viernes, 26 de abril de 2013

Impaciencia por el amor: Recuerdos y complots.


           “¡Tonto! ¡Tonto! ¡Tonto!” Es lo que me digo a mí mismo cuando empiezo mi recorrido matinal. Me recrimino lo estúpido que fui con el manejo de la situación hace un par de días.

            Después de terminar el escrito anterior, tenía algo de sueño pero opte por irme a trabajar. Llegue muy temprano y saque todos los temas a mi alcance. Le hable a mi jefa y la pedí un par de días vacacionales. Afortunadamente, y a pesar de la premura, accedió a mi petición y me regrese temprano a la casa. ¿La razón? No quería ver a nadie, sabía en qué estado me encontraba y sólo quería a solas.

            Así que después de un día en que me la pase llorando, durmiendo y leyendo, este Viernes opté por salir a correr. Tenía que correr, recordé el día que deje a Osa y Dori con mi madre, en aquella ocasión tenía que correr a solas, porque de lo contrario, no volvería a correr. Ahora pasó algo similar, aunque en estos momentos no le encuentro mucho sentido a la vida, debo obligarme a correr, de lo contrario ya no lo voy a volver a hacer.

            Al ser día laborable, el tráfico está pesado, así que mi ruta se dificulta bastante. Pero, por un momento, una idea surge en mi cabeza: como ella se levanta temprano, es factible que la vea en algún camión, así que en mi camino empiezo a fijarme en todos los transportes públicos, buscando su bella sonrisa, pero no la encuentro y eso me deprime un poco.

            Al transitar por la Recta a Cholula me surgen algunos pensamientos tétricos: “Todos estos monos van enfocados en no llegar tarde a su trabajo, van ensimismados en sus tragedias personales. Sólo sería cuestión de atravesarme corriendo y todo terminaría” Pero sólo es un pensamiento aventurado.

Aunque muchas personas tachan de cobardes a los suicidas, yo los admiro mucho, porque vaya que son necesarios huevos para suicidarse. Hoy los entiendo un poco más, esa sensación de que la vida no tiene sentido, de que sin importar lo que hagas, en realidad nada tiene sentido. Ese sentimiento de desolación y tristeza es un motivador muy potente para quitarse la vida . . . . .  pero no soy así, así que sólo me resta quedarme en este mundo y ver qué puedo lograr.

            Dicen que la vida no te da lo que quieres, sino lo que necesitas. Ayer, justo antes de la que debía ser mi última clase de salsa, tuve sesión con mi terapeuta. Esperaba ser apapachado por mi “desgracia” de ser visto como amigo pero, para mi sorpresa, fue evidenciado mi profundo egoísmo e intolerante radicalidad. “¿O todo o nada? ¿Otra vez lo mismo Hebert? Cualquier relación productiva inicia por la amistad, que es la base para construir juntos” Así que, a pesar de la resistencia natural de mi ego y de mi tonto orgullo, tuve que darle la razón, y me tranquilizó un poco antes de irme a clase de baile.

            Regresemos a la calle, sigo corriendo, pienso en lo que me dijo mi terapeuta “¿Amigos? ¿Pero si sólo somos amigos y encuentra a alguien más? Eso sólo va a incrementar mi sufrimiento. ¿Por qué no acabé todo ayer mismo?” Entonces paso frente a la taquería en la que cenamos hace dos noches después de ir al cine. Por estar concentrado en mis cavilaciones, no había notado que estaba cerca, al darme cuenta me detengo un segundo y recuerdo la grata noche que llevábamos en aquel momento ¡y surgen las primeras lágrimas del día!

            La noche anterior en consulta dije: “Nunca nadie que me interesara me había buscado para ir al cine. Por una vez en mi vida me sentí amado e importante” ¿Por qué no se puede congelar el tiempo? ¿Por qué uno no puede escoger el momento de su muerte? Yo hubiera escogido ese momento para finalizar mi existencia, por ser el más feliz de toda mi vida. Pero así no funciona el mundo así que, con todo y lágrimas, sigo mi camino en espera que nadie se fije en este corredor callejero.

