lunes, 29 de julio de 2013

Máscaras (Lectura 1: La políticamente correcta)

Recibo mucha retroalimentación de estos escritos, algunos vía Blog o Facebook, pero la mayoría son via mail o de manera personal. Uno de estos últimos fue el detonante para el presente escrito hace ya más de dos años.

Durante una comida, mi amigo El Chaparro (conocido en los bajos mundos como “La Perra”), criticó mi estilo, diciendo que le gustaba pero el que ahí escribía no era yo. Obviamente para que me dirija a alguien como “La Perra”, quiere decir que tengo una comunicación “algo” inhumana con dicho individuo pero ¿cómo demonios se puede ser humano con una perra como él?

Me defendí alegando que el que escribe soy yo aunque, como era su punto de vista contra el mío, no lo pude convencer. Analizando posteriormente mis textos, no me cabe la menor duda: el que escribe soy yo, o por lo menos uno de mis “yos”.Recordé mis clases de alemán, en donde me decían que el idioma escrito no es el mismo que el hablado por lo que, tal vez, hable de una manera y escriba de otra.

Constantemente soy juzgado, todo el mundo tiene expectativas de cómo debería proceder ante diversas circunstancias (atuendo, forma de relacionarme, forma de correr,  finanzas, trabajo, etc.). Hay ocasiones en las que me siento apachurrado por la falta de aceptación pero, después de un tiempo, me repongo y sigo siendo el mismo de siempre (aunque eso no signifique que esté en lo correcto). No creo ser falso al escribir, sólo es otra de mis facetas y no necesito “escribirlo sin parar como si estuviera haciéndome una chaqueta hasta venirme” como me retó la Perra que escribiera (servido YFB).

Nuestra persona se compone de la imagen que tenemos de nosotros mismos y además de la que cada ser externo nos percibe. Estoy seguro que mis compañeros de trabajo no han visto facetas mías que les resultan muy familiares a los del mundo salsero y estos no conocen características mías que sólo conoce mi familia. Los humanos adoptamos distintas máscaras a lo largo de nuestra vida, de acuerdo al entorno en que nos desenvolvemos, las circunstancias y las conveniencias.

           “La conducta humana está condicionada en función a la opinión de la mayoría, no por la verdad” – Hebert Gutiérrez Morales.

Y ahí radica la necesidad de las máscaras: ser aceptados. Tratar de llenar las expectativas ajenas y propias de lo que deberíamos ser, sin importar que nuestra esencia sea distinta. Tememos ser rechazados, todos queremos ser amados, queremos ser “buenos” y populares. A nadie le gusta ser un paria de la “reputada” Sociedad.

Muchas veces, de manera tonta, he intentado cambiar mi esencia porque mis cualidades no son valoradas en el ambiente en dónde vivo. Como comente en “La época más oscura de mi vida”, al compartirme tan desinteresadamente con el mundo, recibí muchas reacciones violentas, por lo que entendí que no hay que darle rosas a los cerdos. Esos reveses morales por un entorno al cual no estaba acostumbrado, me hicieron desarrollar máscaras para adaptarme al medio: tengo una de crueldad, otra de frivolidad, otra de indiferencia y frialdad.

Con el uso de las máscaras voy “certificando” la valía de las personas y les permito conocer mi esencia, así me abro de manera segura, porque sé que no se van a aprovechar. Es factible que esté traumatizado desde la Secundaria, pero este accionar me ha resultado muy útil y provechoso, lo malo es que luego se me olvida quitarme el personaje cuando estoy en ambientes seguros.


Me parece increíble que dichas máscaras me hayan hecho popular, porque son características que la gente crítica pero que les resultan muy atractivas. Me han sido tan útiles y productivas que me han valido la admiración y respeto en una sociedad que admira al cruel y que desprecia al noble; sin embargo no respeto a esos individuos, porque han demostrado que una pose tan cuestionable es más valiosa que una nobleza auténtica.

            “¿Por qué ocultamos algunas cosas a los demás? ¿Será porque, en el fondo, todos tenemos el mismo miedo básico: el temor a que finalmente nos descubran?” - Douglas Kennedy (“El momento en que todo cambió”)

¿Somos falsos? Es factible, ya que resaltamos partes de nuestra personalidad según nuestros intereses que, a fin de cuentas, es parte de nuestra esencia. Obviamente hay ocasiones en que tomamos prestados algunos roles y ahí se puede hacer evidente nuestra falsedad. ¿Acaso no podemos ser 100% auténticos? Creo que sí: en momentos de soledad, sin nadie alrededor que nos juzgue (las mascotas no cuentan, ya que nos aceptan tal cual).

