jueves, 30 de mayo de 2013

Crueldad

            Estamos en medio de una teleconferencia con Estados Unidos y Alemania, todo el mundo habla en inglés o alemán, oigo todo lo que dicen pero no estoy escuchado. En realidad tengo la vista fija hacia fuera de la oficina de mi jefa. No me preocupa poner mucha atención, porque aún no me toca participar y mi tema está muy claro.

            Mientras veo a la gente dirigirse a su lugar de trabajo, con actitud más firme de la que muchos en realidad tienen, me pongo a pensar “¡Pinche Paco! Si no hubiera quitado el nivel avanzado, esto nunca hubiera pasado” Un intento patético por querer encontrar culpables a mi situación actual aunque, ciertamente, de no haber dejado Rumba Mía, estoy seguro que nada de esto hubiera pasado.

            Veo las fotos que tiene mi jefa, y la envidio, ha forjado una familia muy bonita, plena y dulce. Sé que es feliz, pero tal vez no sepa lo afortunada que es. Sin darme cuenta, se me sale un lagrimilla, la cual limpio con disimulo, pero no hay riesgo, todos están concentrados en escuchar o contestar algo laboral.

            Se dice que el ambiente automotriz y, sobretodo, el alemán es algo rudo y cruel. Seguramente así es, y lo he sentido a lo largo de los años, pero uno se va a acostumbrando a esa filosofía alemana de separar lo laboral de lo personal, lo cual es muy saludable (tanto para el trabajo como para la persona). Creo que esa crueldad laboral no se compara a la que podemos alcanzar en las relaciones personales.

            A pesar de tener un historial en el cual he sido rechazado innumerables veces, también he tenido ocasiones en las que he tenido que rechazar.

            La primera que se me viene a la mente es Elizabeth. Cuando conocí a mi familia paterna, la esposa de mi papá de inmediato me quiso enjaretar a una sobrina que tenía en Chiapas. Elizabeth era el sueño de cualquier macho mexicano: educada, tierna, noble, dócil, servicial, con el máximo anhelo de ser ama de casa y consentirte en cada aspecto. No era mi máximo pero, al no tener atisbo alguno de relación, me pareció un buen partido para ir trabajándola.

            La verdad me sentía un poco agobiado con tantas atenciones y el exceso de miel. Era una buena mujer, con sentimientos muy nobles y una inocencia tan pura que me resultaba increíble que aún existiera gente así a su edad. Me contaba cómo su exnovio era tosco con ella, porque no la trataba con la delicadeza que ella anhelaba.

            Cuando mi camino se encontró con el de Harumi, era vital que la invitar a salir, sin embargo, mis principios indicaban que primero debía acabar el amago de relación con Elizabeth. Como ella vivía en Chiapas y yo en Puebla, el teléfono era la opción más rápida, barata y segura.

            Hable con la verdad, le dije que me interesaba otra chica, a la cual aún no había invitado a salir, pero que lo iba a hacer así que antes debía terminar con lo nuestro (aunque no sabía exactamente qué significaba “lo nuestro”).

            Casualmente mi hermana paterna se encontraba en ese momento con ella (ya que son primas), por lo que me contó sobre el llanto, el dolor y sufrimiento que le provoque. Mi hermana me regaño por la falta de tacto, que pude haber dicho las cosas de manera más amable y no ser tan directo. Sí me sentí un poco mal, pero como mi emoción era mayor, prefería entregarme a las posibles felicidades futuras en lugar de hundirme en remordimientos pasados.

            Brincando unos años más para acá. A pesar de no ser un súper galán, en clase de baile era invitado, con relativa frecuencia, por algunas de mis compañeras. Cuando era alguien que me agradaba o, por lo menos, me caía bien, era factible que aceptara pero, si notaba alguna otra intención, siempre ponía algún pretexto (normalmente inverosímil) para evitar la salida.

