domingo, 5 de junio de 2016

Los años de peregrinación del chico sin color

           “Lo acometían, por un lado el sentimiento de culpabilidad y, por el otro, un vivo deseo. Una sensación peculiar que sólo se experimenta en lugares oscuros, ocultos, en los que lo real y lo irreal se mezclan furtivamente. Sin embargo, para su sorpresa, echaba de menos esa sensación”– Haruki Murakami (“Los Años de Peregrinación del Chico sin Color”)

            Es extraño, es la primera vez que voy a escribir de mi autor favorito: Haruki Murakami. No lo sé, tal vez era porque consideraba que Murakami era bueno para ser leído paro no valía escribir sobre él, y no por falta de calidad, al contrario: es tan bueno que no sería justo escribir sobre su obra, ya que es mejor experimentarla cada cual desde su perspectiva.

            Pero ahora he comprendido que ese prejuicio mío no sirve de nada (como generalmente sucede), porque sólo me estoy limitando de honrar a un autor que me ha dado tanto gozo con sus obras y, ¿por qué no decirlo? puede ser que alguien se anime a leerlo por alguno de estos escritos.


            Como comente en un ensayo anterior, llevaba un rato sin leer, lo cual me dolía. Tal vez fueron esos meses sin lectura o en verdad es un buen libro, ya que me gustó mucho, es más, por momentos me recordó a su obra más famosa y representativa: Tokyo Blues (O “Norwegian Wood”), sin que sean historias iguales sentí esa misma esencia.

            Cada vez que leo al maestro Murakami tengo la sensación de visitar a un buen y sabio amigo que, sin importar en qué circunstancias lo veas, siempre tendrá una palabra que te tranquilicé el alma. Y es que, al degustar sus obras, siento que mi ser se nutre, siempre que lo leo me siento más a gusto conmigo en este mundo.

            Antes de continuar vamos con el fastidioso pero necesario Spoiler Alert: No es mi intención destripar todo el argumento, como hago en las películas, pero sí voy a comentar momentos relevantes, así que le recomiendo dejar de leer este ensayo, disfrutar de ese delicioso libro y luego puede regresar a conocer mi opinión del mismo.

            Parte de la fascinación con este autor es que termino por identificarme con el 90% de los protagonistas, y Tsukuru no fue la excepción. ¿Por qué? Es extraño, por un lado trata de ver la realidad de la forma más objetiva posible pero él no entra en esa visión, ya que sus juicios hacía sí mismo suelen ser bastante injustos, por lo que tiende a menospreciarse.

            “Los corazones humanos no se unen sólo mediante la armonía. Se unen, más bien, herida con herida, dolor con dolor, fragilidad con fragilidad. No existe silencio sin un grito desgarrador, no existe perdón sin que se derrame sangre, no existe aceptación sin pasar por un inmenso sentimiento de pérdida. Esos son los cimientos de la verdadera armonía”– Haruki Murakami (“Los Años de Peregrinación del Chico sin Color”)

            Los diálogos de Haruki siempre son una delicia, y por eso me encanta leerlo, porque te hacen reflexionar sobre la vida misma, de las tonterías por las cuales perdemos la cabeza, por el sinsentido de este mundo o por lo que es realmente importante en nuestro diario trajín.

Y no sólo hablo de las pláticas que aportan directamente al argumento, porque igual de cautivadores son los diálogos que no están relacionados directamente con la historia principal, en realidad son como minicuentos que nada aportan al argumento primario pero, de igual forma, los disfrutas: me refiero al relato del papá de Haida y el pianista en la montaña o los dedos en formol abandonados en el metro.

Obviamente los diálogos de Haida fueron los más elevados, pero cada personaje, en su nivel cultural e intelectual, brinda unas líneas por lo más interesantes, dando como resultado una lectura fluida pero no hueca, de hecho con bastante esencia. Y ahí está otra de las grandes virtudes del maestro Murakami: abordar temas profundos con un lenguaje accesible e ideas claras.

Hablando de Haida, fue una sección que me encantó, era de esas amistades ganar-ganar en la que ambos se nutren, sobre todo de manera intelectual. Como ya mencioné, los diálogos fueron profundos y muy interesantes. Para mí, su amistad con Haida había sido casi tan valiosa como la de su pandilla de prepa por lo que me hubiera gustado que Tsukuru fuese a Akita y descubrir, por ejemplo, que Haida había muerto desde la infancia o algo así. ó_O

Continuando con Haida, era tanto el tiempo que pasaban juntos que empezaba a sospechar que el amigo de Tsukuru era gay y cuando (en sueños) su joven amigo se tragó el semen, no me cabía duda que lo era. Y claro que pasó, porque no hay otra explicación de que Tsukuru amaneciera tan limpio, por lo que me hace pensar que el pasaje de oscuridad anterior (También con Haida) efectivamente fue real.

