sábado, 6 de febrero de 2016

El auténtico amor eterno

           Advertencia: Este escrito NO es apto para enamorad@s. Si usted está estupidizad@ por el enamoramiento, háganos el favor (a usted y sobre todo a mí) de NO leer este escrito. No quiero tratar con toda su pasión, prejuicios y anhelos con los cuales usted apenas puede lidiar. No me venga a importunar con sus sentimentalismos cursis e irreales. Advertid@ está.

            Hace un par de días iba corriendo y, dentro de las cavilaciones que hago, me surgió una idea, la cual me hizo comprender que debes tener cuidado con lo que deseas, ya que se te puede hacer realidad.

            Originalmente no iba a plasmar dicha idea en este ensayo, sólo me la iba a quedar para mí pero, al expresarla en terapia, Ana me pidió escribirla ya que le pareció muy valiosa. Y creo que tuvo razón.


            Se dice que el único amor eterno al cual tenemos acceso los humanos es con los perros, ya que no evoluciona, y eso le permite seguir en el mismo nivel de intensidad. Además ayuda que los perros no nos exigen nada y nos dan todo su ser a cambio. Con ese acuerdo tan ventajoso, que no encontramos en otro humano, es fácil llevar una relación duradera con la misma intensidad.

            Sin embargo, he descubierto que como humanos también tenemos acceso a ese amor eterno con nuestra misma especie, y soy prueba de ello, ya que en su momento prometí amor eterno y se me cumplió ¡dos veces!

            Tiene más de 14 meses que no veo a Nadia y, para cómo van las cosas, no creo volverla a ver. Sin embargo, eso no es impedimento para que, constantemente me la recuerden de manera indirecta. Es constante que alguien me comente algo de ella, información que nunca solicito pero que, por alguna razón, siempre me acaban compartiendo.

            La más reciente fue hace un par de semanas. Estaba enviando unos chistes por Whatsapp, cuando vi la foto de perfil de que uno de mis contactos. Él tiene una hija que ya ronda los 25 años, así que pensé que estaba posando con ella. Al abrir la foto ¡Madres! La que estaba a su lado era mi exMusa. Ya sabía que él estaba tomando clases con ella además, a pesar de ya no la veo, tenemos muchos conocidos en común (de ahí que me lleguen tantos “reportes” de ella).

            Solamente vi la foto el instante antes de darme cuenta que era ella, por lo que procedí a borrarla y, de paso, a mi contacto ¿Por qué lo borré a él que ni vela tiene en el entierro? Porque no quiero tener la tentación de estar viendo su foto, además no me preocupa, con el tiempo se volverá a reportar y lo volveré a agregar.


            Aunque sólo fue un momento, la vi diferente. Ciertamente la gente cambia cuando dejas de verla por más de un año, pero la diferencia que notaba no era física, podría jurar que era prácticamente la misma apariencia. Creo que por primera vez la contemplé como en verdad es: ya no la veía con los lentes de la idealización.

            Cambiemos de fémina y vayamos con mi primer amor: Harumi.

            A gente a la que le llama la atención que, a pesar del tiempo, la siga sacando a la conversación pero les respondo de manera tranquila “Y honestamente dudo que la deje de mencionar en lo que me resta de vida”

            A pesar de lo reciente del caso Nadia, no deje de mencionar a Haru Chan de hecho, debido a mi exMusa, hasta se incrementaron las remembranzas ya que las comparaciones eran inevitables para mi apasionado corazón.

            Tal vez no tantos como Nadia pero, a pesar del tiempo, también tengo conocidos en común con mi primer amor. Gente con la que ambos convivimos hace más de una década o personas que la conocieron en otros ámbitos.

            Hay quien la tiene en Facebook y me habían ofrecido enseñarme sus fotos, algo que rechacé siempre pero, a raíz de lo de Nadia, opté por verlas yo mismo. ¿Cómo explicarlo? Al igual que pasó con mi exMusa, la de las imágenes es ella pero no era “mi” Harumi, de la que me enamoré perdidamente, la que habita en mis recuerdos. Así que, para mi inconsciente, no es ella, la de esas fotos no era Harumi.


            Y ahí me di cuenta del amor eterno con ambas mujeres ¿Basado en qué? En que no se quedaron.

            Me explico.

            Cuando uno está en el estado de enamoramiento es como estar drogado (por eso no me hace falta probar las drogas, porque ya he vivido estados alterados de consciencia). Al estar enamorado dejas de ser tú: la realidad, las personas, tus prioridades y tu propia existencia toman otros tonos, otras lecturas, otras tendencias. El mundo es distinto, tú eres auténticamente feliz, es más, me atrevería que es el estado más alto que puede alcanzar el humano (y al mismo tiempo el más bajo).


            Sin embargo, como todos hemos comprobado (aunque no todos tengan el valor de admitirlo), ese estado es efímero, como todo en esta existencia. El enamoramiento tiene un período promedio de ocho meses, mientras que el amor tal cual puede durar hasta 8 años.