            Ayer, cuando llegue a clase, ya estaba mi amada, tan bella como siempre, ¡y me dedicó una sonrisa! Y por ese breve instante volví a ser muy feliz, a pesar de todo lo que había pasado. La clase transcurrió bien y mi interacción con ella fue muy buena, no notaba dejo de recriminación o enojo.

En la clase mis compañeras notaron que me veía cansado y/o desvelado, por mis notables ojeras. Les dije que no había dormido bien, y con eso se saldó el asunto; a ninguna le pasó por la mente que era por tanto llorar en el día. Cuando acabó la clase le recordé a mi amada que habíamos quedado en que la iba a llevar a su casa, a lo que accedió y mi corazón dio un latido especial de felicidad al ver su sonrisa tímida.

            Volvamos a mi carrera de hoy. Durante Camino Real me empiezo a recriminar y a preguntarme por qué siempre hago lo mismo ¿Por qué me odio tanto? Recuerdo que en Prepa me gustaba una chica llamada Lizzette (se escribía diferente, pero mis principios ortográficos me hacen escribirlo como debería ser). Me traía loquito, así que mis compañeros me llevaron a que me hicieran un nuevo corte, tratando de cambiar mi estilo.

            Al otro día, llegando a clase, todo el salón me admiraba por el corte tipo “Vanilla Ice” diciéndome que me quedaba muy bien. En eso, se acercaba Lizzette con una de nuestras amigas y ésta, en una acción premeditada, me dijo abiertamente: “¡Hebert! ¡Qué guapo! Así ya le puedes dar chance a mi amiga (Lizzette)” a lo que el estúpido de Hebert, en una acto reflejo procedente de ese estigma autoinducido de paria, contestó “¡No! ¿Cómo crees? ¡Zafó!”. Obviamente nadie tomó bien mi comentario, pero no lo noté porque me estaba muriendo por dentro. ¿Por qué dije eso? ¿Acaso no era ése el motivo de mi peinado? ¿Acaso me odio tanto?

            Volvamos al Jueves por la noche, de camino a su casa, hago mi mejor esfuerzo para explicar mi comportamiento, para evidenciar lo mal que me siento, ofreciendo disculpas por lo inoportuno e imprudente que fui y que si ella sólo puede darme una amistad, es lo que voy a tomar. Ella sonríe y me dice que no debo ser tan duro conmigo, además de que sólo se sintió sorprendida, pero no lastimada. Eso me da una gran alivio e ilusamente creo que no perdí nada de puntos con ella . . . . . debo recalcar lo de ilusamente.

            Adelantemos el reloj unas 10 horas, después de recordar el pasaje de Prepa, llego al Baskin Robbins, en donde compramos los helados en nuestra primera cita. Ahora no me detengo, de hecho acelero, y es que las lágrimas vuelven a surgir a montones. Cómo recuerdo aquella vez en la que platicamos durante cinco horas, conocí todos los detalles de su relación de seis años, y parte de su historia familiar.

Aquella ocasión, con los helados en mano, caminamos por el Zócalo de Cholula en un ambiente íntimo y tranquilo de Lunes por la noche. Cómo fui feliz, la falta de sueño al día siguiente era compensada por mi inmensa alegría. Ahora ya no sé si volveremos a comer algún helado y ese pensamiento me intensifica el llanto. ¿Por qué fui tan estúpido? ¿Por qué no acepte lo que me daba en el momento y me puse a exigir más de lo que podía dar?

            Ahí recordé a una amiga del trabajo, misma que estaba medio loca o, mejor dicho, loca y media. Durante mucho tiempo la estuve pretendiendo, pero ella me rechazaba sin el menor tacto, así que aprendí a ser su amigo y nos la pasamos muy bien. Un día, de manera inesperada, nuestra amistad se convirtió en algo más íntimo. Fue una semana de locura, con amor intenso y sin compromisos, salíamos como pareja a todos lados.

