sábado, 26 de septiembre de 2015

Nihongo: Regresando al pasado

           “¡Pero qué flojera!” es lo que pensé cuando escuché el despertador en la madrugada. Tuve que levantarme una hora más temprano a correr para ajustar mis actividades y hacerle un hueco a mi clase de japonés de medio día. “Si no quieres, no vayas” fue lo que me dije, pero ya sabía la respuesta, así que inicie mi recorrido sin volverme a quejar.

            Entre 1998 y 2006 aprendí japonés y alcancé un muy buen nivel, suficiente como para irme a estudiar o a trabajar al país nipón pero siempre encontraba un pretexto para no aplicar. Eventualmente me dejó de apasionar, así que me despedí y empecé con clases de Salsa en el 2007 (mismas que me dejaron de apasionar tras siete años e inicie con el Jazz el año pasado).

            A pesar de ya no tomar clase, de alguna forma siempre mantuve algo vigentes mis conocimientos del idioma, ya que de vez en cuando escucho la música japonesa que tenía, veía mis anime en japonés con subtítulos en inglés, ocasionalmente cuando hablo con proveedores japoneses (temas de trabajo en inglés y comadreo en japonés) y también aprovecho cada oportunidad que tengo a algún nipón de frente para charlar un poco. Así que no estoy tan jodido en la conversación. Pero nunca vislumbre realmente regresar a tomar clase.

            ¿Por qué regresar entonces? Ciertamente ya no tengo esa pasión inicial por el idioma, porque ya no soy el Otaku que solía ser, pero me es útil regresar a clase, porque planeo visitar Japón. Así que no estudie tantos años un idioma como para no utilizarlo en el único país que lo habla, por lo cual vencí toda mi pereza mental y regresé a clase.

            Lo bueno es que estaba consciente de lo que me iba a encontrar, porque no es un secreto que la gran mayoría de los que estudian este idioma en México (y no dudo que en gran parte del mundo) son adolescentes entre 15 y 25 años que son afines al manganime.

            Llegué 5 minutos antes de que empezara mi clase, de inmediato llamé la atención entre los alumnos de los otros salones que estaban en el patio porque, aunque no aparente mi edad, era obvio que me veía “grande” para dicho lugar, pero no les di importancia y me fui directamente a mi aula.

            Me dio mucho gusto ver cuánto creció la escuela en estos nueve años que estuve ausente: cuando me fui sólo había tres salones en los que se daban clase a un centenar de alumnos en distinto niveles. Ahora había unas ocho aulas, además de cocina, sala de lectura y otros cuartos que no alcance a identificar, en los que se imparten clases a unos 300 muchachos. Además había unos puestos con comida japonesa en el interior, algo que me resultó muy curioso y al mismo tiempo agradable.

            Felizmente fui el segundo en llegar al salón, así me ahorré las miradas en conjunto de mis nuevos compañeros. La verdad fue un ejercicio antropológico muy interesante. Al primero que conocí era el más Nerd de todos (obvio, tenía que ser el primero en llegar al salón), lo vi y no tardé en identificarme en mi versión de 1998: Aficionado al manganime, introvertido, apocado, aplicado y nada interesante. Me dio terror verme reflejado en él, pero también me dio alivio ya no estar ahí.

            Conforme fueron llegando, se iba incrementando la “fauna” Geek, Otaku, Dark, Nerd, Emo y demás tribus urbanas desadaptadas de la “normalidad” (o lo que la gente toma como “normalidad”). Cada cual con sus respectivos traumas, muletillas, personalidades y fijaciones pero todos se sentían felices y libres, ya que estaban en su ambiente, uno en donde todos eran igual de “raros”, con la excepción del recién llegado, que tuvo la previsión de no mostrar sus verdaderos colores, y sólo se dedicó a observarlos a todos.

            No lo voy a negar, estaba fascinado de ver la dinámica del grupo, fue como dar un vistazo al pasado a mi propia tribu, me decía “Esta chica es la equivalente a ‘Neko-chan’, el rebeldillo de allá es ‘Carlos-kun’, el tipo que se quiere hacer el gracioso es ‘Megane-kun’, el que sí es gracioso es 'Paco-Kun', la introvertida de por allá es ‘Noriko-chan’, ése que le falta personalidad aunque es buen tipo es ‘Poncho-kun’, el tecnológico aquel es ‘Ariel san’” y así fui identificando uno a uno a mis nuevos compañeros de clase al relacionarlos con gente que estudió ahí una década atrás.

            “¿Qué es lo que haces aquí?” me pregunté “Es obvio que ya no perteneces a este lugar desde hace tiempo”. Y era verdad, con mucho orgullo me doy cuenta que ya no soy aquel nerd que estudió en esa escuela, con satisfacción veo que he crecido y, por qué no admitirlo, me he maleado también.

            No puedo negar mi naturaleza nerd o “ñoña”, cualquiera que conviva conmigo a diario se los podrá corroborar, sólo es que ya no estoy en ese nivel de ñoñez tan cándido, ahora soy un “ñoño malévolo”, no en vano ése es mi nickname en Twitter.

            Me parece increíble que con la personalidad que tenía en aquel entonces haya podido salir con Harumi, tal vez será porque no me daba cuenta de lo ridículo que era (así como no me he de dar cuenta lo ridículo que soy ahora).

            Con toda esta observación antropológica, se me pasaron las tres horas de clase volando. A veces entendía a la perfección, a ratos no entendía ni madres, y por momentos me sentí integrado al grupo sobre todo cuando hablamos del bosque de la muerte: Aokigahara.

            “¿Cómo es que todos ustedes saben de ese lugar y yo no?” nos preguntó Satou Sensei “Porque somos unos Otaku de su cultura Sensei” fue la respuesta que preferí no externar para no ofender a mis recién conocidos compañeros, pero que era la razón exacta.

            Ahí me sentí un poco como en casa, recordé lo bien que se sentía estar rodeado de gente que comparte tu esencia y gustos extraños porque, mal haría en negarlo, la japonesa es una cultura tan extraña como interesante, y es por ello que voy a cumplir mi sueño de visitarla.

            “Mata Raishuu! (hasta la siguiente semana)” tenía años que no decía eso, y fue agradable, poniéndole punto final a mi primer día de clases después de nueve años de ausencia. Lo único que no me gusto fue la enorme cantidad de tarea que nos dejaron, de la que no entiendo ni papa :’-(

            Fue bonito y también fue triste, porque extrañé a todos mis amigos: Carlos Kun, Komori san, Paco kun, Neko chan, Poncho kun, Megane kun, Nori chan, Ariel san, Mari Sensei, Kumon Sensei, Aki chan y demás. A Harumi chan no la menciono porque a ella la tengo más presente que a todos ellos por lo que la recuerdo con más frecuencia (aunque no quiera).

            Ciertamente ya no pertenezco a este lugar, eso se lo debo a terapia, al ambiente del baile (Salsa y Jazz) y, por qué no admitirlo, a la edad. El paso de los años (y de los daños) te va cambiando, y aunque puedo ver y disfrutar ese ambiente tan sano e ingenuo, ya no formo parte de él.

            Por lo menos voy a estar de visita unos cuantos meses en esta clase, en esta escuela que tantas alegrías me dio. Cuando regrese de mi viaje a Japón, decidiré si sigo en ella, o la vuelvo a enterrar en el pasado y dejarla descansar con todos los recuerdos de una época más inocente que disfrute horrores.

            Minna san, Doumo Arigatou Gozaimasu, Gambatte Kudasai!


            Hebert Gutiérrez Morales.

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