Y sigamos pachequeando (como el buen Tsukuru hizo más adelante) si eso fue posible, es factible que la violación de Tsukuru a Shiro efectivamente haya acontecido y, ¿por qué no?, incluso la haya asesinado en su departamento en Hamamatsu. Todo es posible en el Universo Murakami pero, aunque suenen pachecas mis hipótesis, creo que son las más cercanas a la verdad. ¡Ah! Y para cerrar la sección de pachequeces, el pianista sí le pasó el don (entre otros) de ver auras al papá de Haida pero, de alguna manera, no murió, por eso Haida es tan especial (y no me refiero a lo gay).

Por cierto, siguiendo con Haida, ahí me entró una duda ¿Será capaz Murakami de tener algún día un protagonista gay? Digo, ya ha tenido personajes así (en esta obra hay dos) pero ¿un protagonista? Y me conteste ¡Ni de chiste!

¿Por qué? Simple, es un autor consagrado, no tiene por qué arriesgar con ello, por otro lado el pueblo japonés, principal mercado del maestro, tiene una actitud algo ambigua con la homosexualidad ya que, aunque tienen mucho material gay, sobre todo en historietas, es muy popular por su aire de clandestino. Esa misma ambigüedad le podría significar un auténtico “madrazo” a Murakami o hacerle daño a su carrera de acuerdo a cómo lo tomé el público nipón.

           “Hemos sobrevivido, tú y yo, y los que sobreviven tienen un deber que cumplir: seguir viviendo hasta el final, aunque muchas de las cosas que hagamos sean imperfectas”– Haruki Murakami (“Los Años de Peregrinación del Chico sin Color”)

¿Y luego dicen que es un mundo regido por hombres? ¡Ajá! Claro ¡Cómo no! ¬_¬U. Digo me alegro que Sara obligara a Tsukuru a enfrentar sus fantasmas del pasado pero, por un momento, imagine si la situación fuera al revés, y que él le pidiera a ella resolver sus heridas escolares, la respuesta sería: “¿Pero cómo puedes ser tan insensible y desconsiderado? He sufrido mucho todos estos años como para reabrir esa herida, bla bla bla” y claro, el buen Tsukuru hubiera salido regañado. ¡Ah! Pero como ella es la que lo solicita, hasta lo chantajea con no volver a tener sexo si no resuelve sus problemas, algo que Tsukuru no quería.

Y eso, mis querid@s lector@s pasa en todos lados. Así que eso de que el mundo lo manejan los hombres es una vil falacia: en la mayoría de las ocasiones somos manipulados por oscuras fuerzas femeninas. ¬_¬

La Muerte de Shiro me impactó bastante ya que, aunque Murakami suele describirte muy bien a sus personajes, ahora no pude imaginarme al resto, sólo a la hermosa chica de larga cabellera negra. Y cuando me enteré que murió, fue duro para mí, y eso que aún me faltaba conocer el resto de su trágica historia. Con ese antecedente pensé que Tsukuru la iba a tener difícil al intentar hablar con los otros tres.

            La plática con Aka me gustó bastante, en primer lugar porque lo recibió sin trabas, en segundo lugar por toda esa explicación del mundo laboral, su definición del perfil de cada trabajador y cómo funciona la cadena de intereses, me pareció una explicación muy clara y soberbia de cómo funciona el mundo empresarial.

Pero lo más importante, me encantó que, sin dejar su papel, se mostró muy leal y cooperativo con Tsukuru, incluso dándole más información de la que él pretendía encontrar, hasta dándole más tiempo del que creía iba a recibir, y es que el buen Aka utilizó esa visita para expiar sus pecados. Se puede ver como el último favor mutuo que se hicieron como amigos. No sé por qué, pero me conmovió mucho cuando él lo acompañó al elevador para despedirse
 
A propósito del Gran Gatsby
            Antes de pasar con Kuro, quiero compartir otro de los beneficios, por lo menos para mí, de leer a Murakami, y es que sus obras siempre me abren los horizontes sobre música, películas o libros que no conozco y que, gracias a él, me atrevo a conocer, como fue el conocer la maravillosa obra de F. Scott Fitzgerald: “El Gran Gatsby”.