Pero tenía que salir mi enemigo interno, ése que siempre sabe cómo actuar para echar a perder las cosas, así que empecé a cuestionar qué éramos. Ella no entendía mi pregunta, “Eso no importa, nos la pasamos bien y punto” me contestó. Nunca entendí que éramos una especie de “Amigovios” y como necesitaba una estúpida etiqueta que nos definiera, ella se alejó al notar mis convencionalismos tan anticuados y nunca más volvimos a hablarnos. Cero y van dos Hebert, cero y van dos.

Volvamos al camino de vuelta al hogar de mi amada, Jueves por la noche. Ella no quería hablar del tema, es más, me decía que pretendiéramos que nunca había ocurrido, pero notaba algo extraño en sus habituales gestos, sabía que había algo que no me estaba diciendo, así que le pregunté al respecto y, tristemente, me acabe dando cuenta hasta dónde habían caído mis bonos.

Al ser una mujer tan atractiva en todos los aspectos, es obvio que le sobran los pretendientes. Y resulta que el buen Hebert no es el primero que le salió con eso de “Te espero hasta que estés lista para relacionarte”, algo que le frustra y enoja hasta el fondo (no era necesario que lo aclarara, alcance a notar el fuego en sus ojos). Ahí me dí cuenta que esto no pintaba bien, porque ella necesitaba un amigo como yo, por algo fluían tan bien las pláticas, y no otro pretendiente “paciente” que va a esperar a que curen sus heridas. Aunque ella lo negó como causa, ahora entiendo las lágrimas de una noche anterior. Por mi hubiera detenido la plática ahí, pero no podía, tenía que sacar todo.

Mientras recuerdo el pasaje anterior, sigo corriendo por detrás de la UDLA, y me encuentro un letrero que anuncia a Jarabe de Palo en un Antro fresón llamado Damtscha (o como sea que se escriba). Normalmente esos letreros no me llaman la atención, pero de inmediato recuerdo que en nuestra cena, antes de que echará a perder todo, le comentaba sobre la gente fresa que iba a esos lugares y se sentían hechas a mano y ella me contestó “¿Cómo se llama ese lugar?” al repetirle el nombre me dijo “¡Ah! ¡Ni idea de dónde este eso!” ¡Ah! Recuerdo que esa respuesta me hizo amarla aún más, ¡es la mujer perfecta! Es la primera que conozco que no le interesan esos lugares fresones . . . . y ¿qué es lo que hago al respecto? ¡Complotearme!

Regresando a la plática crucial que tuvimos ayer. Llegamos a su casa y me empezó a leer la cartilla, aunque de manera amable pero firme: ya no puedo dejarla todas las veces a su casa, debo tomar mi distancia y ya no podemos salir tan seguido, ella uso la expresión “Esporádicamente” ¡Maldición! Me quede con las ganas de preguntar ¿Cuánto es esporádicamente? ¿Cada semana? ¿Cada quince días? ¿Cada mes? Pero sabía que no tenía derecho alguno a preguntar aquello. Además me dejó muy claro que no quiere volver a vivir un pasaje como el que protagonice la noche anterior con mi imprudencia ¡Auch! (Me lo tenía bien ganado, eso y mucho más).

Volvamos a mi corrida, al recordar el pasaje anterior, me vino otro de mis complots pasados. Antes de concluir mi proceso de Divorcio, empecé a salir con otra amiga que es madre soltera. Nos la pasábamos bien los tres (hijo incluido) y parecía que todo iba avanzando, pero no tardaría en aparecer en escena “El Comploteador”.

Un día me dijo que si la podía acompañar a un evento social de alguien del trabajo, en donde nos íbamos a encontrar a un chorro de nuestros compañeros. Cómo aún no estaba finiquitado el divorcio, y a pesar de que el abogado me dijo que no había ningún problema, opté por decirle que no. Ése fue el justo momento donde la posible relación se fue a la borda. Seguimos saliendo mucho tiempo, pero siempre supe que ella no olvidaría el punto en donde mi miedo fue más fuerte que el compromiso que sentía hacia ella, así que un día se consiguió un novio mientras me dejaba (merecidamente) atrás.

