sábado, 11 de mayo de 2013

Mi Papá Antonio


            No sé qué demonios hago escribiendo esto en este blog, cuando este texto debería ir al blog clandestino, pero ni modo, tengo alguna necesidad de escribir esto aquí y ahora.

            A últimos años, cuando me preguntan por mi “Papá”, me ha dado por responder “Tengo dos: el biológico y el putativo, pero de los dos no hago uno”. Muchos lo toman como broma, porque así parece que lo digo, pero hay más de cierto atrás de ello de lo que me gustaría admitir.

            Mis padres se separan cuando tenía un año de edad, así que no tuve ningún recuerdo de mi padre biológico hasta que lo conocí 23 años después de la separación. Hoy en día, en donde proliferan los padres divorciados, es muy común que los padres visiten a sus hijos y se hagan cargo de sus necesidades (muchos de ellos a regañadientes).

            Mi madre se volvió a casar, así que le dijo a mi padre biológico lo siguiente: “No quiero que Hebert crezca con dos figuras paternas. Te liberó de todas tus responsabilidades con él, de eso se va a hacer cargo mi esposo. No lo vas a poder ver hasta que sea mayor de edad”.

Para muchos padres desobligados de la actualidad, lo que dijo mi madre sería música para sus oídos, pero no conocen a mi padre biológico, el cual es un pan, con unos sentimientos puros y nobles como ninguna otra persona. Para él fue un dolor dejarme atrás, pero comprendió que era por mi bien y aceptó el trato, así que se fue resignado. Recientemente hable con mi padre biológico y todos nuestros asuntos han quedado resueltos.

Pero este escrito no va a hablar de mi padre biológico, al cual ya le di el lugar que le corresponde. Este ensayo es para hablar de mi Papá putativo o adoptivo, llamado Antonio, que se llevó la chamba de mantenerme y de, parcialmente, criarme. Este no va a ser un escrito “bonito” pero intentaré que sea lo más honesto posible.

Dicen que Padre no es el que los tiene sino el que los mantiene, no recuerdo cuándo escuche esa frase pero siempre se me quedo grabada desde la infancia. Antes de entrar a primaria, no sabía que mi “Papá” no lo era en realidad. Obviamente sabía que yo me apellidaba Gutiérrez y él Hernández, pero cuando eres un niño inocente no le das importancia a esas cosas.

Recuerdo que siempre me trato igual que a mis hermanos (que sí son sus hijos biológicos), ya que era el acuerdo por el cual mi madre había aceptado casarse con él. Así que siempre recibí el mismo trato y oportunidades que mis hermanos menores.

No voy a mentir, no era el mejor papá, aunque tampoco era el peor. Viendo los orígenes de los cuales viene, nos tocó el “mejorcito” de su familia. A diferencia de la familia cálida y dicharachera de la cual proviene mi madre (algo muy común en Veracruz), la familia de mi papá Antonio es bastante . . . . . . .¿Cómo decirlo con elegancia? . . . . . .  bastante corriente.

Mi papá Antonio proviene de un clan de borrachos, mujeriegos, misóginos, nacos, corrientes, machos, ignorantes, patanes, orates y demás “linduras”. Mi papá y otro dos “tíos” fueron los primeros de su familia en titularse, ya que sus padres tuvieron un desarrollo limitado (y no estoy hablando sólo a nivel académico).

Nunca me sentí a gusto con la familia de mi papá Antonio, a mi corta edad no sabía cómo explicarlo, pero no sentía lo mismo cuando convivía con la familia de mi mamá. De hecho a los 8 años opté por pedirles que me dejaran en casa encerrado, porque no quería ir a las fiestas de la familia de mi papá (Creo que desde esas tiernas edades empezó el aislamiento social que ahora domino con maestría).

De hecho, las únicas personas apellidadas Hernández que considero de mi Familia son mi papá Antonio, mi hermano José y mi hermana Marina, al resto ni siquiera lo acepto en Facebook (Es más fácil que acepte a un extraño a uno de ellos), por la repugnancia que me genera esa gente y su cultura tan negativa.