La mayoría cree que soy esas facetas, pero se dan cuenta del error cuando leen algo mío (no discrimino a quien quiera leerme), porque les parece increíble que pueda escribir los mermeladazos que llego a publicar. Me preguntan a quién se los copio, ya que les resulta extraño o desconocido lo que comparto en el blog. No conciben que pueda tener cosas buenas, se dejan engañar por las cosas malas que utilizo para protegerme. ¿De quién me protejo? De todos aquellos que no tienen belleza en su alma, por lo que destruyen la ajena.


¿Soy fantoche? No lo sé. No niego las etapas en que la máscara se ha apoderando de mi, pero ya no me preocupo: Aprendí a diferenciar la esencia de las máscaras, éstas sólo maximizan aspectos que sí tengo, pero usados como defensa de mi esencia, no como ofensiva. Lo auténtico sólo lo comparto mis verdaderos amigos, esos en los que también existen esas virtudes y manejamos una calidad moral alta para la sociedad (ojo, no somos mochos, sólo tratamos de hacer lo correcto); mismos a quien quiero, valoro y mantengo al alcance para poder ser yo mismo cuando he abusado de los personajes que he moldeado

Una amiga me pregunto una vez: “¿Dónde quedo ese Hebert bondadoso al que todos queríamos y que era amable?” naturalmente estaba pachequeando, como lo hace la gente al idealizar el pasado, así que le recordé: “Creo que te refieres al Hebert al que a todos daba hueva y se aprovechaban de él, ¿verdad?” Le recordé que, cuando nos vemos fuera del trabajo, ha visto mi auténtico ser; así le quedo claro. Al igual que ella, muchos piensan que soy la máscara por el prolongado tiempo que la uso.

           “Era un lugar en donde la gente intentaba no mostrar indecisión, y se unió al desfile de personas decididas y resueltas con esa pétrea expresión urbana que parecía servirles de armadura frente a los demás, de modo que todos los que viajaban eran como una pequeña isla emocional, anclada interiormente, que no iba a la deriva flotando, sino que se movía de modo constante en una corriente diferenciada y reconocible. Él, por otro lado, carecía de rumbo pero disimulaba” - John Katzenbach (“El Psicoanalista”)

Alguien más me dijo en la oficina: “Es que eres más agradable de manera escrita que en persona”, pero también ha tenido oportunidad de platicar conmigo de manera tranquila y también ha visto algo de mi parte auténtica.

Todavía hay muchas personas valiosas por conocer y espero tener el tiempo para que conozcan mi realidad, aunque no sea tan atractiva como las mascaras crueles con las que me desenvuelvo en mi vida cotidiana.

Deje de ver “Los Simpson” desde hace muchos años, todo porque los actores de doblaje originales cambiaron y ya no fue lo mismo. Recuerdo el capítulo en que un motivador le dijo a todo Springfield que debían ser auténticos como Bart y hacer lo que les viniera en gana. Obviamente el pueblo se volvió un auténtico caos. Es difícil o, mejor dicho, imposible ser auténtico todo el tiempo; las únicos seres humanos 100% honestos y reales son los bebés, pero eso lo van “resolviendo” los padres, la sociedad, los familiares y demás entes corruptos con los que el infante tiene contacto, porque los empiezan a moldear, a uniformar a prejuiciar y a prepararlos a ser como el resto de acuerdo a los cánones establecidos y políticamente “correctos”.

Aunque sea imposible ser auténtico todo el tiempo, eso no justifica que seamos falsos permanentemente. Siempre hay ocasiones en donde hay que comportarse de una manera de acuerdo al lugar y tiempo en el que estamos, por así convenir a nuestros intereses, pero no es sano usar mascaras constantemente, por nuestra salud personal y espiritual, debe haber momentos en donde descansemos, bajemos la guardia y sólo seamos nosotros mismos sin forzar a comportamientos fingidos. Diariamente debemos tener un espacio para sólo ser nosotros, tomar esa bocanada de aire fresco después de estar tanto tiempo en un ambiente viciado como lo es la sociedad y sus ceremonias.

