sábado, 2 de abril de 2016

Despedidas

            Definitivamente voy a crear una etiqueta llamada “Ensayos inoportunos que debo redactar cuando voy atrasado con otros escritos”. Tengo TANTO material sobre mi viaje a Japón como nunca he tenido que escribir sobre cualquier otro tema, bueno CASI cualquier otro tema. Pero no vale la pena quejarse, mejor empiezo.

            El guía sabio

            Recuerdo que en mi primer viaje a la Huasteca Potosina (Serie de escritos que también tengo pendiente), conocí a un guía chileno/español/suizo llamado Nilo, justo en mi último día de aquella visita. La plática con él fue en extremo interesante y profunda.

            En aquel momento yo estaba nostálgico porque era mi último día en tan maravilloso lugar, pero Nilo lo tomó con mucha calma. “Me he despedido tantas veces que ya me lo tomo muy natural. No es que no me importe, simplemente he aprendido a no engancharme a la gente como si fueran a estar conmigo todo el tiempo”.

            Nilo me cayó en extremo bien, es una lástima que no estuviese en mi segunda visita porque, naturalmente, ya se había ido. Con el paso del tiempo, y las despedidas, he ido comprendiendo cada vez más al buen guía de aventura.

            Saliendo del Mundo VW

            Durante mi estancia en Japón, recibía mensajes por el Whatssapp de manera constante desde México, diversas personas estaban emocionadas por mi viaje. Una de ellas, el Pollo, dejó la oficina para mudarse a Monterrey hace unos meses. Cuando me escribió puso “¡Qué chido que estás allá! Luego me platicas cómo te fue”.

            Es chistoso cómo tenemos muletillas muy bien estructuradas al momento de comunicarnos, ése “luego me platicas” es algo que tenemos muy arraigado los mexicanos, aunque nunca se lleve a cabo, supongo que es una manera cortés de decir que “Sé que no nos vamos a volver a ver, pero pretendamos que sí” con muchas personas que ya no frecuentas.

            En “Las Distancias de la amistad” ya toqué ampliamente dicho tema, en donde la mayoría confunden una amistad verdadera con la convivencia diaria; cuando se van, sólo con muy pocas mantienes un contacto y realmente te llegas a ver cuándo tienen la oportunidad. El Pollo me cae súper chido, pero sé que cuando venga a Puebla, tiene un chingomadral de compromisos familiares y sociales que atender, así que ese “Luego platicamos” en verdad es poco factible.

            Algo así pasó con dos compañeros de trabajo que se jubilaron esta semana, al platicar con ambos, ninguno se atrevió decir algo similar a un “Adiós”, sino que se despidieron con un “Luego platicamos”, como si al siguiente Lunes fueran a volver al trabajo.

            Supongo que tras años de convivir, se nos dificulta asimilar la idea de que ya no vamos a volver a ver a la gran mayoría de esa gente que saludábamos a diario, o un par de veces a la semana o, ya de a pérdida, una vez al mes.

            ¿Por qué será? Tal vez porque a nadie le gusta despedirse, porque es más fácil decir un “Nos volveremos a ver” que un “Adiós”, tal vez no nos guste cerrar el ciclo porque eso es, de alguna manera, algo similar a la muerte, porque ya no las volvemos a ver.

Estoy consciente que algún día voy a dejar VW, tal vez la otra semana o tal vez dentro de 25 años, es posible que bajo mis propios términos o por conveniencia de la Empresa, eso no lo sé, pero sí sé que ese día irremediablemente va a llegar, ¿Tendré el suficiente temple para decir “Adiós”?

Cuestiono sobre mí, porque sé que la gran mayoría me va a decir “Seguimos en contacto”, “Nos escribimos”, “Luego vamos a echarnos un café” y sé que casi todas son sólo bonitas palabras, sin una auténtica intención que las respalde, y por eso ya no las digo a los que se despiden, a menos que en verdad tenga la intención de volverlos a ver.

Ya pasé por algo así en mi primer trabajo, al cual renuncié hace 16 añosy luego entré a Volkswagen. Ilusamente creí que iba a mantener el contacto con todos con los que tan bien me llevaba y, a las pocas semanas, me di cuenta de mi error. Por eso estoy muy consciente de lo que va a pasar el día que deje VW pero, hasta que llegue ese día, ya veremos cómo reacciono.
            

            Vida Académica

            Algo que me encabrona es dejar pendientes, tal vez por ello me gusta tener los círculos bien cerraditos, que no haya quedado nada al aire o sin definir. Gracias a esa tendencia es que, cada vez que salía de una escuela (desde Kinder hasta Maestría) jamás regresé a ninguna.

            ¿Acaso me fui enojado? Para nada, ni siquiera en Secundaria en donde sufrí un Bullying inmisericorde. En realidad no volví porque ya no tenía nada a qué regresar, “para agradecer a tus maestros” habrá quien diga, eso lo hice en cuanto me fui y desde un poco antes. ¿Para revivir recuerdos? ¡Nah! Mejor disfruto de la etapa actual que revivir hechos que ya no volverán a ser.