Sé que los hijos tendemos a ser muy injustos, ya que siempre recordamos lo que nos faltó y damos por sentado que lo que hicieron bien los papás era su obligación. Así que voy a intentar intercalar algunas cosas buenas para hacer este escrito más objetivo.

Creo que algo que debo agradecer de haberme criado con mi papá Antonio es el carácter y la disciplina. Cuando conocí al biológico, casi me da un paro cardiaco ya que, a pesar de no haber crecido a su lado, el 90% de lo que conformaba mi personalidad, venía de él. Cuando me dí cuenta de ello, pensé hacia mis adentros “Por primera vez en mi vida agradezco haberme criado con mi papá Antonio”

No es que mi papá Heber fuese malo, al contrario, era TAN bueno y blando que la perseverancia y disciplina no son lo suyo, él es más cariñoso y comprensivo, pero la fortaleza masculina no es propiamente su mejor cualidad (y ahí me dió en la madre, pero ése es un tema que estoy arreglando desde hace un par de años). Tal vez nunca me gustó la férrea disciplina que intentó inculcarnos mi papá Antonio, pero reconozco que algo aprendí y que la firmeza que puedo demostrar hoy en día, se la aprendí a él.

Eso de que por “primera vez” agradecí criarme con él, fue dicho de todo corazón. Desde los 8 ó 9 años le pedía a mi mamá que se divorciara, ya que no me sentía a gusto con la relación destructiva que sostenían desde que tengo uso de razón.

Mi papá Antonio era un Trabajópata, y nunca vivió con nosotros. Cuando vivíamos en el DF, él vivía cerca de Toluca; cuando nos mudamos a Puebla, él se mudó al DF. Eso es algo que nunca comprendí, si no quería tener familia ¿Para qué demonios nos tuvo?

He analizado el tema y he llegado a la siguiente conclusión: no sabía cómo ser papá, nos tenía miedo. Él estaba acostumbrado a trabajar con subordinados, a dar órdenes y que le obedecieran, al venir de una familia de machos Neanderthales, pedirle amor, comprensión y cariño era algo que no había aprendido, y que estaba más allá de sus posibilidades. Por eso no vivía con nosotros.

Como ya mencione en otro escrito, todo ese tiempo que se pasaba en el trabajo nunca repercutió para que tuviésemos un nivel de vida privilegiado, de hecho creo que éramos una clase media media (valga la redundancia), nuestras vacaciones más alejadas eran a Veracruz (y nosotros estábamos felices con ello), nunca gozamos de lujos excesivos o algo opulento.

Llegue a la conclusión que si hubiera hecho un esfuerzo, hubiera vivido con nosotros y hubiera aprendido a ser papá, pero supongo que cada cual tiene sus miedos, y no tengo la calidad moral para echarle en cara que no haya enfrentado los suyos.

Por todo esto que les comenté, éramos los únicos niños que conocía que no disfrutaban del fin de semana. Como no tenía pretexto para evadir esos dos días y venía el “Señor Gerente” en lugar de “Papá” a la casa. Los recuerdos que más tengo de esa época es que siempre llegaba a regañarnos, a que hiciéramos nuestros deberes y quehaceres, que limpiáramos y arregláramos lo que hubiera por limpiar y arreglar.

Como era el mayor tenía el “privilegio” de ser su chalán. Siempre había algo que arreglar en la casa, y siempre me agarraba de su ayudante. ODIO (sí, así con mayúsculas y en negrita) las herramientas, trabajos manuales y composturas, es algo que simplemente no se me da, así que mi sufrimiento era doble, porque además de soportar su mal humor, tenía que hacer algo que no me gustaba.

Con los años, le he encontrado otra lectura a este último párrafo. Quiero suponer que el llevarme a componer cosas era su manera de compartir tiempo de calidad conmigo. Él tiene un complejo de “Bob el Contructor”, por lo que le encanta arreglar todo, supongo que siempre anhelo hacer algo así con su papá. Así que, como era importante para él, supuso (erróneamente) que también debía serlo para mí.