Pero volvamos a la escena frente a la casa de mi amada. Con tantas restricciones, ¿qué me impidió despedirme, entregar mis escritos y decirle que ya no iba a regresar a clase? Dentro de tantas cosas que me dijo hubo una que nunca menciono: No vamos a volver a salir. Si hubiese escuchado eso, en definitiva hubiera dado como finiquitado el asunto y hubiera ido a revolcarme en mi dolor. ¡Pero no lo dijo!

Tímidamente, le recordé que en nuestra ida al cine habíamos visto una publicidad de un evento que venía en Junio “¿Aún quieres que vayamos?” pregunte con toda la dulzura y delicadeza que me fue posible. Pensé que me iban a mandar a la chingada, pero ella dijo “Deja investigo el lugar y los precios y nos ponemos de acuerdo”. Y ahí vi un rayo de luz entre toda la oscuridad vivida en las 27 horas anteriores.

Sonreí en mi camino al recordar el pasaje anterior, ya casi llegaba a la Pirámide de Cholula. Vi unos camiones escolares estacionados al lado, mientras bajaban algunos muchachitos de secundaria. Ahí recordé que en mi niñez en el DF, cuando nos llevaban de excursión a algún lado, llegaba a ver gente corriendo en algún parque en horas y días laborales. Al parecer en perfectas facultades y no ser adinerados me preguntaba “¿Acaso esta gente no trabaja?”

Supongo que los chamacos, al verme en la misma situación (Corriendo tranquilamente en Viernes por la mañana) han de haberse preguntado lo mismo. Ahí comprendí a esos corredores que veía en mi niñez: “Así que ellos también pedían días libres para enfrentar a sus demonios” fue una conclusión a la que me gustó llegar.

Al ver a algunas chamaquitas que iban en grupo vi algo que me conmovió: una de ellas marchaba de manera juguetona al avanzar con sus amigas. La escena en sí no fue lo importante, sino el recuerdo de nuestra visita al cine. Vimos “Los Croods” y, como estuvimos muy felices con la película, mi amada se puso a bailar y marchar al ritmo de la canción de créditos. ¿Me daba cuenta? ¿Ella se sentía libre conmigo? ¿Por qué demonios permití que mi enemigo interno hiciera de las suyas? ¿Por qué soy tan imbécil conmigo? ¿Acaso no quiero ser feliz?

Con esas cavilaciones, las lágrimas volvieron a surgir. ¿A quién engañaba? Era factible que ella ya no me diera más oportunidades, tal vez sólo estaba engañándome a mí mismo, en un intento patético de aminorar mi dolor al estar a su lado. De pronto encontré ridículo el correr, me di cuenta que la vida es una estupidez y me preguntaba para qué demonios seguía vivo. Así que me detuve al lado de un árbol cercano y lloré con amargura.

El problema con las muestras públicas de dolor es que atraen mirones de inmediato. ¿Acaso uno ya no tiene derecho a sentirse triste? Seguí mi camino hacia la pirámide en lo que trataba de controlar mi llanto, más por el pudor de mostrar lágrimas en público que por un sentimiento auténtico de calmarme. Entendí la necesidad de Joel y Clementine de borrar las memorias compartidas con la persona amada.

Subí la pirámide dos veces. Cuando baje por las escaleras de la parte detrás de la Iglesia, me vino un recuerdo de la primera vez que estuve en ese lugar. Harumi, mi primer amor, me había enseñado ese camino para llegar a la cima, de eso ya hace 11 largos años.

Seguí mi camino con los recuerdos de Harumi. Obviamente también me había comploteado bastante con aquella mujer pero, estaba tan enamorado, que nunca la deje mandarme a la goma. Entonces ¿Qué demonios pasó para que no se concretara nuestra relación?

Cuando ella mi dijo que sus padres no querían que la fuera a visitar a Japón, le dije adiós. Me sentía herido y sin razón para existir. Dos semanas después de eso, un día recibí un mail de ella, muy casual, preguntándome que cómo estaba. Mi dolor me cegaba en aquel entonces y le conteste, de manera tajante que ya no me escribiera más.

