martes, 13 de enero de 2015

El Pecado de la inocencia

            Estamos cuatro en la clase de Jazz: una señora a mediados de sus 40, una chica de unos 14 años, otra más grandecita de unos 20 y un servidor. Cuando Juan, nuestro maestro, hacía algunas bromas, las chicas se reían de manera más estruendosa, pero había una diferencia: la niña de catorce se reía con más intención, más ganas y más naturalidad que la mayor. En personalidad se ven parecidas, de hecho se ve que se llevan muy bien, ¿dónde radica la diferencia entonces? En los años o, mejor dicho, en lo daños.

            Tal vez con los años nos vamos haciendo más cínicos, a mí me pasa, y tendemos a obviar cosas que pasan a nuestro alrededor. Así que me di la tarea de observar mejor a estas niñas. De entrada la chiquilla te saludaba con una naturalidad y limpieza que resultaba renovadora, su vitalidad era diferente y el brillo en sus ojos también. A primera vista, su compañerita mayor tenía las mismas características, pero se notaba que ya había “vivido” un poco más. En una de esas le pregunte por el novio y, agachando un poco la cabeza responde “ya no tengo” con un dejo de melancolía. No fue necesario preguntarle a la otra chica, porque aún se veía muy niña y era obvio que aún no había conocido lo que es un corazón roto.

            Un par de semanas antes, me reuní con unos amiguitos del mundo Salsero que conozco desde hace siete años, en ese entonces tenían 14, 15 y 17 el hermano chico y sus dos hermanas mayores. Como los veo, de manera espaciada, tres veces al año, me son muy notorios sus cambios, sobre todo de la niña de en medio.

            Cuando los conocí, tenían un brillo en la mirada con el cual todos nacemos, pero el de la mediana era más notorio. A lo largo de estos años han pasado por situaciones no muy agradables que les ha hecho madurar pero a costa de ese brillo. Esta última vez que nos reunimos, note que el brillo se apagó por completo en la mirada de la mediana (el de la grande se había apagado hace un par de años) y del menor aún brilla tenuemente.

            Ciertamente en el mundo que se mueven, con tantas competencias y deslealtades, es una necesidad endurecerse un poco a costa de esa inocencia con la cual llegaron. Nunca les he mencionado lo del brillo en sus ojos que se ha ido apagando, porque ya es suficientemente duro lo que han pasado como para que todavía les haga evidente esta pérdida de pureza en su alma. Aunque admito que sí extraño a esos niños llenos de ilusiones a los que llevaba a comer las primeras veces (supongo que es lo que sienten los papás cuando ven que sus hijos dejan de ser niños).

Sin embargo, sí es posible llegar a los veintes con inocencia en el alma, y tengo dos ejemplos en el trabajo que lo corroboran (un hombre y una mujer de departamentos distintos) pero eso no quiere decir que sea precisamente bueno.

Ambos “chiquillos” (todos los menores a mí son unos chiquillos) vienen de familias muy decentes, con valores muy firmes y educación de primera calidad, y no porque fueran a escuelas privadas, sino porque supieron sacarle provecho a las enseñanzas que les dieron en la casa y en la escuela. ¡Ah! Pero hay un pequeño detalle, les ha faltado ir al mundo real.

Ambos resuenan mucho conmigo porque, aunque soy un jodón de primera, con ellos suelo ser muy respetuoso, paciente y hasta protector, por lo cual me han agarrado cariño especial, y más considerando el trato que les dan el resto de colaboradores a su alrededor.

Como trabajadores, sus respectivos superiores los aman, son súper eficientes y responsables; si yo fuese jefe, los contrataría con los ojos cerrados. Pero, fuera de los gerentes, no son precisamente muy populares o amados por el resto de gente a su alrededor.