Hoy en día, pago con gusto cuando hay que reparar algo de la casa, PERO cuando hay algo pequeño que yo mismo puedo hacer, recuerdo mis épocas de chalán e intento repararlo, así que tantos años de tortura en algo me ayudaron.

Mi papá Antonio no se caracterizaba por su paciencia y, para nuestra desgracia, yo tampoco. Recuerdo que intentó enseñarme a andar en bici y en patines pero, invariablemente, al tercer madrazo, mi trasero y yo mandábamos todo a la fregada y por eso no sé andar en bici ni en patines. No sé si para él fue un alivio o una frustración el no poder enseñarme.

Lo mismo pasó cuando intentó enseñarme a manejar a los 18 años. Mi papá no tiene mucho tacto y entre tanta gritoniza y manoteo, opté por orillar el coche y decirle “¡Ten tu coche!” a lo que me contesto “¿Y cómo demonios vas a aprender?” y respondí “No te preocupes, ya me las arreglaré”. Años después me pague clases de manejo y utilice la prestación de la empresa para mi primer auto.

Pero no todo fue malo en cuestiones automovilísticas. Definitivamente el enseñarme de manera práctica no se le dio, pero siempre que viajábamos en carretera, me enseñaba todos los aspectos técnicos del manejo: el por qué de las luces altas y bajas, las direccionales, las líneas continuas y discontinuas, la técnica para rebasar, precaución con los peatones, el uso e importancia de los espejos, estar atento todo el tiempo y demás.

De hecho, cuando pague mis clases de manejo, sólo tuvieron que enfocarse a lo práctico, porque lo teórico lo tenía perfectamente dominado, gracias a tantos años de enseñanza de mi papá.

Algo que me dolió mucho es que nos haya sacado del DF hacia un pueblucho abandonado, mientras él se instalaba cómodamente en la gran ciudad. Esa decisión traía muchas razones por detrás, mismas que descubrí tiempo después y con los años he aprendido a aceptar el hecho, aunque no esté feliz con ello.

Supongo que, a su manera, mi papá Antonio intentaba hacerme muy “macho”, sobretodo al ver a un niño tan gentil, puro, inocente y cándido. He intentado ponerme en su lugar, en la vida difícil que le tocó vivir y conociendo un mundo feo que, afortunadamente, a mí no me tocó conocer. Seguramente se preocupó y pensó “No puedo dejar a este chamaco indefenso ante un mundo de mierda. Tengo que darle armas, tengo que ser un cabrón con él para que aprenda a ser uno”

A pesar de lo que intentó mi papá Antonio, por mi esencia, me tocó sufrir ante un mundo de mierda que me demostró que todos mis valores de cuento de hadas estaban obsoletos (y siempre lo habían estado). Sé que intentó hacerme un “hombre fuerte” lo malo es que su actitud me hizo pegarme más a “mi mami”. Tal vez, y sólo es un tal vez, si hubiera estado a mi lado para darme confianza y sentir ese amor paternal que me hiciera fuerte, es factible que hubiera logrado más en lugar de confrontarme en un intento de sacar mi bestia interna.

Mi papá Antonio es un alcohólico. El tema del alcoholismo y sus consecuencias lo voy a tocar más a fondo en un ensayo futuro, así que sólo voy a hacer algunos comentarios generales respecto a su enfermedad.

“Gracias” a su alcoholismo, encontró una manera de desahogar todos sus sentimientos, el verlo llorar como niño y ofrecernos disculpas por ser un cabrón era algo tan tierno, tan bizarro, tan patético, tan detestable y tan humano que siempre acababa desconcertado. Creo que lo prefería en su faceta de cabrón que verlo borracho.

Algo que sí debo agradecerle es que era un borracho con exquisitas preferencias musicales, ya que me heredó el gusto por la música clásica y el rock en inglés, ¿De dónde le vinieron estas tendencias musicales? Tal vez, en un anhelo de escapar de la corrientez de una familia burda, intentó escuchar un poco de esa música interna que traía, en ese intento de ser él en lugar de serle leal a su origen, ya que fue el único que conocí (de su clan) con dichas preferencias musicales. Adoro mi gusto musical y en gran parte se lo debo a él.