            Las relaciones, por más buenas y productivas que puedan ser, no pueden mantener esa explosión tan imponente como lo resulta el enamoramiento, estás tan embriagado que crees que así va a ser para siempre, pero no es así.

Puedes tener una relación muy positiva, sana y nutritiva y, aunque el sentimiento es muy padre y fuerte, nunca igualará a la potencia del enamoramiento, y está bien, porque esas parejas han madurado y crecido juntos, así como lo han hecho con su relación. La estabilidad de su vínculo se la deben al compromiso que le han puesto ambos, y no en la euforia de un sentimiento pasajero.


            Eso es cuando las relaciones son productivas y positivas que, tristemente, son las menos.

            Para el resto la situación suele ser menos provechosa, producto también de la pereza de basar la relación en una sensación pasajera, creyendo que van a seguir enamorados por siempre.

            Cuando estás enamorado encuentras graciosas cada una de sus imperfecciones sin importar que sean de conducta, de educación, físicas, culturales, religiosas y lo que me digan; el amor todo lo perdona dicen por ahí.

            Al terminar el enamoramiento (que siempre pasa), ya empezamos a ver la realidad: los pedos ya huelen mal (cuando antes “eran como perfume”), la minifalda ya está muy corta (cuando antes servía para “lucir esas hermosas piernas que tienes”), ya es tarde y tenemos que regresar a casa (cuando antes “podría desvelarme contigo a diario con tal de disfrutar de tu compañía”), ¿otra vez vamos a ver a tu madre? (cuando antes era “Suegrita, qué bien me la paso acá, ¿segura que no le molesta tenerme a diario?”) y tantos y tantos ejemplos que podría mencionar pero que no hace falta porque ya quedó clara la idea.

            ¿Pero qué pasó? ¿Acaso no nos juramos amor eterno? ¿No me prometiste que ibas a amarme incluso más que el día que me conociste? ¿No que era la luz de tu existencia y que sin mí no podrías seguir respirando? Los humanos somos muy ingenuos, ignorantes, estúpidos y crédulos (entre tantas otras linduras), por eso hacemos ese tipo de promesas y, lo que es peor, acabamos por creerlas.


            Como nos han educado con tantos cuentos de hadas y películas de Hollywood en donde se nos dice (abierta o veladamente) “Fueron felices para siempre”, entonces creemos que podemos alcanzar eso, es más, ¡lo merecemos!, si Disney lo dice debe ser verdad.

            Alguna vez, en una de esas pláticas nocturnas que teníamos frente a su casa, Nadia y yo platicábamos del amor: más o menos le explicaba este concepto de que el amor no es eterno. Ella se molestó conmigo: “Hebert, no quiero un novio que me diga que el amor acaba”.

Me las vi negras entre controlar mi emoción (ella había sugerido que me podría considerar como novio) e intentar arreglar las cosas. Hice malabares y metí algunos otros argumentos para que mi amada se contentara conmigo, pero desde ahí cuide el tema con ella, porque todos nos queremos enamorar y pensar que va a ser para siempre.


A excepción de breves espacios de tiempo, en los cuales fui inmensamente feliz, mis relaciones con Harumi y con Nadia nunca se consolidaron del todo y, al final, ninguna se quedó y continuamos nuestros respectivos caminos.

Y justo ahí se aseguraron ambas algo: mi amor eterno.

¿La razón? Nunca tuve tiempo de desmitificarlas, nunca tuve la oportunidad de verlas como en realidad eran, nunca pude ver sus verdaderos “yo”, con la mirada objetiva del Hebert que está escribiendo en estos momentos; con los mismos ojos que las vieron recientemente en sus fotos, sin el aura de perfección con que me gusta rememorarlas (de hecho no puedo recordarlas de otra manera).


Como se fueron y me dejaron todo el amor que tenía para compartirles, ese mismo sentimiento me dejó tatuada una imagen perfecta de ambas. Esa promesa de amor eterno que les hice se mantiene vigente, porque no me dieron tiempo de retractarme y ser verdaderamente yo frente a ellas. Dentro de mi corazón ambas siempre serán perfectas, y por eso, mientras nuestros caminos no se vuelvan a cruzar, su aura inmaculada seguirá dentro de mí.

Por eso mismo es que no se quedaron: además del agobio de alguien que te idolatra y quiere estar contigo a cada paso que das, también están las expectativas a cubrir. Aunque a un nivel yo también les gustaba (si no nunca nos hubiéramos besado), sé que no compartían mi enamoramiento. Ambas lo intentaron pero, simplemente no fluyó, y no las culpo: es difícil enamorarse de alguien que se pone a tus pies como tapete.


A pesar de ello no era mal partido, y tal vez alguna de las dos se hubiera animado a quedarse, pero ahí entraba el otro aspecto peligroso: eventualmente mi ojo crítico se iba a activar, el enamoramiento iba a pasar y, aunque estoy seguro que me hubiera quedado con ella hasta el final de nuestros días, seguramente ya no gozarían del nivel de idolatría que recibían de mí.

