domingo, 12 de abril de 2015

Catálogo de Miedos

            Este escrito debería ser “Miedo (Parte 2)” pero como el ensayo anterior sobre el tema se llamó “Miedo (Parte II)” aunque ahí lo era de una “No-Trilogía”, pues tuve que nombrarlo “Catálogo de Miedos” para diferenciarlos (primera vez que me pasa algo así), lo cual fue útil porque me hizo estructurar éste de manera distinta a lo planeado.

            A todos se nos educa con miedo, por lo menos se me enseñó a temerle a muchas cosas: a caerme, a lastimarme (por estas dos no sé andar en bici), a que se murieran mis papás, a quedarme solo, a la miseria, a reprobar y prácticamente a cualquier cosa que me digan, se me enseñó a temer, consciente o inconscientemente.

Sin embargo, es parte de la educación que uno recibe, ya que no sólo aprendemos cosas buenas, sino también malas de unos seres tan imperfectos como nosotros (nuestros padres). Pero, no sólo con el miedo, sino con cualquier otro aspecto negativo que hayamos recibido en nuestra educación, debemos hacernos conscientes, y ya depende de cada cual el quedarse con ello o dejarlo ir.

            “No le dé vergüenza tener miedo. Tenerlo es señal de sentido común. Los únicos que no tienen miedo de nada son los tontos de remate” – Carlos Ruiz Zafón (“El Juego del Ángel”)

Luz y oscuridad

            Durante todo el tiempo que estuve en el nicho materno, siempre hubo una costumbre que nunca cuestioné hasta que me mudé: todas las noches se quedaban dos o tres luces encendidas. ¿Para qué? Supongo que para ahuyentar a ladrones e inclusive fantasmas. Esa costumbre mi madre la seguirá practicando hasta que deje este plano existencial, y la siguiente vez que la vea le debo preguntar la razón.

            Sin embargo, esta situación no es tan extraña. Cuando salgo a correr a las 5AM veo que algunos de mis vecinos, a esa hora dormidos, tienen las luces prendidas del baño, cocina o sala “¿Por qué la gente deja prendida la luz?” me sigo cuestionando.

            Una explicación lógica es que se le sigue temiendo a las tinieblas, sin importar la edad. Pero no sólo a la oscuridad física, sino a la psicológica. Bien dicen que en la oscuridad es cuando brotan nuestras ideas y sentimientos más auténticos (por eso las pláticas más honestas se dan a altas horas de la noche), lo cual también incluye lo más abstracto y oculto de nuestra esencia, por lo cual, es natural que la gente le rehúya a las tinieblas de cualquier tipo.

            Curiosamente, a pesar de la costumbre materna, nunca le he temido a la oscuridad, al contrario, me encanta estar a oscuras. De hecho, en mi casa, no prendo la luz a menos que sea estrictamente necesario, así que hago muchas de mis actividades en las tinieblas. Paralelamente, no le tengo miedo a mi parte oscura, de hecho, intento sacarla en cada oportunidad que tengo para integrarla a mi ser. Por eso, me parece lógico pensar que la gente, en realidad, no le tiene miedo a la oscuridad, sino a lo que puede encontrar en ella.

Manejando Traumas

            En Diciembre pasado fui a la Huasteca Potosina, una saga que tengo pendiente por redactar y compartirles. Ahí enfrenté muchos miedos, de hecho a diario me topaba con alguno. Lo experimenté tanto en el camino de ida como el de regreso, en los que maneje de noche, tramos largos, con muchas curvas, con neblina, con subidas y bajadas muy empinadas, a solas en trayectos desconocidos, perderme en lugares lejanos de casa y manejar tanto tiempo en una zona donde nunca había estado fue lo que me tocó.

Todos esos temores los enfrenté exitosamente así que ahora, si me toca manejar de noche y en carretera, me siento más confiado porque ya lo hice y salí airoso. Si alguien me advierte de un trayecto difícil, ya no tengo miedo, sólo respeto y precaución por el mismo.

            Ya de regreso en casa, después de haber manejado los caminos más difíciles de mi existencia, iba con mi madre que al ver unas curvas pronunciadas, por las que he pasado un centenar de veces, empezó a orar con devoción “Jesús, Jesús, Jesús”, lo cual me enfureció y le reclamé “Mamá, si no confías en mí, tal vez sea mejor que ya no te subas conmigo”. Ella entendió el mensaje y me explicó los traumas que le quedaron cada vez que viajaba con mi papá Antonio, borracho, mientras conducía de noche y en carretera.

            “Pero no soy él” le contesté, aunque entendiendo las amargas experiencias que le quedaron del pasado, “De por sí estoy tratando quitarme traumas arcaicos como para que me los estés reavivando” haciéndole ver que las circunstancias son diferentes, y que no tiene que experimentar ese pavor cada vez que va en carretera (como de hecho lo experimenta sin importar el camino, transporte o conductor).

            Seguramente fui duro con mi madre pero tenía que expresar mi desacuerdo y hacerle ver que su temor no iba a beneficiar a ninguno de los dos. Es doloroso ver cómo alguien que amas no se libra de sus cargas, al contrario, se le han ido intensificando con el paso de los años, ha de ser un efecto de la edad, supongo yo. Lo malo es que no puedo superar esos miedos por ella, sólo apoyarla en lo que pueda, mientras intento disminuir los míos para incrementar mi calidad de vida.

El miedo te frena

            Un día salí a correr con un tobillo resentido y, por irme cuidando para no dañarme más, el paso se hizo más lento y, al final, me cansé más que en una corrida normal, lo cual pudo perjudicar más la lesión de lo que la cuidó.

Sin duda fue una corrida poco provechosa, a diferencia de cuando lo haces con toda la libertad. Así que cambie en las siguientes ocasiones, compré una tobillera para protegerme y el resultado fue mucho mejor: más rápido, menos cansado y forcé menos el tobillo cuando corrí con naturalidad.

            Lo mismo pasa con el efecto miedo: te cansas, te preocupas, te desgastas, te estresas y no disfrutas de la situación por la cual te embarga el temor. Así que sin él, en consecuencia, avanzas más, te cansas menos, te sientes más feliz y sin frustraciones.

Saltar de 10 metros

            "Nunca emprenderíamos nada si quisiéramos asegurar por anticipado el éxito de nuestra empresa" - Napoleón Bonaparte

            Regresando a la Huasteca Potosina experimenté un curso intensivo sobre superar miedos de distintos niveles. Para alguien que recién había superado el temor a los saltos altos, durante el último año y medio, realizando (entre Cancún y Jalcomulco) cuatro brincos no superiores a los 5 metros, el hacer 18 saltos, que iban de los 2 hasta los 10 metros, en cuatro días es sin duda un curso exprés de superar temores.

            Pero, al ver la grabación de uno de mis saltos de cinco metros, dije “¡No manches! ¡Pinche brinco pitero! Como se ve definitivamente no es cómo se siente” y es que la adrenalina que te inyecta el miedo te hace ver el riesgo mucho mayor de lo que es, porque de arriba el brinco impone mucho más que cuando lo ves desde abajo.

            Tal vez pueda resultar valiente por hacer dichos saltos pero, al ver a los guías que se aventaban de las mismas alturas haciendo piruetas, echándose de espalda o boca abajo, uno se da cuenta que los límites varían según el temor que experimentes (o te domine). Ahí me di cuenta que hay tantos niveles de miedo como de libertad.

            Porque es algo muy distinto brincar de cinco metros y otra hacerlo de 10 (que lo hice en tres ocasiones distintas). Aunque realicé cada uno de los saltos, nunca deje de temer. Creo que en realidad uno nunca deja de tener miedo, sólo aprendes a lidiar con él.

            Obviamente había quien no saltaba, mismos con las que platicaba en la comida o en el tramo de regreso al campamento. Trataba de brindarles algo de empatía pero, al mismo tiempo, quería hacer consciencia y/o memoria de lo que sentía cuando me rehusaba a hacer algo por miedo, y darme cuenta que en algo he avanzado.

            No quiere decir que haya dejado de temer, simplemente puedo brincar y ya, superé un nivel de miedo, me faltaría clavarme o aventarme de espaldas para pasar al siguiente (y espero algún día lograrlo).

Constaté que el temor siempre está presente con uno de los guías (Pato) en Puente de Dios. Pato ha de haber realizado miles de saltos, y en puente de Dios está acostumbrado a hacer el de 8 metros, pero cuando Abraham (uno de los visitantes) lo reto a saltar de 15 junto con él, a Pato no le hizo mucha gracia, aunque ya lo había hecho antes, pero es que el miedo siempre está ahí, y si no lo andas trabajando de manera constante, fácilmente se fortalece. Al final Pato brincó sin problemas y recordó lo divertido que era.

            Cada vez que me tiraba, sobre todo de 10 metros, el temor no disminuía propiamente, sólo optaba por decir: “No voy a ver, no voy a pensar, no me voy a quejar” y simplemente brincaba. Cuando caía la satisfacción era mucho mayor que el miedo, mismo que no desaparecía pero que condimentaba mi victoria y gritaba por dentro “¡Wow! ¡Lo pude vencer!”. Sin duda es una satisfacción diferente, más básica, más animal, más primitiva, porque sientes la adrenalina a todo. Obvio no sentía el gozo de decir “¡Sí! ¡A huevo! ¡Me voy a aventar!”, porque mi satisfacción era “¡Uff! ¡Lo logré y no me morí!”

Miedos sociales

            También hay miedos infundados por la sociedad, y eso varía de persona a persona, por ejemplo, a mí me aterroriza recibir gente en mi casa.

Soy ermitaño y algo huraño, por lo cual aprecio mucho mi solitaria guarida, y me estresa meter gente a ella. Cuando tengo visitas, limpio con más fervor y empeño que cuando sólo lo hago para mí, ¿por qué? Con tal de no ser juzgado, señalado o criticado, ya sea a través de palabras o con miradas de desaprobación.

Y, precisamente por ese motivo, organicé una reunión a inicios de año en mi casa para ver un partido de Playoffs de la NFL: para enfrentar dichos miedos y ver que no pasa nada, tanto si me juzgaban (que no lo hicieron) o se la pasaban bien (que fue lo que pasó).

Delincuencia en autos

            En clase de Jazz, Juan me comentaba que habían asaltado a una escuela de Salsa recientemente (por fortuna no fue mi querida Rumba Mía). Y eso sirvió de pretexto para contarme algunos asaltos, robos a mano armada y extorsiones que se había enterado o que había vivido en carne propia.

            Uno de ellos fue de un conocido, al cual bajaron del auto a con pistola en mano y le robaron el vehículo; él reportó el hecho a la policía, misma que encontró el coche y le preguntó “¿Estás seguro que quieres levantar la denuncia?” Un poco de sentido común diría que sí: “Es mi auto y es justo que me lo devuelvan” es lo que debió pensar el agraviado, pero estamos en México, aquí la justicia es una bonita teoría y, aunque tenemos una de las Constituciones más completas del mundo, de nada sirve porque la aplicación de las leyes es deficiente.

            Así que, por temor a las represalias futuras al levantar la denuncia, el afectado tuvo que pagar el deducible del seguro y quedarse con la impotencia de habitar en un país en donde la criminalidad es impune y las leyes de juguete.

            Después que Juan me contó todo esto, de inmediato sentí un pavor impresionante por dejar el auto estacionado fuera de su academia de baile, de pronto estaba seguro que me lo iban a robar, todo por recordar el país en el que estamos. Ahí se me olvidó que en los cinco meses que llevo yendo a clase, nunca ha pasado nada y no he sabido que algo hubiera pasado antes.

Terror en las noticias

            Al día siguiente recordé que no puedo vivir todo el tiempo con temor. Obvio, en un país como éste, es obligatorio andar con precaución, pero tener el miedo a flor de piel a cada instante no es sano. Y también recordé por qué deje los noticieros desde hace (seis o siete) años: para estar más tranquilo.

Aún recuerdo que cada vez que veía las noticias siempre terminaba angustiado de que iba a perder mi dinero, mi trabajo, mi vida y hasta mi status social. ¡Ah! Pero ahí está el meollo del asunto: El miedo vende, y los medios lo saben, además el mexicano tiene una afición muy marcada a consumirlo (películas, libros, noticieros, etc).

            Cuando renuncié a esos programas que me estresaban, deje de consumir toda esa propaganda, por lo que mi calidad de vida se incrementó en automático. Si hay algo de lo que me tenga que enterar, sin duda lo haré por algún otro medio o por los que me rodean, mismos que siguen recibiendo su dosis diaria de angustia a través de los medios.

El Miedo aniquila el sentido común

Hace unos meses asaltaron a alguien del vecindario en la entrada de su casa, el señor se asustó tanto que (meritoriamente debo reconocer) empezó a hacer un cambio para que no se volviera a repetir y pusieron una reja a la entrada del “Fraccionamiento”. Y lo entrecomillo porque, hasta entonces éramos puros fraccionamientos chiquitos aislados, pero como la casa de este señor está sola, pues (¿por qué no?) optó por hacer un Megafraccionamiento alrededor del colegio Humboldt (y así se creó él solito su propio Fraccionamiento)

A veces creo que la estupidez humana no me puede sorprender más, y ahí es cuando algo me recuerda que es lo único infinito en el Universo. Empiezo con mis argumentos:
A)    No pueden cerrar la vía pública como, de hecho, lo hicieron. Los Fraccionamientos ya están divididos; esto no es como Fiesta de Pueblo en donde cierro mi calle y tengo mi pachanga. La misma situación aplica aquí: no puedo apropiarme de algunas calles de vía pública y crear un Fraccionamiento de la nada.
B)    Durante gran parte del día, las rejas del colegio Humboldt están abiertas, por lo que cualquiera puede entrar y salir libremente de la zona, y de eso no tiene control vigilante alguno. Si quisiera asaltar, simplemente meto mi coche antes de que cierren las rejas y procedo con mi fechoría, ya al salir sólo digo que me quede de visita y que ya terminé.
C)    Junto a la caseta de vigilancia hay un terreno enorme, mismo que está “protegido” por una reja que hasta un niño se puede saltar y pasar desapercibido, entre los árboles, de cualquier vigilante (tanto de la caseta como del colegio)

D)    El vigilante, porque sólo es uno, no tiene armas, si alguien viene armado ¿Creen que la pluma de control de acceso los va a proteger?

     En fin, habemos vecinos con un poco de sentido común que no estamos de acuerdo con dichas medidas, pero aquí entra el temor. Como te lo venden como “Es por la tranquilidad de todos”, hay quien paga la cuota sin cuestionar ni analizar estos hechos obvios que acabo de mencionar.

     Llevo cuatro años viviendo en mi fraccionamiento (éste sí lo es, y no de a mentiritas) y nunca ha pasado nada ¿Por qué? Por las protecciones electrificadas que nos rodean, mismas que nos cuidan a nosotros y a los fraccionamientos vecinos, cuyas rejas eléctricas también nos protegen de vuelta. Nosotros no necesitamos de la protección externa, así que el argüendero que inicio todo esto, debió ver por su caso y no arrastrarnos al resto con él (ya me volví a enojar con este asunto).

Vive antes de que el miedo te mate

            Comprendo que al tener seres que dependen de ti (familia, niños, ancianos, etc.), el temor de que les pase algo se incrementa exponencialmente. Por ejemplo, no tengo ningún problema de aventarme de una Tirolesa a 115kms por hora, saltar de 10 metros hacia el agua o hacer rápidos Clase IV. Suponiendo que alguien con hijos lo intentara, de inmediato, la esposa neurótica del pobre iluso le gritará “¡Rigoberto! ¡No te atrevas a subirte!” todo por el pavor de que el pobre Rigoberto acabe muerto y los deje desamparados (aunque la probabilidad de morir es menor que resbalar en el baño y acabar descalabrado).

            Sobre el mismo orden de ideas, recientemente leí un artículo que rezaba “Diez destinos que debes conocer antes de tener hijos”. Dichos lugares tenían su grado de emoción y/o adrenalina. Entre líneas se entiende que, después de procrear, el miedo se incrementa terriblemente, porque ya tienes alguien que depende de ti y que no quieres dejar desamparado.

            Pero no sólo aplica con los hijos, también con las posesiones (que los engendros son una especie de posesión mientras habiten en casa). Entre más posees, el miedo de que te despojen de tus pertenencias se incrementa, lo cual me trae de vuelta al fraccionamiento y su pseudovigilancia que no sirve de mucho, sólo darles un poco de más seguridad a un montón de gente temerosa.

Con miedo o sin él, pasan cosas malas.


            He avanzado en la búsqueda para disminuir mis temores, lo noto cuando alguien me dice “¿Y no tienes miedo de correr en la oscura madrugada a solas?” Y no, no lo tengo. Obviamente no llevo nada conmigo que pudieran quitarme, aunque eso podría enojar a unos potenciales asaltantes. Estoy tratando de no temerle a las cosas negativas porque, con miedo o sin él, las cosas malas van a acontecer de todas formas.

El que temamos no reduce en nada la probabilidad de que nos pase algo (yo diría que pasa exactamente lo contrario, de hecho), pero lo que sí disminuye el miedo es el gusto con el que podamos vivir en este mundo. Las cosas malas nos pasaran a cada uno de nosotros, sin importar la angustia que sintamos o dejemos de sentir.

Lo importante es cómo vamos a reaccionar cuando esos hechos negativos se presenten y, normalmente, el miedo nos nubla la visión y nos quita mucha energía al momento de atacar el hecho que nos perjudica.


El miedo es una postura de vida muy tonta pero, por desgracia, no podemos evitarlo, por ese mismo instinto de conservación que tenemos instalado. Pero tampoco podemos caer en el exceso enfermizo de temer a toda hora y de cualquier situación, porque llegaríamos a límites ridículos de no bañarnos para no resbalar y morir en la tina (por favor no le comenten esto último a la esposa del pobre Rigoberto ¬_¬U)

           “El grado más alto de conocimiento se alcanza con la superación del miedo” – Friedrich Wilhelm Nietzsche


            Hebert Gutiérrez Morales.

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