En esta ocasión escuché “Los Años de Peregrinación” de Liszt (interpretado por Lázar Berman), la cual me gustó mucho, aunque no sé si fue por el libro en sí (al imaginarme a Shiro tocándola con todo el profundo sentimiento expresado en el texto) o con el oído educado de un hijo con un papá adicto a la música clásica (aunque lo suyo era más Mozart y Beethoven, pero de todas formas me educó “indirectamente” en el género).

El caso es que la secuencia completa (de poco más de media hora) es una obra excepcionalmente bella, con sus momentos íntimos, fuertes, con enojo y también con dulzura. Obviamente, tras las descripciones de Murakami, ya traía un prejuicio positivo hacía esta obra, es por ello que cuando terminó la interpretación de Berman, se me salió una lágrima por la nostalgia de imaginarme a Shiro tocando esa última nota tan melancólica. Me resulta increíble que un personaje con tan poco participación “real” hay sido tan vital, la tristeza que sentí al terminar la melodía fue a causa de su muerte.

“– ¿No te parece extraño? – Dijo entonces Eri.
- ¿El qué?
- Que esa época tan asombrosa haya quedado atrás y ya nunca vaya a regresar. Que tantas posibilidades fabulosas hayan desaparecido, como si el tiempo se las hubiera tragado.
Tsukuru asintió en silencio. Pensó que tenía que decir algo, pero no encontraba las palabras.”– Haruki Murakami (“Los Años de Peregrinación del Chico sin Color”)


            Todo el pasaje de la visita a Finlandia lo disfrute bastante y me prometí que un día visitaré dicho país escandinavo. La descripción de Murakami me encantó, porque me resultó, en esencia, muy familiar a lo que percibí en Islandia, con esa gente tan amable y acomedida. Igual y voy en unos cuatro años pero, eso sí, en Verano.


            La Reunión con Kuro (Eri) fue mi favorita del grupo, tal vez por la intimidad, por la honestidad y por esos silencios cómplices que comparten amigos de la juventud  que siguen vigentes sin importar el tiempo o las experiencias que los hayan hecho cambiar.

            Al inicio pensé que Eri le iba a hacer el feo, después me sorprendí que le dijera que ya sabía que no había violado a su amiga. Y después acabé por entender por qué sacrificaron a Tsukuru por el bienestar de Yuzu (Shiro). Por cierto, un detalle lindo ponerle el nombre de su difunta amiga a su hija pero, energéticamente, tal vez no haya sido lo más inteligente.

            Con la plática de Eri te cambia totalmente la perspectiva de la situación: al inicio crees que los amigos de Tsukuru eran unos ojetes por cortarlo, después entiendes por qué lo hicieron y acabas diciendo “Era lo mejor”. Y también me sentí bien cuando le dijo Eri que lo hizo porque sabía que él iba a sobrevivir, por el buen concepto en que lo tenían los cuatro. Además agradeces conocer la opinión de cada miembro sobre nuestro protagonista, porque así te das cuenta que el más ojete (consigo mismo) es el buen Tsukuru, que nunca reconoce sus virtudes.
 
Su servidor y atrás de mí el "Don Quijote" de Shinjuku
            La despedida de Eri me dio mucha nostalgia seguida por una profunda tristeza, aunque después se tornó en preocupación porque pensé “No la dejes sola Tsukuru, capaz que el espíritu malo llega a matarla y te van a inculpar a ti”, pero el maestro Murakami no es tan cúlero. ;-)

            Este es mi primer libro de Murakami desde que regresé de Japón por lo que, cada vez que mencionaba un lugar en el cual había estado, se me rompía el corazón invariablemente. Y es que decía “Yo estuve ahí”, “Me subí a esa línea”, “Camine por ese parque”, “Estuve en ese barrio”, etc. Pero en donde sí me ganó el sentimiento hasta las lágrimas fue su descripción de la estación de Shinjuku, y la recordé con mucho cariño y anhelo. Es de esos “sufrimientos bonitos” que voy a tener que lidiar cada vez que vea algo relacionado con Japón, porque mi corazón se quedó en la Tierra del Sol Naciente :’-(


Ya para terminar el argumento en sí, el capítulo final de Tsukuru es el final perfecto, una auténtica delicia, una obra de arte autónoma dentro de este mismo libro, en especial toda esa introspección que hace cada vez que ve todo el movimiento del metro. El capítulo en particular habla de nada y, al mismo tiempo, de todo. Me gustó mucho cuando pondera subirse al tren y conocer Matsumoto, o todo el repaso sobre su padre, fue simplemente una secuencia de reflexiones maravillosas.