Ambos son víctimas de un mobbing muy sutil pero constante en sus respectivas áreas y en ajenas. ¿Por qué? Sólo porque son “buenos” y “sanos”, porque no temen a expresar sus puntos de vista que, para muchos, resultan anticuados o irreales. Son tan únicos, que los llegan a cuestionar conmigo: “Es una mojigata” o “A mí se me hace que nos está tomando el pelo”. Como el León cree que todos son de su condición, en un mundo en donde la gente está acostumbrada a fingir, es difícil creer que alguien se exprese de manera honesta y abierta sin precaución alguna pero, me consta, estos dos son extraordinarias excepciones.

A veces me pregunto “¿Cómo le hicieron estos dos para llegar a esta edad tan ‘limpios’? ¿Acaso los tuvieron recluidos todo el tiempo en casa?” Por lo menos yo, en Secundaria, tuve un entrenamiento intensivo en naturaleza humana y en aprender a cuidarme del mundo, hay quien lo tuvo desde primaria o quien lo tuvo en Preparatoria pero, generalmente, uno no llega tan “sano” a la Universidad, ya no digamos al primer trabajo.

En fin, estas dos personas a las cuales quiero mucho, aunque a veces me saquen de quicio con su imprudente inocencia o me aburran con sus ñoñerías, son víctimas constantes de ataques por gente a su alrededor. De hecho luego me dicen “Pero no invites a Fulanita, porque me desespera su hipocresía” o, al contrario, luego me dicen “Pero invita a Sutanito, para que tengamos de quién reírnos”

A veces estos chicos se defienden de manera muy tierna, de acuerdo a sus posibilidades, y a veces ni se dan cuenta de la burla de la cual son objeto. Y todo por atreverse a ser inocentes cuando “se supone” no deberían serlo, como que ése es un privilegio exclusivo para la infancia y, si te va bien, para la pubertad.

“Los adultos se avergüenzan de su infancia como de su inocencia, y luego también de su juventud, porque lo más fácil, lo más cómodo y lo de mejor gusto es olvidar a tiempo lo que ya no se tiene” – Xavier Velasco (“Diablo Guardián”)

Bañándome encontré una analogía muy interesante al respecto. Cuando era niño, mi papá Antonio se bañaba con una esponja muy dura, que raspaba; las pocas veces que intente bañarme con la misma, me dolía mucho pero, por su parte, él se bañaba con toda naturalidad y se veía que lo disfrutaba. “¿Acaso es extraterrestre? ¿O en verdad es tan fuerte?” Esa pregunta se quedó sin responder por tres décadas, hasta hace un par de meses.

Recientemente vi una de esas esponjas duras “que raspan”. Desde mi último intento en la infancia las evite porque (obviamente) raspaban, pero ahora algo me hizo echarla al carrito. Al bañarme con ella no me sorprendió que raspara, la diferencia fue que ya no me dolía y, sorprendentemente, hasta lo disfrutaba.

Más allá de las tendencias masoquistas endémicas de la humanidad actual, me di cuenta de que mi piel debía ser más resistente, ¿en qué momento pasó? No lo sé, pero el hecho es que eso que me dañaba de niño, ahora hasta lo disfruto.

Y esa analogía con la piel es lo mismo con la “piel interna”: nos vamos endureciendo, vamos creciendo (o envejeciendo, según la edad) y, si tienes algo de suerte, hasta puede ser que vayas madurando.

Uno nace tiernito, con el alma llena de sueños y vacía de prejuicios, conforme van avanzando los lustros, las cosas se empiezan a balancear conforme vas perdiendo ilusiones y vas adquiriendo miedos. Con cada desilusión vas aprendiendo que el mundo no es el cuento de hadas que creías y la cuota para cada aprendizaje es una cicatriz que, de a poco, te va endureciendo internamente.

Y es un proceso que aún te puede afectar a los 38 años.

Debido al tráfico pesado por el que debo de pasar para llegar a clase de Jazz, he optado por otras rutas más largas pero más rápidas, una de ellas cerca del consultorio de mi dentista (a la cual ya me toca visitar desde hace rato)

Mientras esperaba que cambiara el semáforo, recordé las visitas a mi dentista, cuando aún tenía mis brackets, las pláticas que sosteníamos y después salir corriendo (porque siempre nos picábamos charlando) para ir a clase de Salsa a Rumba Mía. No tiene tanto de aquellos tiempos, pero parecían de otra vida, de otra persona.

Esos recuerdos me hicieron llorar, porque no sabía lo feliz que era entonces, una felicidad distinta a la que iba a experimentar después, que resultaba más intensa pero, al mismo tiempo, también traía su dosis de sufrimiento profundo (la mayor parte provocado por mis tontos anhelos).

Pero la respuesta a este dolor la encontré en “El Hobbit 3”, en un diálogo entre los elfos Thranduil y Tauriel ante la muerte de Kili, el enano del cual estaba enamorada Tauriel:
“Si esto es el amor ¡No  lo quiero! ¡Duele demasiado!” le grita una desamparada Tauriel a su Rey, mismo que éste le contesta de manera sabia “Duele porque fue real”, palabras sabías y breves que consuelan un poco el dolor de la Elfa.
Vi toda la secuencia bañado en lágrimas porque el dolor de mi Musa es y ha sido real, porque el amor que siento por ella es inmensurable, pero eso no quiere decir que no haya consecuencias al arriesgarse a amar (o a vivir).

Conforme van pasando los años y, sobretodo, los daños, nuestra capacidad de ser felices se va mermando. Esa explosividad, esa potencia, esa naturalidad y alegría infinita se va perdiendo. Ciertamente podemos volver a soñar, pero ya no con la ilusión o intensidad de nuestra infancia. Claro que todavía tenemos la capacidad de ilusionarnos pero, al tener presentes los anhelos rotos y las desilusiones pasadas, ya no nos permitimos despegar del suelo y volar sin preocupaciones. Es como si supiéramos de antemano que siempre va a haber una vuelta a la realidad porque aprendemos que ninguna alegría es para siempre y, es más, también aprendemos que ni siquiera todas se acaban dando, y eso es muy triste.

¿Pero saben qué es más triste (o feliz, según el punto de vista)? Mi duelo terminó.

Todo comenzó en Jalcomulco en donde, como ya comenté, empecé a sentir que el alma sanó un poco, se limpió un poco sin querer y dejé que el dolor empezará a cerrar. Pronto voy a escribir sobre mis maravillosas vacaciones en la Huasteca Potosina (un escrito que me va a tomar entre tres y cinco entregas, por eso estoy tardando en sacarlo). Luego daré detalles pero puedo decirles algo: fui muy feliz, tenía tanto tiempo que no experimentaba una felicidad tan pura, sin condicionamientos, sin peligro que alguien me la pudiera arrebatar, tan libre que, sin notarlo, cerré mi duelo.

No me había dado cuenta, hasta que regresé, porque veía algo o escuchaba alguna canción que podía desatar el llanto y no pasaba de un par de lagrimillas y me detenía “¿Qué pasa?” me dije “¿En dónde chingados están mis lágrimas?” pensaba con indignación. De hecho hasta fui con una especialista en Flores de Bach para que me ayudara a limpiar el dolor de mi ser pero fue Ana, mi terapeuta, la primera en darse cuenta.

“Has cerrado tu duelo Hebert” a lo que respondí “No Ana, aún tengo dolor por sacar”, ya no me rebatió (porque sabe que soy un cabeza dura de primera) pero supongo que sabía que eventualmente me iba a dar cuenta. Con el paso de los días trato de acordarme de mi Musa y lo hago de manera clara y objetiva pero ¿saben qué? Ya no hay dolor, cero muestras de sufrimiento. De pronto parece que fue algo que pasó hace mucho tiempo, cuando sólo han pasado tres meses de que nos despedimos.

Eso no quiere decir que de pronto voy a regresar a clase de Salsa, contactarla de vuelta y salir a tomarnos un café como un par de viejos amigos. No, nunca he sido (y dudo alguna vez serlo) tan civilizado, porque mi concepto sigue claro: la única manera en que puedo estar con ella es en una relación de pareja, cualquier otra opción es inaceptable. A lo que me refiero con cerrar el duelo es que ya no me torturo con los recuerdos y los anhelos frustrados, además de aceptar que sus sentimientos hacia mí son distintos a los míos.

No voy a negar que aún pienso en ella y que la amo con todo mi corazón, pero la diferencia es que ya no duele, que puedo aceptar que no quiere estar a mi lado, y está bien: ella es libre y no puedo obligar a nadie a quererme.

Seguramente, en alguna ocasión, se me saldrá alguna lagrimilla o tendré algún recuerdo de manera melancólica (el Domingo que viene es su cumpleaños, por ejemplo), pero ya no es el dolor constante que me destrozaba por dentro. Estoy realmente sorprendido de lo rápido que pude sanar, pero es que hacer ecoturismo es una manera intensa de vivir, en donde poco tiempo se te figuran días, así que mi semana en la Huasteca Potosina fue como una terapia intensiva para sanar mi alma.

Y ¿saben? Sé que voy a sonar masoquista, pero es muy triste no morirse de amor, ya no llorar hasta que se te acaben las lágrimas y termines dormido y es que, aunque quiera, ya no puedo hacerlo. Aunque quiera aferrarme a un dolor, ya no hay mucho de qué sostenerse. Obvio todavía la amo (y dudo que deje de hacerlo el resto de mis días), pero el sufrimiento ya no está, se quedó en las aguas turquesas de San Luis Potosí.

No todo podía ser malo de ir perdiendo la inocencia.

La primera vez que te rompen el corazón, sientes que el mundo se acaba, te quieres morir y no le encuentras sentido a nada. Puedes replicar esa sensación muchas veces, tantas como tu tranquilidad interna (o falta de ella) te lo permita pero, eventualmente, debes aprender que no puedes entregarte al sufrimiento de manera indefinida (aunque hay almas con vocación de víctima que se empecinan en quedarse en ese lugar).

Sé que no está bien que lo diga pero, honestamente, extraño mi sufrimiento aunque, por otro lado, también se siente bien el alma tranquila. Creo que le he llorado demasiado en los últimos dos años, casi desde que la conocí empecé a sufrir por verla y que no fuese mi novia, a lo largo de tantos escritos he invertido mucho llanto y creo que ya se acabó la mayor parte del mismo. No puedo decir que son las últimas lágrimas, porque ésas pueden tardar años en salir, pero la gran mayoría ya fueron derramadas.

Creo que ya vivía “mini-duelos” cada vez que veía mis sueños frustrados, por eso no se ha prolongado tanto este último, quedando en tres meses. ¿La amo? Con toda mi alma, pero ya no voy a llorar porque ya no hay mucho por hacer en este momento. Tal vez nos volvamos a encontrar o tal vez no, pero ya no puedo estar atenido a una esperanza incierta.

Es agridulce que mi alma hay madurado este poquito más, porque me hubiera encantado morirme con mi dolor pero, tampoco puedo negar, soy feliz de poder seguir adelante.

Y, tristemente, esa es la ganancia de sacrificar inocencia, al final estás más preparado para habitar este planeta. Si está bien o está mal tener inocencia en estos tiempos, no me corresponde juzgarlo, pero es un hecho que tienes que sacrificar un buen tanto de ella para poder avanzar en este mundo que hemos diseñado.

Como veo las cosas al día de hoy, este es el penúltimo escrito de la serie “NaNi”. El último se llama, tentativamente, “La Tarde del Cobarde” que es un escrito algo vergonzoso pero, a pesar de ello, me parece valioso y pronto lo publicaré para ponerle punto final a esta saga que ha marcado mi vida.

Por lo mientras, disfruten la poca o mucha inocencia que aún tienen en su ser, no saben cuándo va a pasar algo que les quite un pedazo o, lo que es peor, que les quiten un pedazo que ni siquiera sabían que aún tenían.


Hebert Gutiérrez Morales.

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