jueves, 2 de mayo de 2013

Nostalgias Escolares


            ¿Alguna vez se han encontrado fantaseando en otras épocas que, en teoría, no fueron tan buenas? Mientras escribía otro ensayo, me sorprendí a mí mismo recordando mi tiempo en la Universidad, sobre todo las tardes cuando salía a las 5 y tenía una hora libre antes de la siguiente clase, entonces aprovechaba, tomaba la Ruta 49 que me llevaba enfrente del Wal Mart de San Manuel. Ahí había una tienda donde vendían mercancía de Manganime.

            Al ser “Estudiambre” en realidad no tenía mucho dinero para comprar toda la tienda (como era mi deseo ferviente), así que me conformaba con platicar con la dueña, comprar algún Fanzine o alguna estampilla y, si había ahorrado lo suficiente, algún CD importado. Ciertamente no son mis recuerdos más trascendentales pero, de pronto, al verme frente a la Lap y darme cuenta que ya han pasado más de 15 años de aquello, era inevitable ver con ojos sentimentales aquellas épocas.

            Otro de esos recuerdos que no fueron de las más grandes o vitales, fue una ocasión que en Secundaria los maestros hicieron huelga (vicisitudes de ir en escuela de Gobierno), así que teníamos el día libre. El problema de ir en el turno matutino es que no hay nada abierto a las 7 de la mañana (a excepción de papelería y puestos de tamales), así que no quedaba remedio que regresar a casa.

No me urgía regresar de inmediato así que, en lugar de tomar el camión de regreso, opte por caminar los 8 ó 9 kilómetros que separaban la escuela de la casa. Para mí fue tanto un reto como una aventura, porque en aquel entonces era un chico regordete sin nada de condición física pero, a mi paso tranquilo, llegue a casa, sudado pero feliz de mi logro.

Hablando de caminatas largas, hubo un día en la Uni en la que salimos temprano, debido a que eran exámenes semestrales. Cuando eres más joven y no tienes mucho dinero que gastar, lo que más te sobra es tiempo, así que un par de amigos y yo optamos por irnos caminando desde el Paseo Bravo hasta la Capu. Esa caminata la recuerdo con mucha añoranza, porque eran compañeros con los que platicaba muy poco y, en aquella ocasión, recuerdo que el diálogo fluyó muy padre, es más, ni me dí cuenta cuando llegamos a la terminal para que cada cual tomara el autobús de regreso a casa.

El autobús, ese lugar en donde leí tantos libros, historietas y apuntes. El lugar en donde descansaba cuando regresaba agotado o cuando viajaba muy temprano. Cuántas madrugadas silenciosas dormí mientras el autobús me llevaba de Texmelucan a Puebla para llegar a mi clase de 7am. Era muy padre encontrarte a algún amigo de prepa y, aunque iba en otra universidad, nos poníamos a charlar como si apenas hubiésemos tenido clases juntos el día de ayer.

Una vez, en mi camino a clase de siete, estaba ya en el camión rumbo a Puebla, acostumbraba sentarme en el primer asiento, justo detrás del conductor. De pronto veo que sube una chica súper guapa ¡y me saluda efusivamente! “¡Hola Hebert! ¡Pero qué sorpresa tan agradable encontrarte!” a lo que desconcertado respondí “¡Ay! ¡Hola! ¡No te había reconocido!” Y de hecho no la reconocí gran parte del trayecto.

Afortunadamente las mujeres son más elocuentes que los hombres, así que no fue necesario que dijera más que unos cuántos “¡Aja!” “¡Vaya!” “¡No me digas!” en lo que ella me ponía al día de su vida universitaria. No estaba poniendo atención a todo su parloteo, sólo una pregunta rondaba en mi cabeza “¿Quién demonios es esta mujer?”

De pronto uso una expresión o dijo una frase característica y ¡la reconocí! “¡Gina! ¡Eres Gina!”, como estaba tan concentrada en su monologo, la tomó por sorpresa mi inusitada expresión de júbilo, así que no notó que recién la había reconocido (Se había puesto pupilentes de color azul, se había pintado el cabello de negro y vestía distinto a su estilo habitual). Cuando llegamos a la terminal, se despidió diciéndome “Vaya Hebert ¡No recuerdo que hayamos platicado tan bien en la Prepa!” a lo que respondí mentalmente “Pero si casi no dije nada” ¬_¬U

Vamos más atrás, como buen ñoño, en la primaria me tocaba estar en la escolta de la bandera, aunque eso sólo fue un año, porque después se puso de moda sólo poner a mujeres. Me gustaba estar en la escolta, pero no era  orgullo por la tela tricolor, lo que más me gustaba era utilizar un saquito que tenía para la ocasión. En aquel entonces no lo reconocía, y me quejaba amargamente con mi madre por tener que usar saco y corbata. Ya de adulto me dí cuenta que me gusta vestir así, pero fueron necesarios unos cuántos años para aceptarlo.