            En una ocasión salí con una chica bastante atractiva llamada Cristina, en verdad me sacó de onda porque a ese tipo de mujeres normalmente les sobran galanes pero, por alguna razón, salimos.

            Fuimos a cenar, platicamos muy a gusto y nos fuimos al cine en donde nos agarramos a los besos (nunca había hecho algo similar en toda mi adolescencia y lo vine a hacer hasta después de los 30). Había un punto en donde la cosa ya se estaba poniendo intensa, pero había algo que me detenía: los dos hijos que tenía a pesar de no llegar aún a los 25 años.

            Debido a mi historia personal, crecí con la creencia que a mi madre “le habían hecho el favor” de casarse, a pesar de tener un hijo de un matrimonio anterior, por lo que en mi vida adulta intente saldar esa deuda al casarme con una mujer en iguales circunstancias y, después de la separación, intenté relacionarme con otra en iguales condiciones.

            Prejuicioso o no, tenía la firme intención de no volverme a relacionar con una madre soltera, sé que muchas son excelentes partidos pero, recalco, desde mi historia personal, no es saludable que me enganche con alguna.

            El problema es que ya había acabado la película y estaba en un dilema: dejarme llevar por mis instintos animales o utilizar el escaso sentido común que me caracteriza. No sé si afortunada o desafortunadamente, pero tome la decisión con la cabeza correcta.

            Mezclando algunas verdades con mentiras me invente un cuento muy creíble que la iba a desmotivar: “Mira, en este momento, no busco algo serio, sólo quiero una pareja con la cual pasármela bien cada fin de semana y no nos tengamos atados a cada momento”

            Note la decepción en sus ojos, y es que en verdad no se había equivocado, ya que tengo todo el tipo de papá responsable (y si tengo la oportunidad de serlo, seguramente no habrá uno mejor que yo) además de alguien respetuoso e ideal para criar hijos ajenos. El hecho de que sea todo eso no quiere decir que quiera educar hijos ajenos (recalco, no porque sea malo, sólo por mis antecedentes).

            La deje en su casa y, unos días después, le avisaba que iba a borrar su celular porque no tenía caso mantenerlo. Nuevamente me faltó tacto, fui cruel y hasta grosero pero no me arrepiento del fondo, sólo de la forma. Si hubiera sido otro tipo de hombre, hubiera tomado lo que me daba y después me hubiera hecho el desentendido, pero mi esencia no es así. Preferí decirle algo doloroso a que nos hiciéramos un mal mayor en el futuro (y es que notaba el gran anhelo en sus ojos).

            Vamos a un ejemplo que ya he tocado en escritos anteriores. Ya explique cómo (tontamente) rechace la intentona de Harumi por recuperar el vínculo después de que se frustró mi viaje a Japón. Sólo voy a hacer comentarios complementarios: Primero, mi endémica impaciencia para ignorar la obviedad que sólo tenía que esperarla 8 meses, eso era algo tan claro pero que mi dolor y orgullo me cegaron. Por otro lado, yo era el apoyo moral más importante que tenía y, cuando acude a mí por única vez en la vida, ¿qué hice? Rechazara de manera soberbia.

            Mentiría si dijera que mi ego no se sintió bien cuando le escribí “Te pido por favor que me dejes en paz”, otra de mis victorias huecas, claro que se me sentí bien ¡pero al final perdí a la chica! (y muchas otras cosas más de paso). Ahí mi crueldad se me revirtió al doble con las consecuencias de mis actos. Lo malo de todo esto es que me parte el corazón imaginar la decepción que debió sentir al ver que toda esa lealtad que le jure se fue al demonio.

            ¿Por qué escribo todo esto? Ubiquémonos en el Martes pasado.

            Antes de ir a clase, sostuve un pequeño diálogo con mi bestia interna tipo “Por favor ¡Pórtate bien!”  Y ciertamente mi monstruo personal se comportó perfectamente en toda la clase, ya que en ningún momento salió algún pensamiento ridículo o mala interpretación de los hechos.