Al final en esos lugares, se supone, te preparan para avanzar a la siguiente etapa, así que creo que mis profesores estarán más felices de verme evolucionar en lugar de regresar a recordar viejas alegrías. Nunca hay que decir nunca pero dudo regresar a dichas instituciones de mi pasado.

Salsa

            En el caso de la Rumba Mía, la situación es un poquito diferente a las escuelas académicas, ¿por qué? Porque a ese lugar iba por gusto, por hobby y, al inicio, por pasión.

            La primera vez que dejé Rumba Mía fue porque esa pasión estaba muriendo, así que fui a otros lados en busca de revivirla. Encontré un sentimiento mucho más potente, me enamore de manera brutal, y la Salsa me sirvió de pretexto para alimentar mi enamoramiento por aquella maravillosa mujer.

            Gracias a ese amor frustrado es que, por segunda vez, dejé Rumba Mía y, de paso, la Salsa. Cuando fui a despedirme de Paco y Pily (mis maestros), lo hice de la manera más natural, sin sentimientos de culpa ni de tristeza, simplemente con mucho agradecimiento y recordando los viejos tiempos. De igual forma ellos me correspondieron y fue una despedida muy bonita.

            En este caso no puedo ser tan tajante y decir que dejé la Salsa para siempre, tal vez porque la “tuve” que dejar por salud mental y emocional. No voy a negar que ya no sentía la misma pasión, pero creo que pude haber seguido algunos años más.

            Ahora soy feliz en Jazz, y creo que voy a estar un buen tiempo (hasta que cierre mi ciclo) pero algún día es factible que regrese a Salsa, sólo que por el momento no es buena idea, si eso pasa será dentro de algunos años. A ver si no me pasa lo de la penúltima sección de este escrito pero, antes, vamos a hablar de los amores frustrados.

            Amores Frustrados

            ¿Qué se sentirá que alguien se enamoré totalmente de ti? Supongo que ha de ser algo padre pero, después de un tiempo, puede ser algo agobiante. Por alguna causa que desconozco, siempre soy el que se enamora perdidamente, también soy el que agobia y cansa a la potencial pareja pero, irónicamente, también soy el que siempre se despide.

            Es curioso pero, para lo apendejado y/o enamorado que he llegado a estar, resulta que siempre tengo la última palabra y opto por hacerme a un lado. Esto resulta sorpresivo para las féminas en cuestión porque, aunque no era lo suficientemente bueno como para que me aceptaran, no lo vamos a negar, tener tus fans incondicionales también es un buen alimento para el ego.

            Y tal vez ése haya sido el motivo: el Ego. Es probable que  no hubiera soportado que ellas me hubieran mandado al carajo (que en su momento lo hicieron para luego aceptar nuevamente que las idolatrara) pero, el único “Adiós” definitivo fue cuando salió de mis labios.

Fueron momentos en donde mi sentido común se fortaleció, me dio un ataque de dignidad, ego o amor propio (no sé definir cuál) y termine esa relación que me hacía muy feliz pero que, al mismo tiempo, me estaba destrozando.

            Eso me tranquiliza porque, no importa lo profundo que sea el enamoramiento, si es algo que no me está haciendo bien, eventualmente, emergerá mi instinto de conservación y acabaré por terminar con aquella intentona de relación que me está matando.

            En fin, pasemos al momento de hoy, a lo que me motivó a escribir este texto, una despedida más significativa de lo que esperaba hace unos meses.

            Nihongo no Kurasu

Hoy le puse fin a mi segunda etapa en clase de japonés.

Aún recuerdo la primera, fue un Sábado en Enero del 2007. Había ido a un par de clases en la semana pero ya estaba cansado, habían sido ocho años de estudiar tan maravilloso idioma, pero yo ya no era lo mismo de antes: tenía 30 y no los 22 con los que había iniciado, ya no vivía con mis padres y hasta divorciado estaba.

Hasta este momento me doy cuenta que carecía de toda esa ilusión que tenía a inicios de 1998, ya no había la misma limpieza ni veía la vida de la misma forma. Me había llamado la atención el baile, y este nuevo mundo me ofrecía una emoción nueva y excitante, algo muy diferente a lo que sentía en clase de japonés, a la cual quería mucho, pero ya no era la entrega apasionada de antaño.

Aquel Sábado fui a hablar con mi amiga Mari Tanaka quien fue la maestra más importante que tuve en esos ocho años, incluso fue a mi boda y siempre le tuve un cariño muy especial, era tal nuestra confianza que no le decía “Mari Sensei”, ya que me dejaba tutearla, ya que habíamos llegado a la escuela en la misma época, por lo que nos habíamos acompañado todos esos años.

Le expliqué a Mari mi sentir y entendió a la perfección (ella bailaba flamenco), aunque sí me expresó su tristeza. Creo que fui muy ingrato en esa ocasión, ya que debí demostrar más pena que alegría, pero era más la emoción por irme a clase de Salsa que la tristeza por dejar japonés. Algo así como cuando dejas la casa de tus papás para irte a vivir solo: estás más emocionado por la alegría egoísta de tu libertad que por la tristeza de los que te vieron crecer.

