viernes, 22 de noviembre de 2013

La pulsera que no llegue a entregar (el verdadero Adiós)

            Estaba tomando mi clase del Miércoles en Rumba Mía cuando, de repente, noté el anuncio de un evento salsero. Hay muchos de estos en la academia pero el que me llamó la atención tenía algo o, mejor dicho, alguien a quien reconocía: uno de los amigos de la mujer que me ha traído de un ala los pasados nueve meses.

            No lo niego, me sentí afectado por el poster y es que recordé que la última vez que nos vimos en persona mi Musa y yo, fue para pagarle un dinero a su amigo. Me pasé el resto de la clase ignorando el anuncio, pero el mal ya estaba hecho y no disfrute el baile, de hecho me la pase pensando que debo de cambiar de ritmo porque, mientras siga yendo a una escuela salsera, invariablemente voy a ver algo o alguien que me recuerde a mi amor frustrado.

            Durante estos nueve meses que he amado a esta mujer, algo definitivamente ha cambiado en mí: las horas de sueño. Entre salidas a bailar, desvelos escribiendo, platicando frente a su casa a media noche, chateando a la distancia, llorando en la soledad de mi casa e  inclusive corriendo a horas inapropiadas, mi organismo ha cambiado y ya son pocas las veces que duermo mis ocho horas.

            Sé que con el paso de las semanas, mi reloj biológico va a ir recuperándose y, eventualmente, volveré a mis hábitos nocturnos ñoños y aburridos. Por lo mientras duermo menos, tengo el sueño entrecortado y, sin querer queriendo, checo el Smartphone “sólo por si las dudas” me digo de manera inocente (y es que el mentado aparato lo compré para estar más cerca de ella). Es más, casi nunca oigo el despertador porque suelo levantarme mucho antes de la hora en que tendría que sonar.

            A pesar de esos pésimos hábitos de sueño, desde que me despedí de mi amada, he tenido sueños muy vívidos o, expresándome de mejor manera, recuerdo vívidamente mis sueños porque todos los días soñamos, pero no quiere decir que siempre nos acordemos.

            Lo curioso de estos sueños es que las protagonistas son distintas de mis amigas del trabajo, pero no vayan a pensar mal, ya que todos los sueños son escenas cotidianas con la peculiaridad de que siempre acabo siendo apapachado por ellas para mitigar mi dolor.

            En fin, el Jueves me levante temprano a correr, así que tome el chocolate que iba destinado a mi Musa para regalarlo a alguien más pero eso lo comentaré más adelante.

            A diferencia de hace 11 años, la otra ocasión en la que realmente me enamoré, ahora tengo una actividad que me ayuda mucho a reflexionar, como lo es el correr. A pesar de que había Luna llena, el cielo estaba nublado, así que mi corrida fue por caminos muy oscuros.

            Muchas veces me han dicho que es arriesgado correr en las madrugadas pero, siendo honestos, nunca he tenido miedo de que algo me pase y es que, creo, nunca he valorado mucho mi vida y, en estos días, creo que ese sentimiento se ha agudizado.

            Mientras corría por la oscuridad externa, anhelaba la interna “¿Dónde demonios quedó el Hebert oscuro?” Sé que suena estúpido, pero en verdad extraño mi parte más negativa y ácida, ésa que salía a enfocar todo el dolor interno a través de la amargura e ira que tenían que soportar los pobres seres que se cruzaban por mi camino. Por un lado, al ser exponencialmente más sarcástico, cínico, jodón y directo que en años anteriores, creo que esa parte de mí dejo de estar guardada y se integró a mi personalidad pública. Por el otro lado, creo que fui “vacunado” con una dosis de dulzura y amor por parte de mi amada, y ya no puedo volver a ser ese engendro de maldad que emergía cada vez que entraba en un proceso de duelo.

            Sé que debería sentirme agradecido pero, cuando estaba meditando sobre todo eso, más bien me sentía abandonado por mi mascara de crueldad, esa misma que me acompañó durante tantos dolores en el pasado.

            En fin, mientras me acercaba a la pirámide de Cholula, recordé que iba con un chocolate en la mano. Me entristecí al recordar que el mismo iba a ser para mi Musa pero, al despedirme de ella, tenía que empezar a sacrificar los últimos vestigios de mi amor no correspondido. Y es que siempre que podía le daba algún detallito: un chocolate, un helado, un ride, un llavero, alguna galantería o cualquier cosa que me permitiera consentirla. Eso sin contar que siempre le traía algo de los viajes que hice durante este año.

