viernes, 12 de abril de 2013

Inversiones a futuro (Sufrimiento improductivo)


            Ayer la vi, y fui muy feliz. La tenía de frente y me embelesaba con toda su hermosura y perfección; sé que no es perfecta para el resto del mundo, simplemente lo es para mí. Me sentía inundado por ella, sentía tal éxtasis que me la hubiera llevado lejos, dónde sólo estuviéramos nosotros dos.

            Como no podía hacer eso (por el momento), me nacía darle Ride a su casa, para confesarle de una buena vez todo lo que me hace sentir y que ya no puedo vivir sin ella, porque quiero que sepa que quiero apoyarla en sus planes y que me interesa que se involucre en los míos . . . . . . sin embargo . . . . . . tampoco podía hacer eso.

            A diferencia de ocasiones anteriores, mi impedimento para actuar no era el miedo, porque se me iba la vida por decírselo. Precisamente por el gran amor que le tengo no podía delatarme tan arteramente. No quiero un momento efímero a su lado, me interesa compartir la vida con ella.

            Cabía la posibilidad que se lo hubiera dicho y la potencia de dichos sentimientos la hubieran asustado. No, no voy a desbordarme, debo ser inteligente. Voy a administrar mis recursos para que poco a poco la vaya atrayendo, pero no a una trampa, porque no es mi intención capturarla con deslealtades. Quiero que paulatinamente me vaya aceptando y, sin notarlo, esté rodeada de mi esencia.

            Estoy tratando de llevarla una vez sí y otra no a su casa. A pesar de que la ocasión anterior ya la había llevado, en verdad me moría por llevarla nuevamente, pero eso ya me había pasado el Martes. En teoría no la iba a llevar ese día, pero me ganó el sentimiento al verla tan hermosa frente a mí, así que las palabras salieron en automático “¿Quieres que te lleve a casa?” a lo que me regalo un “Sí” tan tímido como hermoso y fui tan feliz como el que más por tenerla para mi solo la siguiente media hora.

            Ayer casi pasa lo mismo, casi me vuelve a inundar el profundo amor que me provoca. Así que hice de tripas corazón, y me despedí al concluir la clase, así abría la posibilidad que alguien más la llevara. Mientras me despedía le decía mentalmente “Lo siento corazón, si quiero compartir el futuro contigo, es necesario que hoy no te lleve. Ya habrá otras muchas ocasiones que te llevaré, y lo haré con gusto el resto de la existencia” Un pequeño sacrificio en el presente para asegurar el futuro.

            Como ya explique hace un par de ensayos, si me empiezo a regalar, sólo voy a asegurar darle hueva, por lo mismo debo apechugar y no delatarme de buenas a primeras. Aunque creo que ya es tarde para ello, de entrada mis compañeros de clase empiezan a sospechar, lo bueno es que aún no nos tenemos mucha confianza, de lo contrario, no dudo en que ya me estarían hostigando con cuestionamientos.

            Hace un par de días estaba insoportable, por lo mismo nació el escrito “¡Qué horrible es enamorarse!” pero después de escribirlo, fui a nadar aquella tarde, y me tranquilicé. Me dí cuenta de todo el dolor que me había inflingido, todas las lágrimas que había derramado y todo la pasión que había derrochado en imágenes futuras; tontamente creí que eso era amor, cuando era vil sufrimiento improductivo.

            Ver que alguien sufre por ti ha de ser muy reconfortante para el ego, pero no deja de ser un espectáculo patético. Eso no es amor, el verdadero se prueba de maneras más productivas e inteligentes. Sentimentalmente había tenido la creencia que llorar por alguien, expresar tu dolor, evidenciar tu sufrimiento al recriminarte tu imperfección era el verdadero amor. Definitivamente no lo es.

            La decisión que tomé ayer de no llevarla, a pesar de ser dolorosa, era necesaria. Y no fue necesario llorar, flagelarme, aventarme al suelo y revolcarme en el mar de mis lágrimas.

            Fue un buen día, mucho más que cuando me la he pasado berreando por su amor. Nos sonreímos, intercambiamos algunas palabras, le recordé que teníamos una salida pendiente al cine y ella, de manera honesta, me pidió tiempo para que bajara su carga de trabajo, la sonrisa en su rostro me confirmo que su petición era auténtica y no un pretexto barato. En verdad percibí que le interesaba reunirse conmigo y eso lo valore en lo más profundo de mi ser.

            Me sentí orgulloso de demostrar mi interés y, al mismo tiempo, mi independencia de manera digna e inteligente. Su respuesta honesta me hizo darme una palmadita y decirme “¡Bien Hebert!”. A pesar de no haberla llevado a su casa, ni quedarnos platicando hasta media noche, fue un día productivo que me hizo feliz, todo por acciones inteligentes, sin pizca de sufrimiento. Acciones productivas que me permitirán llegar a ella para invertir el resto de mi vida en su hermosa sonrisa.

            Es tonto el sufrimiento que nos autoinflingimos, es como si viviésemos en culturas antiguas al pedirnos un sacrificio para demostrar nuestra fe. Nos provocamos todo ese dolor en espera que la amada se apiade de nosotros diciendo “¡Muy bien! Ya sufrió lo suficiente ¡Ahora le voy a hacer caso!”. Si en verdad ella estuviera presente, definitivamente no disfrutaría con el martirio, es más, seguramente se asquearía por el espectáculo tan patético

            Tantos años engañándome creyendo que la victimez era atractiva, que era algo invaluable para atraer mujeres, porque se darían cuenta de tu valía y “amor”. Por fin me he dado cuenta que ellas no quieren víctimas, por lo menos las mujeres valiosas, como mi amada, no lo quieren así. Ellas quieren a un hombre no una piltrafa humana, un hombre que las proteja y arrope, no que sea una carga adicional en su camino.

            Mientras avanzo de manera firme, gozó de los beneficios de estar enamorado, ya que mi voracidad ha bajado considerablemente. Por otro lado mi ansiedad por el Facebook y los juegos de la PC ha sufrido un bajón de intensidad notable. El único inconveniente es que mis horas de sueño se han reducido, pero no me importa tanto, porque desde que supe de su existencia, me siento más pleno y no resiento las consecuencias físicas.

            Cualquiera podría decir que, desde que la encontré, he aprendido a amarme. En realidad ya me amaba antes, pero ahora lo hago mucho más porque quiero ser un hombre atractivo para ella en todos los aspectos, además de que quiero gozar una vida plena para pasar la mayor cantidad posibles bajo el mismo techo que ella. Tal vez la razón de mi angustia era que no la encontraba por lo que, ahora que la he tengo cerca, puedo enfocar toda esa energía en conquistarla.

            Hebert Gutiérrez Morales.

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