Tengo muchos medios para expresar mi autenticidad, como mis verdaderos amigos, mi terapeuta, mis clases de salsa y este mismo blog que me permite expresarme sin trabas.

           “Las personas vivimos tanto de grandes y pequeñas mentiras como del aire. Si fuésemos capaces de ver sin tapujos la realidad del mundo y nosotros mismos durante un solo día, del amanecer al atardecer, nos quitaríamos la vida o perderíamos la razón” – Carlos Ruiz Zafón (“El Juego del Ángel”)

Uno debe ser leal a sus principios y ajustar las mascaras de tal manera que no nos sean agresivas.  Controlo a mi máscara y no al revés, no temo desnudarme en este blog, ni en este texto ni en los anteriores porque, a fin de cuentas, nadie a quién no quiera verá mi verdadero ser en persona, si no pasan mi escrutinio o reglas, sólo se encontraran con alguna de mis mascaras de protección y tendrán que conformarse al sólo conocerme realmente de manera escrita.
           
Ya son algunos los que me han dicho que mi faceta escrita es distinta a la que muestro en el trabajo pero, también es cierto que lo que muestro al escribir (siento yo) es de lo más auténtico que tengo en mi ser. Lo mostrado en mis ensayos a muy pocas personas les permito verlo “en vivo”, tal vez por el ambiente en el que viví, además de que en el trabajo no se puede bajar la guardia pero, les puedo decir que en clase de Salsa soy totalmente distinto de cómo soy en la oficina.

De ahí vienen las mascaras, y es que uno las va formando de acuerdo al ambiente en donde se desarrolla. Por eso mismo el blog es muy sui géneris para mí, a pesar de que está abierto a todo el público y me “desnudo” ante todo el mundo, también es una manera de abrirme a nadie que no sea yo mismo. Escribo para mí, lo que siento en el momento, las ideas que tengo que expresar y lo que quiero que se sepa por el mayor número de consciencias posible. No se lo estoy contando a nadie de manera directa, hay quienes me leen y hay quienes me envían sus comentarios.

Es maravillosa esta posibilidad que te brinda el Internet: uno se puede abrir totalmente al no sentir el contacto directo y expresarse tal como es; también está el otro lado, el de las personas que, al no ser vistas, pretenden ser lo que quisieran ser y que, tal vez, nunca serán.

Muchos me han dicho que les llama la atención la forma en que escribo. Hay quién me recomienda que no sea tan honesto, tan abierto, tan íntimo o tan exhibicionista (como mejor me perciban). Es factible que tengan razón, pero hay un motivo para escribir así, el cual me resulta muy útil, mostrar mi alma, ser, pensamientos o esencia, y es que destruyo las imágenes preconcebidas que tienen mías.

           “Nos inventamos un personaje ideal que posamos como meta, y nos agitamos toda la vida tratando de convertirlo en nuestra máscara.” – Alejandro Jodorowsky

No me interesa construir o mantener una imagen con nadie, si me van a querer, odiar, aceptar, rechazar, criticar o alabar va a ser por lo que soy o pienso, y no por lo que creen, o quieren, que piense o sea. Llego a molestar a algunos y agradar a otros (también lo recibo en la retroalimentación) pero, por lo menos, esas opiniones son por mi auténtico ser.

Por eso mismo les suelto escritos llenos de miel como “Dori y Osa” o “Doña Marina”, y luego les suelto otros bastante ácidos como el de “De niño mocho a adulto ateo” o “El amor acaba”, y es que quiero destruir imágenes preconcebidas, que me conozcan por todas mis ideas y no sólo por las que les agraden u odien, porque soy todo lo que mis escritos reflejan, tanto bueno como malo.

Durante una cena, coincidimos con un grupo de universitarios, dentro de ellos había una chica bastante atractiva pero muy polluela, y en ella se fijo uno de nuestros practicantes, así que se empezó a aplicar. Le empezó a echar el choro “Trabajo en Volkswagen, somos una gran empresa, y yo me quede con su puesto, el cual me ocasiona mucho estrés y bla bla bla”.

Normalmente lo hubiera desmentido de buenas a primera con un “¡No manches! ¡Pero sólo estás haciendo prácticas! Y sólo te faltan dos semanas para seguir tu camino” pero estaba tan pasmado por la seguridad o cinismo con el cual se expresaba, así que opte por dejarlo con su mentira, a ver hasta dónde llegaba, a fin de cuentas la chica era foránea, iba con sus amigos y se regresaba al siguiente día.