            Como parte de mis medidas del duelo está el regalar un chocolate alemán y una pulsera artesanal que la iba a dar la siguiente vez que nos viéramos, ocasión que nunca llegó. De haber sabido que la última vez que la ví fue esa que le di aventón a clase, la hubiera abrazado tan fuerte que nunca la hubiera dejado ir, pero así es la vida, muchas veces no sabes cuándo va a ser la última vez que vas a ver a alguien.

            Empecé a subir las escaleras de la pirámide, ví que estaba estacionada la bicicleta del señor que me da los buenos días, seguí avanzando y noté su suéter donde normalmente la deja pero, al ver el último tramo, ¡no lo vi! “¡Madres! ¿ahora qué hago?” Para lo dogmático que soy, ya tenía previsto entregar el chocolate y seguir mi camino pero, para mi tranquilidad, el señor empezó a bajar por las escaleras.

            “¡Buenos Días Jarocho!” me dijo con el clásico ánimo que le imprime el señor “¡Buenos Días!” le contesté “Tomé, le quiero regalar esto” mientras le entregaba el chocolate “¡Muchas gracias Jarocho!” decía mientras lo aceptaba tranquilamente. Como ni se inmutó, sólo me limite a decirle que estaba agradecido porque siempre me daba los buenos días y que eso me motivaba a seguir corriendo, pero venían más personas bajando y me ganó el pudor, así que hasta ahí deje mi discurso y me despedí.

            Estaba un poco frustrado, quería decirle lo útil que me resultó su saludo el Martes pasado, cómo me sentía, me hubiera encantado hablarle de la mujer que me tenía así, de lo maravillosa que es y de tantas y tantas cosas. Fu entonces cuando me hice consciente y concluí que estaba bien, que con haberle dado el chocolate y mi agradecimiento interno era suficiente, al final el señor nunca sabrá lo reconfortado que me hizo sentir dos días atrás en uno de mis momentos de dolor.

            Al avanzar en mi camino, me empecé a hacer consciente “¡Tienes que dejarla ir!” Sé que suena tonto, puesto que ya me había despedido pero, muy en el fondo, aún esperaba un último contacto. Pero eso es lo que me estaba hiriendo, el negarme a regresar a la normalidad, el negarme a dejar que pasen los días y que ella se vaya volviendo recuerdo y mis ilusiones a su lado guardarlos en el baúl de sueños rotos y desengaños. Es triste ¿saben? ¿Cómo puedo ser tan cínico para hacer eso? Y sin embargo, lo tenía que ser.

            Sin embargo, sí hubo el esperado último contacto.

            Los Jueves como con Camelia así que, mientras la esperaba, sonó el Whatssapp, el cual vi con toda tranquilidad y casi me da un paro cardíaco al ver que era mi amada. Me tomó desprevenido, así que necesitaba prepararme y fortalecerme sentimentalmente, además tenía una amiga neurótica que exige atención (aunque ahora a ella le tocó escucharme), así que le escribí a mi Musa que más tarde la atendía con toda calma y propiedad, lo cual aceptó.

Aunque a un nivel anhelaba volver a tener contacto con ella, honestamente, no esperaba que se fuese a dar. Ambos lo sabíamos, de hecho ella escribió “Sé que probablemente no debería estarte escribiendo” a lo que le conteste “No esperaba que escribieras pero, en realidad, me da mucho gusto que lo hicieras”.

            Pero, a diferencia de las películas, los libros, las novelas y tantas y tantas historias que nos hacen anhelar un final con un “Y fueron felices para siempre”, aquí no fue el caso, porque esto es la vida real.

            Nos despedimos.

            Ella entendió mis razones y yo entendí su postura. No hubo nada que recriminar, nada negativo que decir, sólo hubo buenos deseos, sentimientos auténticos, agradecimientos, algo de tristeza por la despedida pero, al final, así debía ser. Ambos teníamos una visión y expectativas diferentes de esta relación y, al final, alguien iba a salir lastimado.

            No voy a negar que se me salieron algunas lágrimas pero, a diferencia del sufrimiento de los últimos días, después de la despedida estuve muy sereno, muy calmado, no feliz, sólo tranquilo.

            De eso hablaba en mi escrito anterior, eso era lo que estaba esperando: a pesar de haberme despedido mediante una carta, faltaba una despedida directa, lo ideal hubiese sido en persona pero, me conozco, al verla me hubiera derretido y hubiera continuado con esta situación que no llevaba a nada.