            Durante la clase vi a la que me roba el aliento muy plena, se veía como si se hubiese quitado un peso de encima. Recordé que ese día había posteado algo en el Facebook que decía “Es bonito cuando renacen tus sueños” o algo por el estilo, así que supuse que algo bueno le había pasado, ya que se le notaba corporalmente.

            Ya habían pasado tres clases en las que no le había dado Ride a casa, así que considere buen tiempo para ofrecerme.  “¿Te llevo?”, le pregunte, normalmente sus respuestas eran inmediatas, pero ahora me hizo una especie de mueca, lo pensó mucho y contestó algo forzada “Está bien”.

            Su reacción me extrañó bastante, por un momento pensé que me iba a rechazar, tal vez porque alguno de mis compañeros ya le había dicho o porque alguien iba a pasar por ella. En el camino le pregunte por qué dudó tanto y me dijo que “pensó” que nos teníamos que ir turnando. Según yo ya me tocaba llevarla pero, al parecer, para ella fue demasiado pronto

            Iba muy callada, le hice la observación que la sentí muy plena y de buen humor en clase, pero no estuvo de acuerdo y dijo que se sentía muy cansada. Eso también me llamó la atención, ¿Acaso estaba viendo visiones? Tenía un mes que no la veía tan vital y dice lo contrario, algo raro estaba pasando.

            En un intento de hacerle plática le pregunte cómo iban sus planes para irse a entrenar a Europa, ¿iba bien con su ahorro? Su respuesta, aunque educada, me pareció cortante: “Estoy ahorrando para muchas cosas”, lo cual interprete como “Ese es un tema que no te incumbe”, así que cambie de tópico.

Por más que intentaba platicar con ella y sus proyectos, la conversación simplemente no fluía, ya que contestaba con monosílabos o respuestas breves y vagas. “Ok, intentemos otra estrategia” me dije. Le comente del trabajo, mis proyectos, asuntos personales y demás. La comunicación fluyó un poco mejor, pero la verdad seguía muy escueta.

Llegamos a su casa, obviamente no hice amago alguno por intentar platicar, ni a ella se le vía la intención de quedarse, así que la ayude a bajar y nos despedimos deseándonos una buena noche.

De regreso a casa iba muy desconcertado “¿Por qué cambió conmigo?”. Me empecé a hacer consciente que el cambio de actitud había empezado cuando le dí el regalo del día del maestro.

No voy a negar que mi bestia interna y boicoteadora, misma que se había comportado hasta ese momento, tuvo sus expresiones clásicas y bien conocidas, tratando de convencerme de lo que, hasta el momento, parece obvio: Hay algo roto y no se ve que haya arreglo fácil.

Por fortuna, la siguiente semana no la voy a ver porque nos aviso que se la toma de descanso, aunado a eso, no voy a ir a la clase de hoy. Con esto voy a tener dos semanas para meditar la situación con calma y ver qué es lo más conveniente.

Sí me alegro de algo, en teoría ese mismo Martes iba a entregar mis escritos como despedida pero, viendo la actitud que tenía, hubiese sido una pésima idea. Tal vez estoy viendo cosas y en realidad estaba cansada, o tal vez trato de engañarme para no ver lo evidente. Afortunadamente tengo dos semanas libres para meditar.

No sé si calificar de cruel su accionar hacia mí. Hablando de mis propias acciones crueles, la de Harumi fue una estupidez mía, pero de las otras dos no me arrepiento del fondo (tal vez pude ser más sutil). Sé que herí a dos buenas mujeres, pero si no tenía ninguna intención seria con ellas, creo que mi crueldad fue muy “amorosa” (sé que suena ilógico, pero así lo siento), porque no les dí alas y fui honesto. ¿Es lo que me están aplicando ahora? ¿Una honestidad cruel que es por mi propio bien? ¿La he motivado desde mi insistencia?


Hebert Gutiérrez Morales.

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