Volvamos a Prepa. Como ya trate en otro escrito, jugué Basketball en segundo año con un equipo mediocre llamado “Los Vampiros”. Ya comenté mi anécdota más preciada con dicho equipo pero hay otras dos que quisiera compartir. Muy al estilo del “All Star Game”, en Prepa se organizaban unas competencias de habilidades del basketball, pero como nadie la clavaba y no había gran talento, pues se reducía a un torneo de tiro de tres puntos.

Me anote en dicho torneo, el cual se realizaba frente a toda la escuela. Recién habían pasado algunos otros chicos con resultados deplorables: de 20 tiros habían acertado dos, alguno tres y hubo quien se fue en cero. Hacer el ridículo frente a toda la escuela no era una opción, así que intente concentrarme. Trate de hacer un tiro elegante en el primer disparo ¡y ni la llegue! Lo cual ocasionó la risa comunitaria, al segundo tiro le puse más fuerza ¡y la volé! Sobre mencionar que el estrés ya había hecho mella en mí y fallé los siguientes 17 tiros, hasta que sólo me quedaba uno. Así que me concentré, ignoré a todos ¡y encesté! Sé que fue un espectáculo deprimente (el que ganó tuvo cinco encestes), por lo que muchos se burlaron de nosotros, pero el hecho de ser el centro de atención de todo la preparatoria te impone bastante, por lo que esa canasta me supo a gloria.

Pero no se compara a la canasta que más satisfacción me dio. En esos años tomaba clases particulares de inglés y, fiel a mi costumbre, me enamoré de mi maestra que, casualmente, era la hermana mayor de una de mis compañeras. Un día tuvimos un juego nocturno, por lo que las mencionadas hermanas fueron a vernos. No sabía que estaban presentes pero cuando recibí el balón, por alguna razón, voltee y la ví, entonces me inspiré y lancé un tiro de tres puntos ¡y encesté! ¡Frente a sus ojos! Creo que ése ha sido uno de mis momentos de gloria más grandes.

Regresemos a Primaria, entonces teníamos el concepto llamado “Cooperativa” en la que todas las familias cooperaban con algo para el consumo de los alumnos durante el recreo, y las ganancias iban para la escuela. Si no mal recuerdo mi mamá, a pesar de tener que preparar sus clases, se daba el tiempo para preparar unas flautas de papa que le quedaban buenísimas (o por lo menos así lo recuerdo).

La escuela se quedaba con gran parte del ingreso de dicha Cooperativa, pero como niños lo que más nos importaba era que a nosotros nos tocaba una cantidad al final del curso. Así que siempre sabíamos que nos tocaban como $30 pesos de los de ahora. En aquel entonces, como niño de primaria, eso era una fortuna, así que salía con mis amigos y nos sentíamos dueños del barrio, por lo que íbamos alguna tienda que normalmente no frecuentábamos y nos gastábamos nuestra fortuna en dulces. ¡Eso era felicidad!

No todos los momentos deben ser esplendorosos, a veces pueden ser muy íntimos pero significativos. Como ya comente anteriormente, en Secundaria era una especie de paria en mi salón. Un día, una de las chicas más populares y guapas (Isela) estaba fascinada con un chiste malísimo que le había contado su papá, así que se la pasó torturando a todo el salón con el mismo.

Como ya no tenía a nadie más a quién contárselo, se atrevió a dirigirme la palabra y me dijo: “Hebert, ¿Sabes cuál es la Capital de Ecuador?” Obviamente sabía cuál era la capital de Ecuador, pero sabía que el juego no era así, así que le pregunte que cuál era, a lo que me contestó con profunda gracia infantil “¡Quito y no te doy!” y salió corriendo con una risa divertida de regreso con sus amigas.

Sé que su acercamiento fue motivado por la necesidad de contar su chiste, no tanto por mí. Pero ése fue uno de los pocos momentos bonitos que tuve en Secundaria, a pesar de que el chiste era pésimo, me sacó una sonrisa, por el hecho de sentirme un poco apreciado en una época en que nadie más lo hacía (ni siquiera yo mismo).