           “La negación va acompañada de la suposición de que es sólo una mentira de conveniencia para ser adaptada en algún momento posterior, cuando se ha negociado una verdad aceptable” - John Katzenbach (“El Psicoanalista”)

Pero este muchacho, que recién rebasaba de la veintena de años, no se pone a pensar en que si quisiera frecuentarla, ¿acaso iba a seguir con la mentira que trabajaba en VW? ¿Durante cuánto tiempo estás dispuesto a sostener esa falacia y las que sean necesarias para mantenerla?

Recuerdo que durante toda la adolescencia y gran parte de mi adultez, también caía en esas actitudes mitómanas, con tal de parecer más interesante o menos burdo. Ésa es una ventaja de pasar de los 30 años, porque se reduce considerablemente la necesidad de pretender ser algo que no eres o, por lo menos, ése es mi caso y el de muchos de mis amigos.

Por lo mismo, veía con el deleite que tiene un investigador al ver el comportamiento de ratones, cómo el muchacho éste se sentía soñado de decir que trabajaba en una gran empresa, mientras captaba la fascinación de una muchachita ilusa que se tragaba todas sus mentiras. Lo que más me sorprendía era la sangre fría para mentir tan alegremente en mi presencia, sabiendo que en cualquier momento lo podía desmentir. Me apena admitir que igualmente actúe con la misma fantochería en muchas ocasiones cuando era más joven.

Me sorprende cómo las personas compran totalmente las máscaras que he diseñado ya que afirman, de manera categórica, que soy o no soy de cierta manera. Nuestra personalidad está compuesta por cuatro partes: la que nosotros y los demás vemos, la que los demás ven de nosotros mismos pero no nosotros, la que nosotros sí vemos y que los demás no, y lo que ni no nosotros ni los demás perciben. A excepción de la última, nuestra imagen también debe de estar formada por opiniones propias y de los demás.

           “Todo el mundo tiene algo que prefiere no revelar. Por eso nunca llegamos a conocer verdaderamente a nadie, ni siquiera a los que tenemos más cerca” - Douglas Kennedy (“El momento en que todo cambió”)

La mayoría de los que están alrededor mío creen que soy de cierta forma, se dejan engañar por las etiquetas que me impongo y las máscaras que vendo. Sólo un número mínimo se da cuenta del engaño y ha aprendido a visualizar mi auténtica esencia. Algunos lo saben porque me conocen de otras épocas, así que no se dejan timar por esta máscara que diseñe poco más de un lustro atrás.

En realidad no me debería preocupar que la mayoría me clasifique de alguna manera, lo que me está preocupando es cuando yo mismo me la empiezo a creer, esos momentos en los que disfruto tanto al personaje que me vuelvo demasiado cínico, cuando me torno imprudente e impertinente, momentos en los que me digo a mí mismo “Hebert, ¡tú no eres así! ¡Es un simple personaje!” o tal vez es lo que quiero venderme porque el gozo que siento interpretando el personaje es auténtico.

Pero voy a dejar algo para la segunda entrega de este tema, versión que va a ser más radical y, creo yo, profunda.


Hebert Gutiérrez Morales.

3 comentarios:

Yoghurt McCloud dijo...

Al final, nos guste o no todos utilizamos máscaras, todos necesitamos de una ínfima barrera para no presentarnos desnudos ante la sociedad... es lo que se nos enseña desde que nacemos y nos envuelven en ropa.

VENEZUELA dijo...

en un comentario anterior te dije que escribir para mi seria mentir, de alguna manera, pero despues de leer esto me pones a pensar en lo que somos en realidad, somos lo que nos reservamos o lo que mostramos? porque no escribir lo que pienso o siento? porque no concuerdan con lo que muestro dia a dia? quizas lleguen a pensar de mi lo mismo "no eres tu quien escribes"

Hebert Gutiérrez Morales dijo...

Al final mostramos lo que queremos o nos conviene mostrar, si todos fuésemos honestos sería un mundo totalmente distinto, no sé si mejor o peor, pero sí distinto. Al final tenemos tantas facetas como personas conocemos, yo puedo ser el más lindo del mundo o ser el hijo de perra más desgraciado según con quien me encuentre, las circunstancias y mis intereses, y eso creo que aplica para todos los humanos.