Estando borracho, alguna vez se puso violento y empezó a lanzar ladrillos a las ventanas del cuarto de mi madre (que afortunadamente no estaba ahí). Fúricamente salí con un bate en las manos con la plena intención de romperle las piernas, no me importaba que estuviera ebrio y que no fuera él cuando tomaba, me había hartado (yo tendría unos 17 años). Por fortuna estaban unos tíos y lograron detenerme a tiempo para que pudiera irse.

Ese fue uno de dos amagos que tuvimos de pelearnos, el primero fue en su pleno juicio (yo tendría unos 15), ya no recuerdo el motivo de la pelea, pero sí recuerdo que fue la única vez que me grito que no era su hijo. Aunque era algo que ya sabía, no dolió menos el que lo dijera. En represalia también le grite que no era mi padre, para devolverle algo del dolor que me infringió.

Después de cada uno de esos episodios, nos dejamos de hablar por un año (en cada ocasión), cada cual desde su orgullo masculino, que nos impedía platicar sobre lo acontecido, y mucho menos de los sentimientos involucrados. Como buenos “machos” nos reconciliamos como si nada hubiera pasado y nunca platicamos de lo que pasó.

Con el corazón en la mano puedo decir, que no le tengo ningún rencor por esas dos escenas ¿Por qué debería? Por un lado, su relación con mi madre fue tan nociva que él, desde su lugar, sabía sus motivos, claro que detesté su forma de expresarlo, porque tuvo el valor de aventar ladrillos en lugar de terminar una relación enfermiza que nunca se debió haber dado (y por amor los acabe emulando en mi vida adulta).

La otra ocasión en la cual nos peleamos, en realidad nadie salió lastimado a nivel físico, a nivel sentimental los dos nos agredimos en la misma intención y fuerza. En esa época de mi vida no estaba dispuesto a hablar de esos asuntos y él tampoco, así que llegamos a un acuerdo pacífico común entre los hombres: hacer como que no pasó nada.

Hace un par de noches tuve un sueño muy curioso y enternecedor: La familia con la que me crie (mi papá Antonio, mi mamá y mis hermanos maternos) íbamos todos a Disney, no cuando éramos niños, sino con nuestras edades actuales y ¿saben algo? ¡Nos la pasamos muy bien!

Es un recuerdo bonito que atesoraré aunque no se haya dado en el plano existencial que llamamos “Realidad”. Sé que soy injusto porque en realidad sí hubo momentos muy buenos, seguramente muchos más que los malos, como cuando mi mamá hacía pan de nata los Sábados por la noche y nos reuníamos todos a ver las luchas, uno de los pocos momentos familiares y en paz que recuerdo.

Volviendo al sueño, como comente en su momento, nunca anhele ir a Disney en mi infancia, porque nuestra realidad era ir a Teotihuacán, Xochimilco, Texcoco o, para vacaciones largas, Veracruz. Como no sabía que había algo más allá de eso, no me agobiaba. Lo bonito del sueño no era ir a Disney, fue el que nos la pasáramos bien de manera auténtica, sin peleas ni recriminaciones, sin sentimientos negativos, sin neurosis ni escenas de borracho.

El último recuerdo importante que tengo de la convivencia familiar con mi papá, fue cuando recién había ingresado a VW, nos reunió a todos para reconocer que era un misógino, que nos había dañado mucho como familia y que ya no podía vivir con nosotros (aunque técnicamente nunca lo había hecho), así que optó por dejar la casa.

A partir de entonces hacía visitas periódicas, ya que la relación codependiente que sostenía con mi madre no la podía dejar así como así, por lo que la enfermedad de mi hermana fue el pretexto ideal para que siguieran peleándose y gritándose a muerte (fue un alivio el día que deje ese infierno detrás de mí).