A pesar de ser ñoño, también tuve calificaciones propiciadas por la buena o la mala suerte. Recuerdo dos anécdotas en Biología y otra en Física en la Preparatoria. Empecemos con la sencilla. Física era de mis clases favoritas, en verdad la adoraba, mis amigos se peleaban por sentarse a mi lado y que les explicara las tareas. Cada vez que había examen, ellos temblaban y yo estaba muy tranquilo. Hubo una ocasión en la que recibí mi examen con un 7 “¡Un Siete!” los ojos se me habían abierto de la indignación “¿Quién se había atrevido a cambiar mi hoja?” pero efectivamente era mi examen.

Cuando fui con el profesor me explicó que todo el planteamiento estaba bien PERO me había distraído y había tomado la unidad de medida como metros en lugar de kilómetros. Indignado le dije que me repitiera el examen, que no podía aceptar ese 7 por una tontería. Mis amigos creían que había enloquecido (para ellos un 7 era la gloria ¡y lo estaba despreciando!).

El maestro accedió a hacerme el examen de nuevo pero, para ponerme en mi lugar, me hizo uno bastante perro, uno que me llevo tres horas y no lo pude acabar (no por capacidad, sino por lo prolongado), Así que, al no terminarlo, me correspondía reprobar. Derrotado entregue mi examen, el maestro me dio un buen sermón sobre humildad y dejó mi Siete original. Aquella ocasión no fue divertida ni bonita, pero me dejó una lección sobre la humildad (que no aprendí muy bien, pero eso lo leerán más adelante).

A diferencia de la Física, detestaba la Biología, era una materia que no disfrutaba. Obvio también sacaba 9 y 10, pero no con la facilidad que otras materias. Hubo un examen mensual que era de opción múltiple, eran 60 preguntas y las 60 respuestas estaban en una hoja aparte. El examen era “fácil”, sólo había que hacer pares. ¡Ajá! El problema es que había conceptos muy similares y no era tan sencillo.

Cuando se nos anunció que quedaba un minuto, aún tenía 10 respuestas sin seleccionar así que en un ataque de pánico (esos a los que mis compañeros estaban acostumbrados pero que eran desconocidos para mí), seleccione al azar las 10 respuestas y entregue mi examen. Cuál fue mi sorpresa al ver que obtuve un 9, en un examen muy complejo así que, cuando lo revise, me dí cuenta que le había atinado a las últimas 10 respuestas. ¡Esa fue la diferencia entre un 7 y un 9! :-)

Por alguna razón, a ese profesor de Biología le caía bien, aunque tenía formas raras de demostrarlo. Al inicio del examen final me dijo: “Hebert, toma $20 y veme a comprar unos cigarros Baronet” ¿Por qué recuerdo la marca? Porque no la encontraba por ningún lado, busque y busque y nadie vendía los mentados Baronet, y estaba desesperado porque mi tiempo de examen corría. Regrese sin los mentados cigarros, y él simplemente me dijo “¡Quiero mis Baronet a toda costa!” ¡Demonios!

Así que fui a recorrer más tiendas con la angustia que me embargaba. Ya habían pasado 90 de los 180 minutos del examen, así que ya estaba en un ataque de nervios, por lo que le pregunte a un tendero “¿Cuáles son los cigarros más parecidos a los Baronet?” El me dio unos Viceroy y regrese corriendo a la escuela. Cuando le explique al maestro mi desventura, me empezó a tranquilizar, me palmeó la espalda mientras me decía “¡Está bien! También me gustan los Viceroy. Ya puedes irte a tu casa, ¡Estás exento!” Así que, sin saber muy bien qué demonios estaba pasando, me fui a casa ante la mirada atónita de mis compañeros ante un examen que estaba muy perro.

Volvamos a la primaria. Cada fin de año, nos tocaba pintar y lijar nuestras bancas, para que los alumnos que venían detrás de nosotros encontraran el mobiliario en buenas condiciones. Este proceso era divertido porque lo hacíamos todo el salón al mismo tiempo, así que nos ayudábamos bastante, ya que algunos eran buenos para lijar y otros para pintar. Recuerdo ese ambiente de camaradería y me pregunto dónde demonios quedo en el mundo actual (Ya sé que empiezo a sonar a viejito cascarrabias, pero no lo puedo evitar).

Creo que el único año donde no fue divertido fue en Sexto, ya que esa significaba nuestra última actividad juntos, por lo que nos tardamos más de lo habitual, en un tierno intento de posponer lo inevitable. Cuando la maestra vino a apresurarnos nos pusimos a llorar como los niños inocentes que éramos, porque sabíamos que era el fin de nuestra primaría (una de mis épocas más felices). La maestra se conmovió y nos dejó estar un rato más juntos, pero al final vino a finiquitar el asunto con todo y lágrimas (tanto nuestras como suyas).