            La tristeza de las separaciones es inversamente proporcional a la importancia de quien dejamos atrás, así que ésta tendría que ser la más triste y en una forma así lo fue, pero hubo algo distinto. Ambos, a nuestra manera, la pasamos muy bien en estos nueve meses, sin tener que ser novios, platicamos muchas horas y, por lo mismo, ya nos conocíamos: A ninguno de los dos nos gusta el sufrimiento, y por lo mismo nadie abrió la puerta al mismo, por eso optamos por una despedida madura sin dejar de ser tierna, cerrar de una manera positiva unos meses que jamás olvidaremos (por lo menos yo no).

            Mientras escribo esto, veo el último vestigio de mis sueños románticos: la pulsera. No es muy ostentosa, de hecho es sencilla, pero no le quita lo bonita. Cuando la vi, de inmediato pensé en mi Musa, aunque ya le había dado regalos más costosos, la pulsera me pareció ad hoc a su estilo y esencia. Por lo mismo no la puedo regalar a cualquier persona.

            Se la dí a alguien que supo toda la intención que traía ese regalo y que no se sintió ofendida porque le regale algo que no era para ella, alguien que entendió que se la dí como quien entrega algo muy valioso y que sé que la va a cuidar: Mi amiga Lesly, la cual me ha acompañado y apoyado en todo este proceso.

            Y con este pasaje, ahora sí, cierro esta etapa de mi vida. Ciertamente no tuvo un final feliz pero no por ello fue uno malo. Definitivamente ya no soy aquel Hebert que se levantó de su cama aquel lejano 14 de Febrero con una actitud de Grinch y que creía que ya nada importante podía pasarle, sin saber que ese día mi existencia iba a dar un vuelco inesperado al enamorarme de la mujer más maravillosa que jamás haya conocido.

            Tal vez no logré tener una relación romántica con mi Musa, pero lo intenté, vaya que lo intente. Pero, más importante que cualquier otra cosa: la amé, no me importaba que no sintiera lo mismo, tuve la oportunidad de amarla desde mi trinchera, desde mis anhelos, desde mis miedos, desde lo profundo de mi corazón y con una intensidad que había olvidado hace muchos años y que no pensé volver a experimentar.

            ¿Qué sigue en la vida? No lo sé y, honestamente, no me importa mucho. Me he dado cuenta que por más planes que haga uno, al final, vas a acabar en lugares inesperados guiado por caminos misteriosos.

            Muchas gracias mi querida Musa Na.Ni. siempre te recordaré.


            Hebert Gutiérrez Morales.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

animoo total la vida es corta ;). Mariana

miguel cañedo dijo...

Siempre te he reiterado por medio de los textos, lo agradable que es leer a ti Hebert, pues siempre tienes algo que contar, algo que compatir, algo sucede dentro siempre, aunque tu en ocasiones lo calles. Tengo una afición que conoces, redactar textos cortos que dicen poco, que son ya algunos y que al parecer siguen siendo poco aún, un germen, una semilla, una hoja.

Las cosas suceden, pasan planeadas o fortuitas, de lejos o en esa cercana bievenida, personas van y vienen, llegan y se despiden, te quedas con lo que tu quieres quedarte pero no con quien tu quisieras; Las situaciones como las personas llegan, a veces tarde, otras puntualmente y en normales situaciones no llegarán. Solo no te quedes ahí esperando, meditando, grincheando.

El chocolate cumplio su función, el Sr que lo recibio, la amiga que te acompaño, continua la tuya...

Anónimo dijo...

Querido Hebert, ésta es la actitud que hay que tener! Claro está que esto no te quitará el dolor y el sufrimiento, pero mientras tú estás avanzando y luchando por estar mejor (que vendrá, claro que vendrá), hay gente que se queda aferrada en el pasado, que guarda todos estos objetos en su casa como si de un mausoleo se tratara.

Conocí una persona que cuando hablaba de su ex (hacía ya más de 5 años que lo habían dejado), siempre decía "mi pareja" porque consideraba que sería la única, y también para "proteger" el recuerdo. Lo bueno fue que él no era consciente de ello hasta que se lo hice notar yo, preguntándole un día por el nombre de su ex, más que nada para facilitar la charla. Imagínate, si no dejó ir ni su nombre, qué no haría con las cosas materiales! No me estraña que aún estuviera sufriendo...

Muchos ánimos y quilómetros desde el otro lado del charco!!


Nuri

Hebert Gutiérrez Morales dijo...

Muchas gracias Nuri. Pues algo he aprendido porque, no tengo la menor duda, hace diez años hubiera tomado la misma actitud de la persona que mencionas. Creo que la tranquilidad que me queda es que hice todo lo que estuvo a mi alcance y hable claro, no me guarde nada y ni así la pude convencer. No estoy feliz pero estoy tranquilo y la paz interna es un gran tesoro en estas situaciones. Te mando un gran abrazo y gracias por tu tiempo al leerme y comentarme. :-)