Eso es algo que nunca entendí, así que hice algunas investigaciones familiares y, cuando supe las razones, seguía sin entender. La relación de mi mamá y mi papá Antonio se dio sobre la base de hechos negativos, lo cual formó un vínculo que nunca debió ser. En su momento juzgaba a ambos, ahora entiendo que no tengo ningún derecho de señalarlos y sólo agradecerles lo bueno que hicieron por mí.

A ambos les debo ese anhelo a tener hijos (me encantaría que la primera fuera niña). A mí mamá para repetir el amor recibido, y a mi papá Antonio para hacer todo lo que me hubiera gustado que hiciera conmigo, para dar todo ese cariño que me hubiera gustado recibir de él.

Pero luego pienso que, en parte, mis padres por eso mismo nos tuvieron, por anhelos frustrados de su infancia, y entonces me digo: “No voy a repetir el patrón”. Tal vez por eso tengo tan “inexplicable” mala suerte con las relaciones, porque es un complot inconsciente que me hago para asegurar no tener descendencia, y así no traer a hijos mediante los cuales realizarme.

Ese anhelo es propiciado por el Ego: tener hijos para realizarte, para completar esas carencias producto de unos padres imperfectos, y uno quiere “componer” las cosas o saldar deudas a través de pequeños engendros que ni la deben ni la temen.

Siempre he criticado a las parejas que tienen hijos para perpetuar la relación, para “sostener” el matrimonio o intentar trascender a través de ellos. Los hijos no se traen a la vida como complemento de uno, uno crea vida para hacer el mundo mejor, no para completar y solventar carencias. Creo que mi postura o razón para tener hijos es tan egoísta como los que los tienen por cuestiones más burdas.


 “Ciertas personas creen que tener un hijo solucionará todos sus problemas. Eso no sólo no soluciona nada, sino que el niño está dañado. Un hijo no viene como una prótesis, como un bastón o una pierna artificial, como un gancho que reemplaza a una mano. Procrear un hijo en estas condiciones es un acto de narcicismo” – Alejandro Jodorowsky.


Definitivamente esto de ser padre es muy difícil, y eso que no lo soy.

A lo largo de este escrito, he supuesto muchos sentimientos y razones de mi papá Antonio; algunas las he indagado mediante investigaciones que he hecho con distintas personas. Afortunadamente he tenido pláticas largas y profundas con mis padres biológicos, y hemos sanado muchos asuntos, así que con ellos ya no supongo nada porque ya no quedan asuntos pendientes.

Debido a la formación de mi papá Antonio, con él no es tan fácil abrir el caparazón, de hecho, no tenemos contacto desde hace un par de años, y no hay muestras que pronto la vaya a haber.

A pesar de todos sus defectos, quiero agradecerle que hizo lo mejor que pudo como figura paterna, no dudo que pudo haber hecho mucho más, pero tampoco me cabe la menor duda que hizo lo mejor de acuerdo a sus limitaciones. Hay una frase que me gusta mucho y que aplica en situaciones así “El hecho de que alguien no te quiera como quieres que te quiera, no quiere decir que no te quiera con toda su alma”.

Gracias por todo Papá Antonio, tu aportación fue muy importante para lo que soy hoy en día, y me gusta el camino que ha tomado mi vida.

Hebert Gutiérrez Morales.

2 comentarios:

VENEZUELA dijo...

al leer esto no se me ocurre otra cosa que ponerme en el lugar de tu mama, que fuerte vivir entre el deber y el querer, por lo menos tu buscaste la manera de ver el lado positivo de todo esto

Hebert Gutiérrez Morales dijo...

Al final mi papá hizo lo que puedo con lo que tenía disponible. Tal vez no fue el mejor papá, tal vez pudo hacer un papel más digno y tal vez fui un ingrato por no reconocer lo bueno que sí hizo por mí. Tal vez incurrí en esos y muchos más pecados que van en detrimento de la imagen de mi papá. Al final a mí me tocará pasar factura si algún día tengo la dicha de ejercer dicho rol, de lo contrario, sólo intentaré comprender las acciones de mi padre desde la perspectiva que te dan los años y los daños acumulados. Un abrazo Venezuela.