Regresando a Prepa, época en dónde formaba parte de los “populares” (aunque simplemente era el Patiño), en tercer año nos tocó clase de Arte, la cual era excelente porque nos dejaba pintar como niños de Kinder, pero lo mejor vino en el último semestre, ya que la profesora nos dejó un trabajo de investigación de los estilos de las Iglesias en Puebla.

Esa tarea fue maravillosa, ya que significaba ir a la gran ciudad (a comparación de San Martín Texmelucan, Puebla es una Megaurbe) en una especie de excursión ¡pero sin maestros! Esos viajes eran excelentes, obviamente nos íbamos bien temprano, para que nos rindiera más el día, hacíamos las visitas e investigaciones mínimas necesarias y el resto del tiempo nos la pasábamos deambulando por el Centro, el Paseo Bravo, la Avenida Juárez y todos los lugares “bonitos” que nos recomendaban los hermanos mayores de mis amigos.

Ahora que vivo en dicha Ciudad, veo que nos fascinábamos con nada, pero en aquella época era muy especial, porque estábamos la bolita de amigos juntos, conociendo los territorios que en un semestre más iban a ser los nuestros (de hecho mi Universidad la curse en la zona del Paseo Bravo). Fueron cuatro o cinco viajes que fueron la delicia de la Prepa: llenos de bromas, de risas, de comidas, de relajo durante la travesía y de tanta buena onda que tan sólo de escribir este párrafo me saco una sonrisa auténtica.

Si no mal recuerdo, sacamos algo así como 8 en nuestro trabajo de investigación, pero creo que a nadie le importó, porque si hubiésemos sacado 10, hubiese significado que hubiésemos paseado menos y nos hubiéramos divertido menos, y eso no era justificable.

Vamos a cerrar este anecdotario con una de primer semestre de la carrera. Como materia de tronco común, teníamos “Lectura y Redacción”, ya que había muchos que en verdad lo necesitaban. Como siempre me ha gustado leer y tengo facilidad para escribir, siempre fui la estrellita del salón, entregando los ensayos mensuales de manera puntual y excelente. Estaba tan confiado por mi amplia superioridad contra el resto, que deje el trabajo final para el último momento . . . y eso me pesó bastante.

Tenía que hacer un gran reporte de los temas sobre los que escribí en el semestre y al confiarme, el tiempo no me alcanzó. Todavía estaba escribiendo a máquina en la madrugada del día de la exposición, pero ni así acabe. Así que en la cuartilla final me confesé y admití mi egolatría y que merecía reprobar (¡Yo! La estrellita del salón iba a reprobar para regocijo de todos los mediocres que me odiaban por disfrutar la clase).

Así que llegue trajeado, porque era una presentación ante todo el salón, con el trabajo incompleto engargolado y dispuesto a confesar mi falta. Fui directamente a hablar con la profesora, pero ella me dijo “¡Ahora no Hebert! Vamos a empezar con la presentación” y así fueron pasando uno a uno (éramos como 60 en aquella clase).

Nos llevamos 4 horas entre todas las presentaciones, por más que intentaba hablar con la profesora, no me dejaba. Conforme iban exponiendo, la maestra les daba su calificación y se iban retirando. Al final sólo quedamos tres personas, a las cuales nos dijo: “Ustedes fueron mis mejores alumnos, así que no necesito que me entreguen sus trabajos, porque sé que son excelentes, los tres tienen 10. Pueden retirarse” Hice mi mejor esfuerzo para fingir solemnidad y retirarme de inmediato. En verdad que hay ocasiones en que mi suerte me ha salvado de muchas malas pasadas.

Seguramente nuestros recuerdos importantes son los más trascendentales de la vida, sin embargo, hay muchos pequeños que no significaron tanto pero no por ello dejan de brindarte felicidad. Pequeñas felicidades que hacen que la vida sea más placentera, tal vez no notemos en el momento que somos felices pero, cuando uno voltea y recuerda con añoranza esas anécdotas, uno se da cuenta que en realidad fueron muy buenas épocas.

Hebert Gutiérrez Morales.

1 comentario:

GUILLERMO ESTUDILLO dijo...

¡ Vaya,es muy bueno, ser estudiambre,es formativo,y motivador para soñar en ''tener''
Yo siempre fui hijo de la señora que regenteaba la casa de huéspedes, y no pasé esas tribulaciones, por lo que siempre fui hiperhuevon .Hablo de la etapa universitaria , de la primaria secundaria , prepa leáse los sesentas y la vida te alcanzó.
Me hizo recordar algunos pasajes de mi niñez y juventud -nostalgias escolaresñ