Si ya eres una Diosa ¿para qué arriesgarte a ser una mortal?

No digo que lo hicieran adrede ni que mi percepción les fuera tan importante pero, involuntariamente, lograron trascender en mi vida gracias a que se fueron y no pude “humanizarlas”.

            Es por eso que cada recuerdo, cada imagen, cada anécdota, cada lugar que visitamos, entre otras, tienen la etiqueta de históricos: “¡Ah! En esa pastelería nos echamos un rico postre”; “Aún recuerdo esa película que vimos en esta sala”; “En este salón la vi entrar aquella noche”; “En este lugar bailamos hasta la madrugada” y demás nostalgias.

            Y lo que pasa es que, a pesar de que los momentos de sufrimiento fueron más que los de gozo (en gran parte por mi propia actitud), la memoria opta por ir demeritando los recuerdos malos y privilegiar los buenos. Supongo que nuestra existencia sería imposible si no tuviéramos ese mecanismo.

            Aunque es naturaleza humana y la evidencia demuestra que seguirá así, me sigue entristeciendo que no puedas quedarte con la mujer que te hace creer en la magia del amor por, justamente, amarla demasiado ¡Qué ironía!

            No sé si sean mis experiencias o la diferencia de edades, pero paulatinamente he tratado a una chica que me ha evidenciado más esta situación. La fémina en cuestión me gusta, la quiero, la deseo y nos llevamos muy bien. A veces salimos a comer, a echar un cafecito o al cine, incluso hemos ido a eventos sociales; en cada una de esas ocasiones platicamos muy a gusto e incluso estamos planeando irnos de viaje este año.

Sin duda sería una situación ideal que fuera mi pareja ya que, aunque la quiero y la protejo, no pierdo la cabeza por ella, la veo cómo es, lo que me permite estar en control y no echar a perder nuestra relación con tontos anhelos. De hecho ya son varios que, al vernos juntos, me dicen que haríamos muy bonita pareja.


            Es más, la quiero tanto que ni siquiera me molesta que tenga novio, porque no la estoy esperando ni conspirando para que rompa con él. Si algún día se llega a dar, haré mi máximo esfuerzo pero si se casa con él, y son felices para siempre, tampoco tengo problema con ello.

            Ella me importa mucho, pero no dejo de existir por sus caprichos. En verdad me gusta, creo que incluso la amo, pero no se me acaba el mundo si no la veo, no estoy loco por ella. Y alguien de corto entendimiento se preguntara “¿Cómo la puedes amar sin estar loco por ella?” De la misma manera que usted ama a su familia, amigos, mascotas y demás. O, para que me sirva para promocionar otro escrito, como el amor verdadero de Maléfica por Aurora. Amo a mi amiga, la puedo considerar como pareja pero no me es vital, si se da bien, si no también.

            Hay imágenes por ahí que dicen que es un error escoger con la cabeza lo que le corresponde al corazón, lo cual es parcialmente cierto. De hecho es muy chido dejarte llevar por el corazón pero, como ha sido mi caso, hay un punto en que te das tantos golpes que empiezas a ver que no es tan buena idea dejarte llevar sólo por el corazón.

            Así que lo ideal es escoger con el corazón Y con la cabeza (de preferencia la de arriba), para que sea una elección integral y con más posibilidades de fructificar.

            Ahí es donde uno comprende el dicho “Al primer amor se le ama más, a los siguientes se les ama mejor”. Por la lógica de ese dicho no estaba preparado para la intensidad que sentí con Nadia, que fue incluso mayor que el de Harumi ¿Cómo puede un corazón lidiar con eso dos veces en su vida? Sin duda el mío no es humano.

            Amar mucho, con todo tu ser, no quiere decir amar bien. Podrás dedicar toda tu esencia, tus recursos e intenciones a una sola persona y eso no te asegura que la estás atrayendo de hecho, en mi experiencia, pasa exactamente lo contrario.

            A cada cual, en su respectivo momento, le prometí que la iba a amar por siempre y, ciertamente, voy a cumplir mi promesa: las voy a amar hasta el día de mi muerte, cada cual tiene un lugar muy importante en mi corazón. Tal vez sea una fortuna, o una maldición, que ambas habiten en mí como seres irreales e idealizados pero supongo que está bien: para ellas y para mí.

            A pesar de ello o, mejor dicho, precisamente por ello, como mencioné en otro escrito reciente, no tengo la intención de volverme a enamorar, es algo poco práctico. Amar es algo inherente a la vida humana, de hecho es algo muy bello; pero el fenómeno de “enamorarse perdidamente de alguien que justifique tu razón de ser en este mundo” es algo que ya experimenté dos veces y no me hace falta pasar una tercera. Ya he amado demasiado, ahora me haría falta saber lo que es amar bien.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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