sábado, 16 de enero de 2016

Adiós mi querida Dori

Mi viejita en sus últimos días
           “La verdadera bondad del hombre sólo puede manifestarse con absoluta limpieza y libertad en relación con quién no representa fuerza alguna. La verdadera prueba de la moralidad humana, la más honda (situada a tal profundidad que escapa de nuestra percepción), radica en su relación con aquellos que están a su merced: los animales. Y aquí fue donde se produjo la debacle fundamental del hombre, tan fundamental que de ella se derivan todas las demás” - Milan Kundera (“La Insoportable levedad del Ser”)

            Como escribí hace un mes exactamente, era algo que ya venía venir, pero no esperaba que fuese tan pronto aunque, con la muerte, siempre será demasiado pronto, sobre todo cuando se trata de alguien que amaste profundamente.

            Ayer en la noche, al salir de clase de Streching, veo que tengo un mensaje de mi madre “Hijo, ya está muy mal y está sufriendo, mañana a medio día la duermen”. Cerré un momento los ojos en lo que digería lo que eso significaba ya que, al día siguiente, mi segunda hija se iba a morir, y eso no es fácil de asimilar.

            Hay un dicho que reza “Enero y Febrero desviejadero” haciendo alusión a que la cantidad de muertes en gente de la tercera edad se incrementa por los fríos, o ésa es la creencia popular. Por lo menos ahora fue cierta, aunque la anciana en cuestión no era humana, era mucho algo mejor que ello.

Estuve con ella hace diez días y mi viejita aún se veía fuerte, aunque ya se le notaban los 13 años que llevaba a cuestas. Sin embargo, al sentirla sólida, me fui con relativa tranquilidad sin saber que ésa iba a ser la última vez que la iba a ver de pie.
Con su hueso

Cuatro días después se puso grave, algo le había caído mal y ahí empezó a decaer su salud. Cada día mi mamá me pasaba un reporte detallado, ella suele ser muy dramática (cualidad que me heredó totalmente), pero ahora sí había un tono distinto en su voz, y comprendí que no exageraba.

Cuando leí su mensaje, agradecí que me diera tiempo para ir a ver a mi hija ya que, de manera silente, albergaba la esperanza que se fuese a poner bien al verme, aunque también sabía que era una ilusión poco factible.

Dori ya daba muestras que había iniciado el camino sin retorno. Prueba de ello es que ya había un gato en la casa y mi pequeña, que tenía algunos felinos asesinados en su haber, lo había aceptado. Cuando mi mamá me lo comentó hace tiempo me impacté “¿Dori respetó a un gato? Eso sí lo tengo que ver”.
Mi hermosa osita nos dejo hace año y medio

Y así era, mi viejita lo había aceptado, no es que fueran amigos ni que fuera a tomar el lugar de la Osita, de hecho lo molestaba eventualmente, pero nunca atentó contra su vida. “Ese gato no sabe qué suerte tiene” pensé “Hace un par de años Dori lo hubiera acabado en menos de un minuto”.

A los que aún no había aceptado eran los dos cachorros que mi madre adoptó hace un par de meses. Así que Doña Marina se puso las pilas para reanimar a Dori y los metió a la casa para ver si reaccionaba, ¡y así lo hizo! aunque ya no tenía fuerza para hacerles daño. Eso fue hace unos tres días, y me dio esperanza que eso la hiciera recuperarse, ya que nunca hubo perra más fiera y orgullosa que mi pequeña.

Pero no fue así y ahora la iban a dormir para que ya no sufriera.

Qué gran fortuna (y qué terrible) es saber cuándo se va a ir tu ser amado, es un chance único para despedirte plenamente. Desde que me aviso mi madre me empecé a mentalizar y a desahogar. Los recuerdos fluyeron, así como una buena cantidad de lágrimas. Todos sabemos que vamos a morir pero, cuando le llega la hora a nuestros seres queridos, sigue siendo un golpe para el cual no estás preparado.

Hoy salí tempranito a correr, lo necesitaba para estar más pleno y presente para acompañar los últimos momentos de mi viejita. Durante el trayecto le prestaba especial atención a quienes iban con sus perros. Ahí di gracias profundas porque tuve a la Osa y a Dori ya que, gracias a ellas, empecé a correr y me vida fue mejor.