Aquella vez no me despedí de nadie más, de ningún maestro ni de ningún alumno, todos mis amigos ya se habían ido, por lo que era el único que quedaba de mi “camada”. Ahora también entiendo que todos habían seguido sus caminos y fui el último en “dejar el nido”.

Ahora lo hice diferente.

Desde hace meses tenía claro que esta segunda etapa en la escuela era temporal, sólo era para retomar nivel para el viaje a Japón (y fue muy buena inversión). Mi plan original era despedirme de las Sensei Maiko y Satou entre semana, y de mis compañeritos vía Whatssapp, pero hubo un detalle que me lo impidió: Dulces japoneses.

Durante mi estancia en el país del Sol naciente, en una ocasión, estaba tan emocionado que compartí algo con mis compañeritos y ahí empezó todo. Entre los consejos y preguntas que me hacían, alguien me pidió dulces y chocolates, por lo que me dije “Pero entonces tendría que dárselos en persona”, lo pensé un momento y me pareció una brillante idea: Lo correcto era despedirme dando la cara, como casi siempre lo hago, así que les compré los dulces como pretexto para irlos a ver una última vez.

Me la pasé tan bien en Japón que, por un momento, puse en duda mi decisión “¿Y si me quedo en clase?” pero el titubeo fue breve, tan sólo de recordar la hueva de hacer tarea y estudiar para exámenes, eran suficiente motivación para dejarlo. Además, como ya expresé en otra ocasión, tengo otras prioridades a las cuales dedicarle ese tiempo, energía e interés. Por si las dudas llevé los libros pero lo dejé en el coche.

Primero me pasé a despedir de Satou Sensei, que lo tomó muy bien: ella siempre ha sido muy alivianada. Maiko me recibió con un “Okaerinasai!” tan animado que el “Tadaima” con el que contesté casi fue con pena, todo porque en unos minutos les iba a decir “Sayonara”.

En clase les tomó por sorpresa mi decisión, hubo por ahí un par de miradas que eran muy elocuentes, supongo que no es común que alguien vaya a despedirse de manera tan abierta.

Mi idea era dejarles los dulces y después irme a ver “Batman contra Superman”, pero Maiko empezó a cuestionarme del viaje e insistió en que me quedara un poco para comerme los dulces con ellos, así que me dije “¡Qué Demonios! Al fin que la película va a seguir algunas semanas y ésta puede ser la última vez que conviva con estos muchachos” y me quedé de buena gana.


Así que me chuté media clase en lo que llegaba el receso. Mientras escuchaba sus dudas y sus respuestas de la lección me di cuenta que, al igual que la primera vez, ya estaba enfocado en lo que iba a hacer con mi tiempo más que extrañar la clase.

Como ya sabía que me iba a ir desde el principio, me cuide mucho de no relacionarme tanto con estos chicos, me blindé muy bien para que este momento fuera fácil, y me alegro de haberlo hecho porque, como son buenas personas y me cayeron bien, seguramente me hubiera quedado si me hubiese integrado por completo.

Fue un momento ameno mientras comían los dulces, incluso Satou Sensei vino un rato a acompañarnos. Al terminar el receso me despedí de ellos con una sonrisa y sin ningún remordimiento.

Tengo la intención de regresar a Japón en un par de años (a lo más tres) por lo que, seis meses antes del viaje, regresaré a clase a retomar algo de nivel. No sé si vayan a estar estos mismos chicos o las mismas maestras, ni siquiera sé si vaya a estar vivo para concretar ese segundo viaje, así que para mí sí fue una despedida real (ya si me vuelvo a encontrar a alguno, me dará mucho gusto).

Pequeñas conclusiones.

Hay que entender que en este mundo nadie se queda para siempre, ni nada va a durar eternamente. Eventualmente todo va a terminar y todos te van a dejar, de una u otra forma, te guste o no te guste, ya sea con previo aviso o que lo hagan de sorpresa.

No puedes basar tu bienestar en que alguien va a mantenerse en tu mundo, no puedes dar por sentado que las personas van a estar ahí siempre que las necesites (incluso tus seres más queridos).

Obvio no podemos volvernos monstruos desalmados con atole en las venas (aunque sería muy útil para terminar todos mis pendientes si me volviera uno) así que, lo mejor, es aprender a aprovechar lo que tenemos cuando lo tenemos.

Vas aprendiendo lo efímero de la existencia y tratas de aprovechar esos breves instantes en que tu camino coincide con el de alguien más porque, una vez que se separan, lo más probable es que no se vuelvan a reencontrar y, en caso de hacerlo, es casi seguro que no volverá a ser igual que antes.

Agradezco a todos y cada uno de los que se han cruzado por mi camino porque, sin ellos, no sería lo que soy ni hubiera aprendido lo que sé.

Minnasan, Doumo Arigatou Gozaimasu!


Hebert Gutiérrez Morales.

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