            “Probablemente jamás volvería a aquel lugar. Quizá tampoco volvería a ver a Eri. Cada uno seguiría con su vida en sus respectivos lugares, como había dicho Ao: no se puede dar marcha atrás. Al pensar en ello, la tristeza surgió de alguna parte y lo inundó sin hacer ruido, como si fuera agua. Era una tristeza transparente, sin forma concreta: era su propia tristeza y, al mismo tiempo, era una tristeza inalcanzable, en un lugar distante. Lo ahogaba y le dolía como si le horadase el pecho”– Haruki Murakami (“Los Años de Peregrinación del Chico sin Color”)


            Cuando te acostumbras al estilo de Murakami, sabes que al final va a dejar cabos sin atar pero, al llevar tantos libros de él, ya estás preparado mentalmente para ello. Es más, el cabo suelto de Sara no me preocupó tanto (porque ella lo hubiera mandado al cuerno desde la primera vez y no hubiera puesto tanto interés en que él resolviera sus Issues). El cabo suelto que me hubiera gustado que resolviera fue el de Haida, pero tampoco pasa nada si lo deja así. De alguna forma estuvo bien que no se resolviera el misterio de la muerte de Shiro porque, así como en la vida real quedan muchas cosas sin resolver, en los libros tampoco todo debe ser revelado.

            Después de haber estado dos semanas en Japón, comprendo por qué Haruki tiene esa tendencia a dejar puntos abiertos: porque es muy nipón. Es una actitud muy sutil para que cada lector le dé el final que le guste, el autor te da todos los antecedentes, los personajes, las situaciones y te encarrera, para que escojas qué arreglos finales ponerle y él no te sorrajé el de su gusto, es una manera muy educada de ser. Tal vez el occidental no lo entienda del todo, pero para el japonés ser sutil y educado es algo muy importante.

            En mi muy particular punto de vista, el maestro pudo alargar más la historia, en donde Tsukuru hubiera averiguado más sobre la muerte de Shiro con su familia o incluso ir a Hamamatsu. También hubiera seguido la pista de Haida para aclarar el porqué de su repentina partida y hubiera utilizado al pianista de los dedos amputados más en la historia.

Seguramente hubiera podido, y hubiera sido un deleite pero, por fortuna, se detuvo en el momento exacto. Y es que Murakami Sensei ya ha hecho eso, como cuando se explayó de manera excepcional en “Kafka en la Orilla” pero ahora su visión cambio y dejó la Obra en el punto correcto. Y es que también corre el riesgo de que se le salga de las manos al haber dado más, como ya le pasó en “El Fin del Mundo y un despiadado País de las Maravillas”, una de las pocas obras que sí me dejo con un sentimiento indefinido marcado :-/

            Y ahí me queda claro por qué me gustó tanto “Los Años de Peregrinación del Chico sin Color”: Por las casi nulas pachequeces. Obvio tuvo sus hechos inexplicables pero nada de hombres carneros, gente diminuta o sombras independientes. Y conste que amé “1Q84”, “Baila Baila Baila” o “La Caza del Carnero Salvaje”. Siendo honestos he amado casi todas las obras de Murakami, por eso lo sigo leyendo, a pesar de las Pachequeces.

Sin embargo, de vez en cuando, uno agradece y disfruta estos libros con su toque extraordinario pero nada tan alejado de la realidad, por eso disfrute tanto “Tokyo Blues” o “Al Sur de la Frontera, al Oeste del Sol”, porque tenían ese sentimiento más terrenal, con el que te sientes más identificado. Por eso me gustó, aún más, este libro del maestro Murakami.

            Obvio no quiero que deje de sacar a sus seres fantásticos, porque es divertido tratar de adaptar a tu paradigma dichas situaciones extrañas pero, de vez en cuando, también se agradece una lectura más real.

           “En el mundo hay muchas cosas que no se arreglan sólo con afecto. La vida es larga y a veces cruel: en algunos casos hacen falta víctimas. Alguien tiene que asumir ese papel, y los cuerpos frágiles y vulnerables, están hechos para sangrar al cortarse”– Haruki Murakami (“Los Años de Peregrinación del Chico sin Color”)

            Como siempre lo he sostenido, el fuerte de Haruki no es lo que te cuenta, sino la belleza de cómo te lo cuenta, te podrá recitar la tabla periódica pero, con la mágica elegancia que lo caracteriza, quedas embelesado. Sin embargo, este argumento me gustó mucho, así que ahora no sólo fue la forma, sino el fondo también mereció mi más amplio reconocimiento.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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