Me bañé, desayune y vestí. Hoy empezó el nuevo curso de japonés, así que avise que no iba a asistir. Durante el camino a casa de mi madre siguió la misma dinámica que llevaba desde ayer: momentos de reflexión, recuerdos, lágrimas y momentos para tranquilizarme. Iba manejando en automático, así que la música sonaba en vano pero, de pronto, puse atención a “The Circle of Life” de Elton John y cuando escuche “You should never take more that you give” me desbordé.

Creo que mi relación con Dori siempre fue injusta ya que, por más que le intentara dar, siempre le quedaba a deber, ya que ella siempre me dio todo su ser, me era leal al 100%, siempre fue muy obediente y fiel. Una entrega total que ningún humano te puede dar, un amor tan puro que sólo un perro te puede brindar. Lo triste es que nosotros sólo les damos las sobras y ellos se sienten tan agradecidos que nos dan todo lo que son y eso no está bien.

Cuando pase a ver a mi pequeña, al llegar a casa de mi mamá, se me partió el corazón.

            Dori siempre fue musculosa y muy gallarda, como si supiera que era la Perfección hecha perra (de hecho lo era). El verla flaca y tumbada en el suelo, en calidad de bulto, me destrozó y no pude contener las lágrimas. “Ya no puede comer” empezó a decir mi mamá “Le doy en la boca e intenta masticar, pero ya no puede”. Además de ello también me dijo que al defecar y orinar estaba sangrando. El veterinario, que la había tratado a diario, ya había dicho que no tenía caso que siguiera sufriendo.
Mi Chica

            “Pero ella quiere vivir” me decía mi mamá, y tenía razón, aunque los ojos se le veían cansados, aún tenía ese fuego en su interior, pero su cuerpo ya no daba para más. No me extrañaba, Dori siempre tuvo la esencia fuerte, nunca rehuía a una buena carrera o pelea, era muy “macha”, y creo que por eso se complementaba tan bien con la Osita, porque a una le gustaba proteger y a otra la gustaba ser protegida.

            Cuando veía la fiereza con la que Dori atacaba a perros que nos intentaban agredir me sorprendían sus muestras de poder y fiereza. Nunca perdió una pelea, y no es que las buscáramos, los canes siempre nos atacaban. Me tocó ver cómo sometía a perros que la superaban en talla, peso o número, y siempre salía airosa y sin herida alguna.

A veces me daba vergüenza porque, de haber sido humana, sin duda me hubiera muchas lecciones de fortaleza y decisión. Para mi fortuna, Dori no era una persona, era mi perra, la mejor que jamás puede haber tenido: la perra perfecta que le tocó a un amo imperfecto.

            Volviendo al presente, desde que llegue a casa materna, ya no me separé de mi hija hasta que partió. Estuve recordándole cuando fuimos por ella: Era la más chica de su camada, y nos la dejaron en extremo barata “ya que era muy pequeña” como dando a entender que no estaba a la altura del resto de sus hermanos que, ciertamente, estaban más grandes.

            ¡Pero qué estúpido aquel comentario! Habrá sido su criador, pero no sabía lo que había dicho. Dudo que en los años que me restan vuelva a encontrar a una perra tan inteligente, educada, fiel, cariñosa, colaborativa, astuta, decidida y, para acabar pronto, perfecta como Dori. No sé qué habré hecho yo en otra vida para merecerla.

            Y fui malo con ella, no porque la dañara físicamente, ya que la amé y la cuide lo mejor que me fue posible. Fui malo porque a la imperfecta Osa le perdonaba todo, al ser una perra “de chiste” sus defectos eran muchos así que, cuando hacía algo bien, se le reconocía. Pero al ser perfecta, mi pequeña Dori, tenía poco margen de error, así que le tocaba regaño si hacía algo mal (que escasas veces lo hizo).

            Dori era tan inteligente y educada que nunca necesito clase alguna para comportarse de manera civilizada, mi madre la podía tener dentro de casa sin que ocasionara destrozo alguno, ni hiciera algo indebido, siempre obedecía. Recalco, era la perra ideal, el sueño de cualquier amo.

            Hablaba con ella, pero parecía no reconocerme, así que le puse la mano frente a la nariz para que me oliera ¡y reaccionó! Salió de su letargo y me la besó, para luego acomodar su cabecita en mi palma. No pude contenerme, por un lado estaba feliz al ver que después de tantos años me seguía siendo fiel, me seguía amando y dándome mi lugar. Por otro lado, me dolía verla tan débil, dos muestras de cariño antes cotidianas, le representaron un esfuerzo tremendo, y se lo agradecía con toda mi alma.

Ése fue el último lengüetazo que dio, ya no volvió a abrir el hocico para nada.
Fue feliz en casa de mi mamá

            Mientras platicaba con mi perrita en su lecho de muerte, me acompañaba mi mamá, la segunda dueña de Dori, ya que me tocó disfrutar los primeros ocho años de mi pequeña y a doña Marina le tocaron los últimos cinco.

            Mi mamá siempre le decía “Doris”, porque no comprendía el concepto que se le haya nombrado en honor a un pez y, ahora que lo pienso con calma, tiene mucha lógica su razonar, además “Doris” suena más elegante. Pero yo siempre la llamé como fue nombrada, por cierta niña de 8 años, en honor a su personaje favorito: Dori.

            Doña Marina también me compartió que, aunque mi viejita había estado muy enferma, no se había quejado, no había dado lata y que obedecía cuando había que limpiarla, inyectarla o darle de comer. Tal vez no se pudiera mover con libertad, pero no oponía resistencia y, en la medida de sus posibilidades, intentaba cooperar.
Adoraba su casita

            Llego el veterinario a la hora acordada, y empecé a sentir que el alma se me iba del cuerpo: mi pequeña iba a partir :’-(

            Platiqué un momento con él, me dijo todo lo que le encontró, cómo intentó curarla y me dio las opciones: “Podemos tenerla en un hospital, pero ya no tiene caso, sólo la podemos mantener con vida pero . . .” no necesitó completar la frase para comprender que “mantener con vida” no quiere decir “disfrutar la vida”.

            “Los perros no tienen muchas ventajas con respecto a las personas, pero hay una que vale la pena destacar: en su caso, la eutanasia no está prohibida por la ley; los animales tienen derecho a una muerte caritativa. Pero la aceptación de ese principio no era suficiente para eliminar la angustiosa inseguridad: ¿Cómo reconocer el momento en que el sufrimiento es ya inútil? ¿Cómo determinar el momento en que ya no vale la pena vivir?” - Milan Kundera (“La Insoportable levedad del Ser”)
Amor a una mascota

            Ahí me hice consciente que Dori no merecía estar así, siempre fue una perra vital, que imponía respeto, que le gustaba correr y ladrar con fuerza, y se le notaba lo feliz que era cuando regresaba conmigo con una pelota en la boca o con una sonrisa tras haber azuzado a unos perros. Comprendí que ella quería seguir viviendo, porque es necia como su amo, pero que ya no podía hacerlo como le gustaba. Además, por dignidad, a mí tampoco me gustaría estar tendido con tubos si ya no voy a tener la posibilidad de ser autónomo.

            La anestesió.

Relajada con su pelota
            Mientras le buscaba la vena para dormirla, yo seguía acariciándola, besándola y hablándole. Al veterinario le costaba inyectarla porque las venas de Dori se habían vuelto difíciles de encontrar (con lo flaca y débil que estaba era un reto), además de que se sorprendió de lo gruesa que tenía la piel “Nunca había visto a un perro con una piel tan gruesa”, y ahí entendí porque nunca fue herida en ninguna pelea.

            Tuvimos que voltearla para buscarle la vena por otro lado, se ofrecieron el doctor y mi mamá a ayudarme, pero no se los permití “La he cargado desde cachorra hasta adulta” les dije. Cuando la levanté estaba tan ligera que la tristeza se multiplicó, mi Dori llegó a pesar los 40 kilos de puro musculo. Ahora, a duras penas, pesaba la mitad al estar en los huesos.

            “Ya la encontré” avisó el veterinario respecto a la vena, algo que me cayó como balde de agua fría y se me contrajo, aún más, el corazón. Infantilmente tenía la esperanza que no la encontrara y dejara a mi amorcito peludo con vida, pero fue inútil.

La inyectó.

            Mi hermosa chica dio unos pocos respiros antes de dar el último suspiro, y murió en mis brazos. Ese último suspiro me partió el corazón en mil pedazos y sé que, cuando lo reconstruya, harán falta una buena cantidad de amor y fuerza, mismos que Dori se llevó con ella.

            Me costó trabajo levantarme, de hecho, no quería hacerlo. Quería quedarme ahí y morir con mi pequeña ¿Por qué la vida es tan injusta que les da a los perros tan pocos años? O ¿Por qué nos da tantos a los humanos? La gente debería poder existir los mismos años que su perro y morir plácidamente con él. Con gusto hubiera muerto con mi bebita en ese momento, pero las personas somos egoístas, y seguimos viviendo a pesar de que una pequeña bola de pelos, que nos dio todo su ser, haya partido de nuestro lado.
Siempre tuvo una hermosa sonrisa

            Una vez de pie, me costó dejar de llorar, aunque debía de hacerlo, había que enterrarla y era un trabajo que me tocaba a mí. Tarde en tranquilizarme, pero comprendí que aunque me terminara las lágrimas (que estuve a punto de ello), no la iba a traer de vuelta. Antes de llevármela, verifique su aliento y su pecho, en busca de signos vitales, pero tristemente no encontré ninguno.

            Esta fue la primera vez que me tocó enterrar a una de mis queridas mascotas, las veces anteriores se hacía cargo mi papá ya que, usualmente, yo me la pasaba en llanto incontrolable. Ahora no es que me doliera menos (estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no desplomarme), pero era el hombre de la casa y ni mi mamá ni mi hermana se iban a hacer cargo de esto. Así que reuní todas mis fuerzas para intentar serenarme, aparentar entereza e iniciar a cavar en la jardinera trasera: el cementerio oficial familiar de mascotas.

            Mientras cavaba, mi madre y yo platicábamos de cada una de nuestras mascotas desde que llegamos al Pueblo: Mota, Princesa, Poncho, Maya, Osa y Dori (por orden de muerte), y empezamos a recordar detalles de cada cual. En verdad hemos sido muy afortunados porque, cada uno tuvo su personalidad única, grandes perros que cualquiera sentiría envidia de haber tenido.
Ahora está nuevamente juntas

            Al terminar de escarbar le pedí a mi madre que, por favor, verificara otra vez los signos vitales de mi bebita, algo que hizo con todo el profesionalismo de la enfermera que es y me lo confirmó: se había ido.

            Antes de echar la cal y empezar a enterrarla, me quite la playera y se la puse encima ¿Por qué? Sé que es estúpido, ya que sólo era el cuerpo que dejó atrás Dori, pero me reconfortó saber que algo mío la iba a acompañar allá abajo. También dejé que mi madre hiciera sus rituales religiosos, ya que también merecía despedirse a su manera, todo esto mientras me alejé a un rincón llorar un poco más.

            Terminé de enterrarla y de poner tabiques encima, para que los cachorros no la fueran a desenterrar (aunque estuviera muy profundo), así que procedí a despedirme de mi madre y hermana.

            Cuando íbamos de salida los cachorros nos hicieron fiesta. No puedo culparlos de no sentirse tristes por la muerte de Dori ya que para ellos debió haber sido “esa viejita gruñona que habita dentro de la casa”, así que los acaricié tantito.

            “El blanco se llama Sansón y la pequeña se llama La Chapis” me dijo mi madre. En mis visitas anteriores no los había conocido, no me interesaba verlos, porque iba directo con mi viejita. Pero ahora que los tuve cerca, me llamó la atención la pequeña y, justo cuando iba a hacer una observación, mi madre se me adelantó, “Se parece a Princesa” me dijo.

            Me costó trabajo no ponerme a llorar “Mi Prince” pensé, también fue una perra noble como pocas, que le tocó sufrir muchas cosas de las cuales nunca perdonaré a quien se las hizo, pero ésa es otra historia. Así que en lugar de llorar, acaricie un poco a Sansón y a la Chapis, lo cual me dejó un poco más tranquilo porque sé que hay quien cuide a mi madre.

            El camino de regreso fue la misma dinámica que el de ida, intercalando reflexiones y llanto mientras manejaba como autómata. Nuevamente la música iba de adorno porque no le ponía atención, hasta que me llamó la atención “May it be” de Enya y me destrozó la estrofa inicial:

“May it be an evening star shines down upon you
May it be when darkness falls your heart will be true
You walk a lonely road
Oh how far you are from home”

            Cada cual le da la interpretación que quiere pero, en mi caso, me volví a hacer consciente que nunca más iba a volver a ver a mi bebita, y me tuve que orillar un momento para berrear con toda potencia e intentar que doliera menos el pecho. El dolor no se fue, pero pude tranquilizarme y seguir manejando.
Mi Mamá con Dori y mi hermana

            Me parece increíble que todavía haya gente que diga “¡Pero sólo es un animal!”. Hace años, cuando oía a alguien que decía eso, me ofendía profundamente, hoy en día me causan tristeza. Sí, obvio es un animal, uno al cual le asignamos cualidades humanas, de hecho hay gente que los humaniza a grados enfermizos, al punto de tornar a sus mascotas tan insoportables como un humano.

            Pero, cuando llevas una relación productiva con ese “animal”, tienes acceso a una de las más grandes experiencias que te puede brindar el universo, disfrutas una relación idílica que jamás podrás experimentar con una persona, porque los sentimientos humanos cambian, quieras o no, mientras que un “animal” te va a amar incondicionalmente, sin importar la basura de persona que seas. Eso es más de lo que jamás mereceremos como raza, y es por eso que los perros son el regalo más grande que uno puede tener en el mundo.

           “Ninguna persona puede otorgarle a otra el don del idilio. Eso sólo lo sabe hacer un animal, porque no ha sido expulsado del Paraíso. El amor entre un hombre y un perro es un idilio. En él no hay conflictos, no hay escenas desgarradoras, no hay evolución” - Milan Kundera (“La Insoportable levedad del Ser”)

Eso sí, cuando mueren, duele insoportablemente, a tal grado que no quieres volver a tener alguno pero, cuando ves todo lo que te dan durante su existencia, es un dolor que aceptas con gusto al haber experimentado tanto amor de parte de un pequeño “animal” que, dicen los científicos, que ni “sentimientos” tiene (me vale madre lo que digan los estudios, sé que mis mascotas me han amado y han tenido distintas personalidades).

            No creo en El Cielo, por lo menos para los humanos porque, además de ser una fantasía infantil, no lo merecemos. Si existiera un cielo, seguramente es para perros, porque son superiores a nosotros. Si existiera ese utópico lugar, sé que Osa y Dori estarían ahí.

Pero no importa su existencia porque sé que, a pesar de todo, intentamos darles una buena vida así que, cuando muera, mi esencia se va a unificar con la de ellas en la energía universal y eso me da algo de tranquilidad.

            Por lo mientras, un capítulo muy importante se ha cerrado. Osa y Dori irrumpieron en mi corazón desde el primer momento que nos vimos (finales del 2002): la primera me dejó en el 2014 y la segunda me dejó hoy. Van a ser las primeras y las últimas que me pertenecieron de manera exclusiva, ya que el resto de mascotas que he tenido han sido en familia. Aunque, siendo honestos, sólo 7 años las tuve para mi solito (de los mejores de mi existencia), porque el primero fue en mi fallido matrimonio, y los últimos le pertenecieron a mi madre.

            Aun así no me importa, ellas siempre serán MIS perras, las amé con todo mi corazón, siempre me hicieron muy feliz, siempre me sentí orgulloso de ellas, y sé que me amaron más de lo que jamás merecí. Soy muy ingrato porque antes me queje de que no había sido amado por ciertas mujeres, pero también fui muy tonto al no valorar el amor más grande que se puede experimentar: el que te da un canino, uno tan perfecto, completo y puro que ningún humano es capaz de dar.

     
Algún día nos volveremos a reunir
     “La pareja humana está hecha de tal manera que su amor es, a priori, de la peor clase de la que puede ser (al menos en su caso, que es el mejor). El amor entre una persona y un perro es desinteresado: Teresa no quiere nada de Karenin. Ni siquiera le pide amor. Jamás se ha planteado las interrogantes que torturan a las parejas humanas: ¿me ama? ¿Ha amado a alguien más que a mí? ¿Me ama más de lo que yo le amo? Es posible que todas estas preguntas que inquieren acerca del amor, que lo miden, que lo analizan, lo investigan, lo interrogan, también lo destruyan antes de que pueda germinar. Es posible que no seamos capaces de amar precisamente porque deseamos ser amados, porque queremos que el otro nos dé algo (amor), en lugar de aproximarnos a él sin exigencias y querer sólo su mera presencia” - Milan Kundera (“La Insoportable levedad del Ser”)

            Gracias Dori, ahora te vas a reunir con la Osita. Ahora podrás cuidarla de nuevo.

            Las amo niñas.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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