Esa historia fue la versión oficial que privó en mi mente, hasta que hace dos años mi amiga Ari me abrió los ojos: “Hebert ¿Acaso no lo ves? Ella era hija de familia, no podía traicionarlos, además la juzgabas como si fuese mujer independiente como tú”

Pero eso no fue lo peor, después me dí cuenta que ella se me había acercado por primera vez a mí. Todo el tiempo era yo el que la abordaba pero, por una única ocasión, ella se me acercó, en búsqueda de un amigo, alguien que la entendiera ¿Y qué hice? Me porté como un auténtico imbécil y la mande al carajo. Ahí me hice consciente de mi intolerancia y radicalidad, porque sólo la tenía que esperar ocho meses, ¡por ocho estúpidos meses hice mi panchito! Todo por un estúpido orgullo que siempre me dice “Todo o nada Hebert ¡Todo o nada!” Así que no me extrañó su rechazo cuando la contacte años después.

Desde hace años ya no me duele Harumi, sin embargo conectar el recuerdo de mi primer amor con la actual me puso en un estado intratable. Afortunadamente ya iba de regreso en la Recta, en una zona solitaria, así que encontré un rincón privado en la entrada de un edificio en donde ponerme a llorar en paz. Estuve así un par de minutos cuando, sin que la percibiera, se me acercó una señora a preguntarme “Joven ¿se encuentra usted bien?”

Además de sorpresiva, la amabilidad de una desconocida me conmovió bastante, e incremento la intensidad de mi llanto, por lo que le conteste “En realidad no, pero muchas gracias por preguntar”, mientras me levantaba y corría tan rápido como pudiese para alejarme de tan amable señora, misma que se preocupó auténticamente por un desconocido que lloraba amargamente a la entrada de su edificio.

Ya no veía la hora de llegar a la casa para poder desahogarme en paz aunque, en realidad, mi indignación era hacía mí mismo. En realidad los pasajes de Lizzette, de mi amiga la loca o el de la madre soltera me habían importado poco. Lo de Harumi era harina de otro costal y, lo que es peor, estuve a punto de hacerlo otra vez (y muy cerca diría yo) con la única mujer que me ha hecho sentir algo más fuerte que lo que sentí por mi primer amor.

¡Maldición! ¡Debo de acabar con este patrón de inmediato! En verdad quiero estar con ella, pero ahora me he complicado las cosas. Tenía un camino muy bueno que me había forjado, me había ganado un lugar en sus amigos ¡y hasta me había invitado al cine! ¿Y qué hace el “brillante” Hebert? Se emociona y casi lo echa todo al desagüe . . . . . Pero no se fue todo al infierno.

Aún me queda un boleto, tal vez antes tenía muchos, pero no me quede sin nada. Ella me ha dado otra oportunidad, limitada de inicio, pero es otra oportunidad. Perfectamente me pudo mandar al demonio, ¡pero no lo hizo! Sé que tengo muchas restricciones, pero “esporádicamente” vamos a salir, y esos son mis chances de recuperar terreno para regresar a ser su amigo.

Ya me rechazaron una vez y, al volverme el amigo, logre avanzar lo que ni me imaginaba (con mi amiga la loca). También una vez el tonto orgullo, con su postura de “Todo o nada” me hizo perder a mi primer amor. Se dice que el ser humano es el único animal que tropieza con la misma piedra, pero eventualmente debo de aprender.

El orgullo es algo que no me puedo extirpar, eso lo tengo claro, pero sí puedo observarlo con especial atención con una sola persona: con la más importante que he conocido en mi vida. Tal vez el orgullo me haya llenado de algunas victorias, pero han sido huecas. Por ejemplo, rechacé a Harumi en su momento, y me sentí muy bien por mi malentendida dignidad pero ¿a qué costo? No puedo echar a perder mi vida nuevamente.

Hoy corrí más de tres horas, las cuales resultaron muy productivas para hacerme consciente que el único responsable de mis fracasos sentimentales lo veo a diario en el espejo, y ya va siendo hora de que el “Comploteador” se vaya sumando a la causa o se vaya largando definitivamente. ¡Ya basta de complots!

Hebert Gutiérrez Morales.

No hay comentarios: