ahí viene el bocón de Hebert, presa de los anhelos, de los sueños y de esas estúpidas esperanzas que me había jurado no volver a tener y que nuevamente invadieron mi vida.

            Le digo que quiero acompañarla en su proceso de sanación, quiero que viva ese duelo porque me gusta mucho, me interesa bastante conocerla y que ella me conozca. De pronto se pone a llorar, y no entiendo la razón.

            Palabras más, palabras menos, me dice que me aprecia mucho . . . . . como amigo. Y todo acabó.

            Dice Oscar Wilde que ninguna amistad auténtica es posible entre un hombre y una mujer, pero soy la excepción que rompe esa infalible regla. Al recaer casi toda la educación familiar en mi madre, más la sensibilidad extrema que herede de mi padre, resulta que la mayoría de mis amistades auténticas son mujeres.

            ¡Vaya! ¡Qué afortunado soy! ¡Puedo ser amigo autentico de mujeres! Les inspiro confianza sin tener que ser gay, por lo que me abren su corazón de manera segura porque saben que no me voy a aprovechar de ello.

            Le pregunto a mi amada si no se había dado cuenta de mis intenciones, que para mí resultaban bastante obvias, pero me responde que no lo había notado. A partir de ese momento mi vida pierde el sentido recién encontrado. Porque además de ser el amigo, mi recriminación es doble: traicione su confianza, ella lloraba por la decepción de ver que la escuchaba porque me le quería acercar, no por ser amigos.

            Durante los últimos dos meses había encontrado una razón para vivir, había bajado seis kilos, mi angustia por comer se había reducido considerablemente, de hecho estaba controlando bien mis comidas, mi característica misantropía se había casi esfumado, ya no consumía ni la décima parte de los chicles o el café que normalmente consumo, además de que en este tiempo le había escrito siete ensayos exclusivamente a ella (con este van a quedar en ocho).

Sin embargo, también dormía menos, ya no tenía ganas de escribir sobre otros temas (de hecho los últimos ensayos fueron escritos en el mismo día de su publicación, contrario a mi costumbre de prepararlos por lo menos con una semana), además de que muchas personas me decían que me sentían cambiado y un poco distante.

El amigo, ¡qué maravilla! Siempre se me ve como el amigo fiel y sincero.


¿De qué me sirve todo lo que he trabajado personalmente? ¿Todo lo que he leído? ¿Todo lo que practico a diario en interacción personal? Para ser el amigo. ¿Saben? Es muy frustrante.

Llego a la casa e intentó concebir el sueño entre lágrimas, ¡imposible! Tengo demasiadas ideas pululando en mi cabeza y una mezcla de indignación, sufrimiento y frustración en el pecho. Me digo a mí mismo que debo reagruparme, que debo recuperarme pronto para seguir adelante ¿Adelante? ¿Hacia dónde? ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene?

No quiero hablar con nadie, no quiero que amanezca, sólo quiero desahogarme a través de esta pantalla impersonal, a través de este escrito que va a ser el último que voy a publicar en mucho tiempo.

El amigo ¡Que afortunado soy!

Todo carece de sentido, es increíble que hace 11 horas mi vida parecía perfecta y ahora yace vacía a mi lado. Lo único que quiero es entregarme al sufrimiento y llorar desconsoladamente, quiero revolcarme en un charco de forma patética, ahogarme en todas esas “lindas” características que me hacen ser “un buen amigo” . . . . . pero no puedo.

            Ayer, que de hecho ya es anteayer, cuando la deje en la puerta de su casa y nos abrazamos de despedida me dijo “¡Muchas gracias Hebert! ¡Eres muy lindo conmigo!” Ésa maldita palabra fue la que encendió mi alarma interna: “lindo”, es una palabra que he escuchado muchas veces en mi vida y sé que connotación trae. No tengo mucha experiencia en relaciones sentimentales pero nunca he escuchado que alguna mujer le diga a su pareja “Lindo”.

Por ese motivo no me arrepiento de lo que hice. Llevamos poco tiempo viéndonos y ya me estaba viendo como amigo. Si he de sufrir por ser el amigo, prefiero que el infierno se desate desde ya, y no invertir meses en una conclusión a la que ya debería estar acostumbrado “Te veo como amigo”.

No culpo a nadie, tal vez es mi karma. Muchas veces lo he dicho en broma, pero ahora sí lo voy a decir en serio ¿Por qué no fui un cabrón como el resto de los hombres? ¿Por qué me tocó ser el buen chico? Sin embargo, ésa es mi esencia, “El amigo”.

No quiero ir a trabajar, no por el trabajo en sí, sino porque no quiero platicar con ninguna de mis amigas, ¡CON NINGUNA! No quiero experimentar ni su lástima ni su empatía, no quiero que me cuestionen nada, no quiero enfrentar la humillación de explicar que la mujer por la cual doy la vida sólo me ve como amigo, es algo que no puedo soportar.

Algo que tengo muy claro en este momento es que dentro de 16 horas voy a ir a mi última clase de Salsa, y eso porque quede de llevarla a su casa al terminar la misma. ¿Qué le voy a decir? Tengo la intención de darle los 8 escritos que le he dedicado pero ¿Para qué? ¿Tiene sentido? Trato de buscar una respuesta de la cual carezco.

Tal vez es mi ego, tal vez necesito que ella sepa toda la intensidad que me hizo sentir, tal vez es un regalo para mí mismo, por lo menos la persona a la cual se los dedique los conocerá y tal vez piense que estaba loco, tal vez que era un apasionado obsesivo o tal vez, y sólo tal vez, sean un bonito recuerdo que algún día les pueda enseñar a sus nietos.

El amigo, ¡qué suerte la mía!

Me siento desorientado, me siento vacío, me siento muy triste.

Volteo y veo mi celular de tercer mundo. Este Viernes iba a comprarme un Smartphone, porque quería el Whatsapp para comunicarme con ella, ya que mis mensajes de texto no le llegaban. Yo que estoy totalmente en contra de los Smartphones por esa estúpida adicción que causan, iba comprarme uno de los mejores. Tal vez es mejor que me enterara de una vez hoy, así ahorré dinero y lo puedo invertir en algún viaje.

¡Qué estúpido me siento! Le decía que cada vez que fuésemos a algún lugar por primera vez yo iba a pagar la cuenta y que después íbamos a ir en proporciones justas. Le decía de ir al teatro, de ir al cine, de ir a comer y, según yo, mis intenciones eran obvias. Tal vez mi esencia tan “amistosa” borra cualquier intención que pueda expresar, por más obvia que sea.

Sé que estoy herido en estos momentos, pero ya no quiero tener más amigas. Tal vez mantenga a un par, a las más valiosas, pero ya no quiero más amistades femeninas, ya no quiero ser el “mejor amigo” de nadie.

En momentos así corroboro que soy plenamente agnóstico, o ateo para los menos ilustrados, porque no apelo a la misericordia de un ser magnifico en el cual no creo. Aunque sus seguidores me dirán que esto es un castigo por mi falta de fe, en realidad no importa. No necesito tenerle fe a un ser fantástico, con la fe que le tenía a una maravillosa mujer era más que suficiente.

¿Por qué no puedo revolcarme en mi sufrimiento como hacía antes? ¿Qué demonios hago aquí escribiendo en lugar de sentir lástima por mí mismo? ¡Ah! Es el producto de tanto trabajo personal que me impide caer en viejas costumbres que, aunque sé que son dañinas, en verdad las extraño en estos momentos.

En fin, como puse en otro escrito, no puedo controlarla, no puedo hacer que sienta o piense de cierta manera, no puedo quitarle esa imagen que tiene de mí como “amigo” y sustituirla por la de “pareja”.

Sólo me queda agradecerle por haber nacido y por coincidir brevemente en mi vida. Por permitirme vivir una ilusión que pensé que no iba a volver a experimentar, porque me permitiera volver a sentirme como un humano común y corriente con derecho a enamorarse. Y le agradezco sobretodo hoy (o mejor dicho ayer), en que me regalo una llamada y lleno mi mundo de mágicas fantasías que ahora tendrán que regresar a su baúl, de donde nunca debieron haber salido.

No me arrepiento de conocerla, en verdad estoy muy feliz por haberla visto, por ver que existía. Ahora sólo me queda encontrar la brújula nuevamente aunque no me importa mucho a dónde lleve.


Lo único que me parece injusto de la vida es que los “amigos” no podamos ser vistos como algo más, eso en verdad me encabrona. Tal vez sea algo que debo aprender a aceptar.

Hebert Gutiérrez Morales.

No hay comentarios: