domingo, 5 de julio de 2015

Soledad (Segunda Parte)

            Un Viernes estaba comiendo con los de la oficina, cuando la jefa nos preguntó: “¿Qué van a hacer el fin de semana chicos?” cuando llego mi turno, dije con especial alegría “Nada en especial, lo tengo para mí solo”; comentario que despertó la envidia de casi todos, en especial de los que tienen familia “¡Qué rico!” dijo mi jefa “No recuerdo hace cuantos años tuve un fin de semana para mí sola”

            Gracias a ese tipo de comentarios me doy cuenta de lo afortunado que soy, y no es casualidad, de hecho he estado procurando que nadie intervenga en mis planes, me estoy tornando muy celoso de mi tiempo, para dedicarlo a mis proyectos, y lo que en realidad me interesa: escribir, leer, bailar y hacer ejercicio, además de que en unas cuantas semanas inicia la NFL, en donde incluso me voy a volver más egoísta.

            Mi soledad está regresando, y con más fuerza que hace un par de años, cuando estrepitosamente, la hice de lado. De hecho, ya he dejado de buscar reuniones, idas al cine o tomar cafecito con mis amigas porque me ha dejado de interesar. Me he vuelto menos generoso con mi tiempo y espacio, estoy regresando a un nivel de aislamiento que tenía hace muchos años.

            Pero esto no es extraño ni es de gratis.

            A los ocho años la NFL irrumpió en mi vida, solito veía los partidos, por mi cuenta fui aprendiendo las reglas y como a nadie más a mi alrededor le interesaba el fútbol americano, me fui haciendo fan en solitario de este gran deporte.

            Mi papá Antonio de vez en cuando me daba un tip o veía algunas jugadas conmigo pero, en realidad, yo solito escogí a mi equipo, buscaba los partidos cada domingo y me sentaba a verlos sin la necesidad de que nadie más compartiera mi gusto.

            Tal vez por eso quiero tanto a la NFL porque desde mi niñez me acompañó semana a semana fielmente. Gracias a mis Delfines, y al resto de equipos, estuve un poco menos solo. Por eso mismo me deprimía tanto después de cada Súper Tazón, porque mis “amigos” de la NFL me abandonaban durante siete largos meses y tenía que apañármelas para lidiar con mi soledad.

            Desde pequeño estar solo era mi esencia, desde entonces sabía estarlo, cuando no quería ir a un evento social (que ya desde entonces me incomodaban) le decía a mis padres “Enciérrenme y llévense a mis hermanos”, deseo que me cumplían y era feliz de estar en mi tranquilidad en lugar de convivir con borrachos, gente falsa, estúpida y escandalosa. Y en verdad me la pasaba tan bien jugando, leyendo o viendo mis caricaturas.

Eso es un reflejo de mi vida adulta, en la cual puedo pasarme fines de semana, inclusive semanas enteras a solas, acompañándome a mí mismo. Y no importa el lugar, puedo estar a solas en la oficina y hasta trabajo mejor, puedo irme solo de vacaciones y las aprovecho más, etc. No sé si estoy evolucionando o involucionando pero, al parecer, la soledad es parte esencial de mi naturaleza y más que alejarla, la propicio.

            Pero retomo el tema de las fiestas como evidencia innegable que desde pequeño soy solitario: no me gustan, ni las mías ni las ajenas. En verdad me molesta cuando me invitan a eventos sociales. Siempre preferiré quedarme en la tranquilidad de mi casa leyendo un buen libro, escribiendo, enajenándome viendo NFL, viajar solo, correr solo, nadar solo y cualquier otra actividad en la que monopolice mi tiempo en lo que me interesa que estar en alguna reunión con gente escandalosa y, cuya gran mayoría, no me importa.

            Y sé que soy el diferente, porque veo cómo la gente se siente honrada cuando las consideran para un evento social, así como se sienten heridos si no los toman en cuenta. Conmigo es al revés, cuando me dejan en paz soy feliz y, cuando me invitan, hago lo imposible para no asistir. Si no me queda más remedio que ir, llego tempranito para irme también pronto, mientras veo que los invitados se divierten, se ríen y se la pasan muy bien, yo estoy en espera que se cumpla el tiempo que me fijé y así largarme rápido.

            En verdad me agobian tantas personas, y más la gente falsa, misma que abunda en las fiestas grandes. Personalmente prefiero las reuniones pequeñas, con invitados a los que en realidad estimes y en la que no es necesario embriagarse a altas horas de la madrugada para pasarla bien. Por eso mis reuniones suelen ser de día, porque soy diurno, ya que mi tiempo de sueño también es vital, por ello lo defiendo tanto como me es posible. Y eso ha sido desde pequeño.

            Se dice que llegamos solos a este mundo y que así vamos a partir, entonces ¿Por qué no podemos vivir solos de igual forma?

            Cada vez queda más atrás mi más reciente enamoramiento, y me sorprendo cuando leo escritos pasados “¿Cómo es posible que haya perdido la cordura tan estrepitosamente?” Y lo sabía, y lo expresaba de manera abierta en las primeras entregas, en las que me resistía para no caer en esa locura que te inyecta el enamoramiento pero, por más que me opuse, acabé sucumbiendo al poder tan mágico e inexplicable del amor.

            Así como es muy bonito enamorarse, también es muy cansado, sobre todo por el desgaste de esa montaña rusa emocional. Digo, la paz de la soledad no será el estado más resplandeciente pero, sin duda alguna, es el más provechoso para tu calidad de vida porque, en el amor, después de cada cumbre no tarda en llegar el valle; después de cada momento de éxtasis, no tarda en llegar el momento de tristeza (por lo menos así ha sido mi experiencia). Para mí, es ideal estar tranquilo, pleno y autosuficiente sin necesitar a alguien, sin que una mujer tenga tanto poder sobre mi bienestar.
            

            Si sigo hurgando en el pasado, la soledad siempre ha estado presente en cada etapa de mi existencia. En la Universidad prefería echarme “sin equipo” los trabajos “de equipo” en vez de arrear con gente que no estaba a la altura. Muchos profesores me complacieron y el 10 era casi automático, pero otros me daban una lección y hasta me asignaban el grupo más flojo para que hacerme más humilde, porque es parte del socializar: cubrir las falencias propias con las fortalezas de otras y aprender a apoyarse unos a otros.

            Siempre ha sido mi prioridad el ser autosuficiente e independiente, por lo que muchos me acusan de egoísta y soberbio. Esa actitud no me ganó muchos amigos, aunado a que empecé a adelantar materias; no estuve propiamente con los de mi generación, sino con los que iban adelante, y tampoco había mucho interés de ambas partes por socializar más allá de lo estrictamente necesario.

            Creo que mi esencia, aunada a las circunstancias, impulsó prematuramente la capacidad de estar solo. A excepción de la maestría, la totalidad de mis estudios siempre los realicé en lugares muy lejanos a donde vivía, siempre fue así desde el Kinder hasta la Universidad. Tenía algunos amigos en donde vivía durante la primaria, en Secundaria me aislé por el Bullying, en Prepa conviví un poquito más y en la Universidad me enfoque a terminar o más pronto posible para empezar a trabajar. Pero siempre vivía lejos de mis compañeros. Ellos siempre se reunían y hacían sus cosas, mientras que yo tenía que regresar a casa temprano.

Recuerdo claramente que en primaria llego una legión de maestros extranjeros a darnos clases de inglés después de la hora de salida; como vivía lejos, me tenía que ir con mi madre, así que me vi excluido de esa actividad tan maravillosa que era aprender inglés y, sobre todo, conocer gente extranjera. Por más que le rogué a doña Marina, la logística no daba para que regresáramos después de la comida o para que me recogiera más tarde.

            Tal vez suene exagerado, pero creo que esa vivencia potenció bastante mi soledad, porque constaté que no se acabó el mundo por no participar en esa actividad, lo cual me facilitó aceptar que no iba a participar en muchas más, y llegó el punto en que ya ni siquiera me importaba.

            Tengo la teoría que eso permeó en mi inconsciente, lo cual me hizo ser malo en los deportes de equipo, y sentirme a gusto en las actividades en solitario (Actualmente correr y nadar son los pilares de mi ejercicio). Ahí recuerdo que a muchas personas no les gusta nadar ni correr (sin música sobre todo) porque les resulta monótono, dicen que se aburren y que no le encuentran sentido a hacer dichas actividades tanto tiempo como yo.

He llegado a la conclusión que físicamente podrían hacerlo, pero mentalmente no están preparados para lidiar consigo mismos durante tanto tiempo. Para mí es una delicia estar tanto tiempo solo, porque puedo filosofar, analizar mis problemas, encontrar soluciones o poner las cosas en perspectiva. Es increíble como la misma oportunidad (Estar a solas) para unos es una molestia y para otros una bendición.


Pero no son las únicas actividades que hago solo, porque disfruto mucho estando a solas al escribir, leer e incluso comer. En la oficina casi siempre tengo con quien comer pero, a últimas fechas, son cada vez más los días en que estoy libre. Esas ocasiones, en lugar de buscar a alguien que me acompañe, ya que puedo acomodarme con muchas personas, prefiero hacerlo solo, y no me molesta, al contrario, siento que optimizo mi tiempo, además no es algo tan raro porque los fines de semana siempre como en solitario.

            Haciendo memoria, pareciera que mi esencia ya traía esta endémica soledad y que las circunstancias se fueron dando para consolidarla, y por ello no me pesa. Ciertamente mi soledad, al inicio, no era el 100% de mi elección pero, con el tiempo, aprendí a elegirla de manera voluntaria y hasta con gusto.

            Pero los que no parecen estar de acuerdo con mi estado son los que me rodean, es constante el mensaje que recibo de “Es que vas a encontrar a alguien” “Siempre hay un roto para un descosido” “Cuando menos lo esperes el amor te va a pegar y vas a formar una familia” y demás frases trilladas que me exigen socializar e integrarme más a la humanidad, buscar una pareja y forjar una familia.

            Creo que sin ese acoso social mi existencia sería aún más feliz pero no puedo negar que tiene su impacto el intenso agobio que recibo y a veces me invade esa angustia en la cabeza “¡Demonios! ¿Por qué no encuentro a nadie?” Cuando recupero la cordura y me tranquilizó me digo “Bueno, es que no es una obligación encontrar a alguien”, no es una ley escrita ni un mandamiento celestial ¿Qué tiene de malo estar solo si me siento tan en paz? Y es que eso es algo que no alcanzó a entender, si no está disponible lo que quiero (o quien quiero) ¿Por qué demonios debo de conformarme con lo que queda?

            Ahí me doy cuenta que mucho del sufrimiento sentimental que sufre la sociedad es por esa necesidad tatuada en el inconsciente colectivo de encontrar a alguien que te acompañe, cuando no creo que sea una ley universal que se debe cumplir de manera forzosa.

Por eso mismo mucha gente no puede estar sola, no puede comer sola, no puede salir a la calle sola, ni ir al cine sola, ya no digamos hacer un viaje en solitario. De pronto nos hemos vuelto dependientes de los demás, una especie de inválidos sociales que requieren del aval y compañía de otro para sobrellevar su paso por el planeta.

            Me parece que si aprendiéramos a estar solos y aceptáramos la idea de que ese alguien puede o no llegar, en lugar de obsesionarnos con ello, irónicamente sería más fácil estar en pareja, ya que estaríamos a su lado por gusto y no por necesidad, el tiempo que tenga que durar, sin promesas de que un sentimiento va a ser eterno, cuando nada lo es en esta existencia.

            Y es que a nadie le gusta admitirlo pero todos, sí TODOS, los seres que te son importantes eventualmente te van a dejar o tú los vas a dejar a ellos, así que resulta doloroso que te acostumbres a su presencia y que tomes por sentado que van a estar ahí cada vez que los requieras. Esa mentalidad es la que nos hace dependientes de los demás, misma dependencia que nos causa angustia por la posibilidad de perderlos (hecho que, recalco, va a pasar de todas formas).

            Tal vez sea muy cobarde, o sabio, de mi parte, pero por esa misma razón no me gusta tener apegos con nadie, incluida mi familia. Esa falta de proximidad con mis familiares trae ventajas y desventajas, propias del dilema del puercoespín (mismo que ya expliqué en otra ocasión), pero cuando aceptas que unas no pueden venir sin las otras, con gusto aceptas morirte de frío en lugar de verte lastimado por las agujas de los demás (los que conocen dicho dilema entenderán la analogía).

            Después de nadar, me encontré con un compañero de trabajo en los vestidores, mismo que iba con su hijo, y se empezó a justificar “Qué bueno que nades tantos kilómetros, pero después te cambian las prioridades y te aplicas para que tu hijo nade aunque sea 300 metros, sin importar que tú dejes de nadar”. No le dije nada porque no tenía caso discutir con alguien que cree que su mayor logro es haber sido padre pero por dentro empecé a cuestionar “¿Qué tal si no quiero cambiar mis prioridades? ¿Qué tal si soy muy egoísta?”

            Modestia aparte, sé que sería un excelente padre, pero el hecho de que pueda serlo no quiere decir que tenga que serlo. Cada vez me queda más claro que serlo debe ser una decisión reflexionada por lo que cada vez veo más lejana dicha opción, por la comodidad de la vida independiente que llevo.

            Me doy cuenta que MIS prioridades son lo más importante y no las quiero cambiar, no las quiero sacrificar por nadie más. Si algún día me decidiera a engendrar, tendría que esforzarme para ser algo distinto a la mayoría de los mexicanos, en donde anulan su existencia para darle prioridad a sus engendros, y ése es un panorama que no me llama mucho la atención.

Voy a mantener la consciencia de la importancia que tengo como individuo y no vivir en función de otro ser (por más que venga de tus genes). La neta anularte ha de ser uno de los actos más antinaturales que debe haber. Ya me he anulado anteriormente, y no me parece buena idea volver a las andadas, porque no es lo más productivo para mí ni para quien esté conmigo.

            Ya tenía nociones hace años pero ahora estoy seguro: el matrimonio no es para todos. En primer lugar ya estamos muy sobrepoblados y la calidad de vida cada vez será más limitada. En segundo lugar, el tener una familia implica muchos sacrificios y, ahora estoy viajando cada vez más, además de darme mis pequeños placeres sin tener que ser un derrochador. Y número tres, por algo siempre acabo boicoteando mis intentonas de relación, por algo no tengo esa necesidad que quema. Obviamente, veo mujeres y se me para el corazón de lo atractivas que son, pero de eso a que en realidad me aplique a conquistarlas, es que algo extraordinario debió pasar, para dejar mi zona de confort.

            Hace unas semanas nació Daniel, el hijo de mis amigos Lesly y Alex, así que fui a visitarlos, me platicaron la experiencia del nacimiento, mientras veía un brillo especial en sus ojos, me decían cómo les ha cambiado la vida y lo bendecidos que se sienten. Me sentí muy feliz por ellos pero, en ningún momento, los envidie, no sentí ese anhelo de tener lo que tenían. Es factible que porque tengo muy reciente las heridas sentimentales de mi amor no correspondido, ya que no puedo negar, cuando estaba enamorado hasta los nombres de los engendros ya estaba visualizando. Pero, por el momento, no los envidio en absoluto.

            ¿Por qué hacer un segundo escrito sobre la Soledad? De hecho leí el primero y mi sentimiento ahora es diferente, obvio he vuelto a recibir a mi soledad con los brazos abiertos, pero ya no soy el mismo. Después de Nadia y el Tsunami emocional que me representó, ya nada puede volver a ser lo mismo, incluido mi concepto de soledad.

La soledad que había vivido hasta antes de mi exMusa la percibía como temporal, pero ahora se asentó con más fuerza, este estado ya puede ser permanente. Ya no me mortifica la visión de quedarme sin pareja y sin hijos, es más, creo que cada vez me desagrada menos la idea, y lo tomo como un modus vivendi perpetuo.

            ¿Por qué cambió gracias esa maravillosa mujer? Porque me enamoré como jamás pensé que fuera capaz de hacerlo como, en teoría, sólo te pasa una vez, por eso estaba desprevenido para que volviera a pasar. Estando enamorado pensé que mi vida no valía sin ella . . . . y no se quedó . . . . y no pasó nada . . . . y sigo vivo . . . . y retomé mi plenitud y hasta el gusto por vivir en soledad, por eso digo que ahora se arraigó con más fuerza.

            No lo puedo negar, muchas veces me he cuestionado si está bien seguir mi camino a solas, pero esto no es cuestión de estar “bien” o estar “mal” es cuestión de seguir tu esencia, lo que te acomoda, lo que privilegia tu paz interna.

            Esta última vez que regresé a mi Status Quo solitario, encuentro con más sentido el estilo de vida ermitaño. Al final todos vivimos solos, simplemente estamos en un intento desesperado por sentirnos menos solos, tenemos miedo de afrontar nuestro ser, por lo que llegamos a tolerar presencias nocivas en nuestra vida antes de enfrentarnos a nuestros fantasmas al estar a solas. Como no sabemos aceptarnos nosotros, buscamos la aceptación externa, aunque sea un espejismo.

            Esta última ocasión en la que me arrancaron la esperanza, creo que esa parte mía terminó de morir. Ahora me es más fácil, cómodo me atrevería a decir, vivir solo. Al final nacemos y morimos solos. Creo que me conviene aceptarlo y adaptarme a este estilo de vida antes de que los demás terminen decidiendo por mí.

            A veces, cuando paso mucho tiempo sin ver el celular y veo, con cierta decepción, que nadie me ha escrito, me doy cuenta que es muy raro que alguien me escriba por su cuenta, casi siempre soy el que empieza la comunicación, y está bien.

            De hecho estoy llegando a la conclusión que ya no debo exigir nada de nadie porque, si no estoy dispuesto a dar nada de mí, lo justo es que tampoco espere nada de los demás, y ésa es una postura sana. Lo cual me lleva a la siguiente analogía.

            Cuando corro distancias mayores a 25 kilómetros, suelo llevar agua porque la deshidratación así lo amerita. Antes llevaba de sabor, pero se me acababa muy rápido y siempre me quedaba con sed, así que cambié a simple. Ésta me rinde todo el camino, me refresca más y me permite un mejor rendimiento.

            El agua de sabor la disfrutas, es muy rica, tiene chispa, te hace feliz pero, por la misma azúcar, te hace desear más y más, en mayores cantidades y más frecuentes. Si no obtienes más, el ansia de necesitarla te invade y ya no estás ni pleno ni feliz porque te hace (mucha) falta.  Al no tener sabor, el agua simple te refresca ¡y ya! No te exige más, tomas lo que necesitas de ella sin apego alguno. ¿Por qué les menciono esto?

            Aprender a estar en soledad es como beber agua simple porque, cuando estás con personas, disfrutas el momento sin apegos, sin pretender que va a ser eterno, no es una obligación que te haga estar ahí. Aprender a tener con los demás una relación como el agua simple es algo sano. Cuando no puedes estar solo, es como el agua de sabor: necesitas más y más, de manera constante, por lo que requieres siempre estar acompañado, no puedes estar solo porque te invade la necesidad de que alguien te venga a validar, y esa dependencia encabronada nada bueno puede traer.

            Me he puesto a pensar sobre esa necesidad de estar al lado de alguien, cuando estoy muchas horas pasándomela bien al lado de una mujer que me gusta, invariablemente, viene esa angustia, tristeza o depresión cuando nos separamos. Ese vacío que siento repentinamente en mi alma es el resultado de acostumbrarte a alguien y, de pronto, cuando ya no está, te das cuenta que creaste un vínculo o apego y ¿acaso eso es sano?

            A veces, cuando corro o nado, me doy cuenta que si razonara lo que implica físicamente correr 37 kilómetros o nadar 3500 metros, hacer viajes en solitario al extranjero, comprar casas y demás acciones que, en teoría, son extraordinarias, sin duda no las haría, seguramente me agobiaría y me rendiría a las primeras de cambio.

El secreto es que nunca me fijo en lo difícil de la tarea, simplemente lo hago y ya. Es más, desde niño he estado enfocado en los objetivos materiales, porque siempre estuve seguro que iba a tener un buen empleo, que me iba a dar un buen nivel de vida, y que nunca iba a sufrir por cuestiones monetarias. De hecho, hasta el día de hoy, sigo teniendo esa certeza que no me va a faltar dinero hasta el final de mis días.

            A pesar de esta certeza, resulta curioso, para las relaciones sentimentales no puedo enfocarme en el objetivo, sólo en los impedimentos. Ahí sí checo TODO lo que puede salir mal y lo difícil que resulta por lo que, resulta natural, no he logrado una relación estable en mi vida, ya no digamos duradera.

            En el caso de Nadia, si analizan mis escritos, la mayoría de las veces me enfocaba en por qué no podía funcionar y pocas veces analizaba por qué sí podía funcionar y, lógicamente, al final no se dio. Creo fervientemente que, si me hubiera enfocado en lograr la relación, en lugar de ver todo lo que podía salir mal, no digo que fácilmente pero, me parece, hubiera sido mucho más probable que se hubiera dado la relación.

            Hoy en día, me parece irreal todo lo que pasó en mi amago de relación, de no ser porque lo leo en los ensayos, dudaría que en realidad mi hubiera pasado. Y es que sí recuerdo cada detalle, pero es como si lo hubiera leído en algún libro o visto en alguna película, porque cada vez me parecen más lejanos.

            Al final no me hago “ilusiones” de terminar solo. Por un lado, a todos nos invade ese “instinto” o necesidad de tener la compañía de alguien. Adicionalmente, las mujeres anhelan aquello que no pueden tener, y no importa que lean o no este escrito, sino que ellas lo detectan. Conforme he dejado de buscar una potencial pareja, emano alguna especie de energía que me hace más atractivo. Cuando uno está de rogón, en automático, repele a las mujeres, pero cuando no las pelas, resultas un imán para ellas. Desde que ya no las pelo, mi sex appeal se ha incrementado, y lo noto porque la atención femenina que recibo está creciendo, tanto con conocidas como con extrañas.

            Pero, más que estas razones, hay una primordial: uno no controla sus sentimientos. Esta vez con Nadia me quedó muy claro, cuando uno se enamora, por más resistencia que opongas, ya valiste madres.

            Así que dejaré de oponer resistencia y me enfocaré en tener un estilo de vida acorde a mis intereses; así, si llego a encontrar a una mujer que me vuelva a mover el tapete, por lo menos tendrá que estar en un mundo ad hoc a mi personalidad. Y por ello no suelo ir a lugares que van en contra de mi esencia, porque si me llego a relacionar, quiero una mujer con hábitos compatibles con los míos.


Una persona con la que no tenga que ofrecer disculpas por ser yo mismo: por ver NFL, por ser sarcástico, por dormir temprano, por decir groserías, por no tener religión, por no ser parrandero, por ser ordenado en mis finanzas, porque me guste viajar en lugar de poseer, porque me guste leer en lugar de ver TV.

Exista o no esa mujer, no me debe resultar vital, me debo seguir enfocando y aprendiendo que YA estoy completo y con lo necesario para tener una existencia plena.


            Hebert Gutiérrez Morales

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