sábado, 25 de mayo de 2013

Distancia

           "Lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar" - David Russell.


         ¡Vaya espectáculo patético que he dado con los últimos ensayos! Lo leo y recuerdo lugares emocionales en los que no había estado desde hace muchos años. Y es claro que esto no puede seguir así.

         Sin importar lo que vaya a hacer en los próximos días, el sufrimiento ya no debe continuar, y lo más triste de todo es que el único enemigo que he tenido a lo largo de estos meses lo veo a diario en el espejo. ¿De dónde viene tanta necesidad de flagelarme?

   Es obvio que desde ese lugar de víctima no me puedo relacionar de manera saludable. He caído en todo lo que crítico y desprecio abiertamente: sufrimiento, dolor, víctimez, tragedia, drama y demás estrategias baratas para castigarme ante lo injusto que es el mundo.

    Si no me aprendo a querer a mí mismo ¿Cómo demonios pretendo querer a alguien más? ¿Qué voy a hacer a la primera diferencia? ¿Echarme al piso y pedir clemencia? ¡Claro que no!

          Desde el Miércoles recordé una situación por la cual atravesé hace seis años, y que representa una tercera opción a las ya discutidas de quedarme a ser su amigo o partir para siempre, una solución intermedia que consiste en irme por un tiempo.

            Como comente en mi compilación de boicots, tuve una amiga que me resultaba muy atractiva. Durante mucho tiempo la pretendí y todas las veces que me lancé fui bateado con singular honestidad, misma que ejercía de manera “algo” brusca. De tanto insistir, termine rindiéndome y me volví su amigo.

            Tuvimos una amistad fenomenal, salíamos a todos lados y nos la pasábamos de lujo, hasta que un día tanta convivencia nos llevó a un nivel más íntimo de la relación. Durante una semana convivimos como pareja, hasta que el dogmático Hebert (necesitado de una etiqueta) preguntó “¿Qué somos?” en lugar de aceptar el amor que ella me daba.

           Cuando “rompimos” la situación se tornó tensa, me dolía perderla en ambas facetas: amiga y amante, pero también me lastimaba verla. Ante esta dicotomía tan dolorosa, opte por avisarle que necesitaba algo de tiempo y espacio para tranquilizarme y, a la larga, retomaríamos nuestra amistad.

            Pasaron algunos meses que me hicieron muy bien, recupere mi tranquilidad y empecé a poner las cosas en perspectiva. A veces nos cruzábamos en los pasillos y simplemente decíamos un “¡Hola!” impersonal para zanjar el asunto.

           Con el tiempo nos fuimos acercando y recuperamos esa amistad tan padre que habíamos mantenido, y así duró hasta el día que se fue de la empresa, ahí optó por cortar todo lazo que tuviera vigente con su vida anterior (incluyéndome) y siguió adelante con su vida. Esta última decisión no se la tomo a mal, porque sé cuál es su forma de pensar y, aunque la extraño, siempre he respetado su postura.

            Volviendo al presente, ya no me voy a esperar a la cuarta clase, si el próximo Martes vuelvo a reaccionar igual que las dos veces anteriores, ya no habrá vuelta de hoja: debo de alejarme un tiempo.

            Con esa actitud que he manejado en los últimos días, en realidad me hace más daño (a mí y a mis posibilidades) el quedarme cerca de ella, sólo estaría propenso a estarla regando y ya no quiero nada de eso.

            Además de que ya extraño esa paz espiritual y personal que había disfrutado en los últimos tiempos, esa calidad de vida que, con amor o sin amor, es algo que nunca se debe perder.

            Obviamente las circunstancias actuales con mi amada son distintas a las que tuve con mi amiga: nuestros mundos y ritmos de vida son distintos, por lo que no tenemos muchos lugares en común para coincidir y reiniciar una amistad, pero ahora hay más medios de comunicación que los que tenía en el 2007 (que fue cuando pasó lo de mi amiga).

            ¿Tengo miedo? ¡Claro! Siempre tengo miedo, pero no puedo detenerme por ello. Temo que no pueda tranquilizarme, no la pueda ver sólo como amiga y no regresar jamás; tengo miedo de que ella ya no quiera aceptar mi amistad de vuelta si algún día me logró tranquilizar; me aterroriza que en este tiempo encuentre una pareja y ya no tenga nada que hacer al respecto. En fin, hay muchos miedos, pero ya no puedo seguir flagelándome.

           En el escrito anterior mencioné algunos argumentos para esperar (por lo menos) un mes, pero ninguno de ellos son míos y (parafraseándola) no puedo actuar en función de deseos ajenos, debo ver por mí y, justamente ahora, necesito recuperar mi tranquilidad para ya no dar tantos bandazos que sólo me lastiman y a ella la desconciertan.

            Así que ya está decidido: si me siento afectado por tercera vez consecutiva, será tiempo de tomar distancia y empezar a recuperar lo perdido en mi interior. Tal vez regrese o tal vez no, pero yo mismo me he guiado a este punto; a veces hay decisiones en la vida que no son fáciles de tomar pero son necesarias.

            Además tengo bastante que trabajar, leyendo desde el primer escrito, siempre ronda una sombra de duda y la constante pregunta de “¿Y si no se da?” Sin importar la intensidad con la que me he enamorado, siempre ha estado presente el dejo de duda en mi interior.

           Naturalmente es un instinto de defensa para impedir que mi imaginación y anhelo vuelen lejos (y aun así lo hacen), además de que también es una especie de memoria sentimental acumulada a lo largo de los años tan poco fructíferos en cuestión de parejas.

            Creo que esta resolución intermedia me queda bien, no me obligo a quedarme a pesar del sufrimiento ni me despido de manera definitiva. Claro que estoy tomando riesgos, pero no estoy quemando por completo las naves.

            Ya veremos que resulta de todo esto.

“¡Basta de quejas, acéptalo: una separación es el comienzo de un nuevo encuentro!” – Alejandro Jodorowsky

            Hebert Gutiérrez Morales.

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