sábado, 17 de septiembre de 2016

La hermosa Isla de Miyajima (Itsukushima)

Con la O-Torii
Cuando empecé a visualizar el viaje a Japón, los únicos sitios seguros eran Kioto y Tokio pero, al tener dos semanas y un pase para usar el tren bala ilimitadamente, empecé a ampliar mis horizontes.

Originalmente no había planeado visitar Hiroshima, por lo menos no en este viaje, ya que estaba muy al sur pero, al ver que todos mis conocidos, que habían vivido o visitado Japón, me hablaban maravillas de tan hermoso sitio, decidí incluir en la agenda y me alegro de ello porque, el día que pase en este sitio ha sido de los más memorables de mi vida.

Tanto así que lo tuve que dividir en dos escritos.

La llegada

Salí muy de madrugada de Kioto, para aprovechar el día al máximo. Ame cada una de las veces que me subí al Shinkansen, tal vez suene tonto porque es un “simple” tren, pero la experiencia es única. Pero creo que amé aún más la puntualidad japonesa, ya que los horarios son muy exactos, así que casi no tuve tiempos de espera entre cada transbordo (entre el camión y el metro, el metro y el Shinkansen, el Shinkansen y el metro y el metro y el Ferry). No exagero al decir que me bajaba de uno y me subía simultáneamente al otro. Una realidad única esto de transportarse en Japón, tanto que tengo en proceso un escrito sobre el fascinante transporte nipón.
Abordando el Ferry

Decidí visitar primero Miyajima, ya que estaba en el punto sur de Hiroshima y, ya de regreso, pasar la tarde en el centro de la ciudad para no transbordar tanto para el tren de vuelta a Kioto.

El Ferry estaba lleno de turistas y eso que apenas eran las 9AM, pero la embarcación estaba tan amplia que podías disfrutar del hermoso paisaje. Lo primero que me llamó la atención fue una serie de pisos de madera flotando en el mar. Ya en la isla me enteré que servían  para “cultivar” almejas, y es que los isleños viven de dos Industrias: el turismo y las almejas.
Ahí cultivan las almejas

Ya cuando te acercas a la orilla te encuentras con la Torii del Santuario, una puerta en el mar que da una visión espectacular de la Isla y que es uno de los tesoros nacionales japonés.

Primeras impresiones de Miyajima

            Dentro de todos los lugares que quería conocer en Japón, Miyajima no estuvo dentro de ellos, es más, ni siquiera sabía de su existencia. Pero, cuando decidí incluir Hiroshima en el itinerario, investigue los lugares a visitar y, cada reseña que consultaba, me decía que la pequeña isla era un “must”. Esto de la investigación previa te permite encontrar joyas que resultan a veces más esplendorosas que los Highlights más populares.
La Torii al llegar

Justamente ése fue el caso de esta hermosa isla al sur de Hiroshima. Ciertamente fui muy feliz cada instante que estuve en territorio japonés, pero la visita a este lugar fue muy especial, sin duda de las que más disfrute. Miyajima es el pueblo principal de la Isla, cuyo nombre oficial es Itsukushima, pero popularmente se le conoce como Miyajima tanto a la isla como al Pueblo.
Los ciervos andan libremente

            Es una isla llena de naturaleza, con pocos signos de modernidad y un ambiente tranquilo, esto contrasta con la urbe que dejas atrás. Ves cómo te alejas de Hiroshima desde el Ferry y, al estar en Miyajima, es como escapar del mundo “avanzado” y llegar a lo que debería ser nuestro hábitat: una sociedad tranquila, en un ambiente lleno de árboles, sin ruido, sin autos, poca gente, sin todo ese frenesí de las urbes grandes.

            Al igual que en Nara, aquí también hay ciervos que rondan la isla de manera tranquila y libre, aunque no son tantos como la ciudad de Kansai, pero de igual manera se les considera mensajeros de Dios.
La Torii de Cemento por la cual accedes al Santuario

Otro factor que me encantó fue que las antigüedades están muy bien conservadas, de hecho te sientes transportado al pasado, porque son muchos detalles que están perfectamente cuidados y que difícilmente puedes creer que es un sitio histórico.

            El clima estuvo variando del frío al fresco en mis dos semanas en Japón, pero el día de Miyajima estaba pletórico y me imagino la delicia de meterse a su playa en verano, sobre todo que está limpia (como todo en este país).
Clásicas Lámparas Japonesas a la orilla del mar

            La Arinoura O-Torii y la japonesita amable

            La imagen es espectacular, ya había visto una Torii en el agua cuando visité Moto Hakone, pero la de Miyajima es enorme y el hecho de estar en medio del mar te da una estampa aún más llamativa. Oficialmente se llama Arinoura O-Torii, pero es tan grande (16 metros de altura) y tan icónica que todo el mundo la conoce como la Torii de Miyajima.
La Bella O-Torii

            Lo que más me llamó la atención es lo bien conservada que se encuentra para estar en medio de un ambiente tan agresivo para la madera y, aun así, se veía reluciente. Se ve que los monjes del Santuario o el ayuntamiento del lugar hacen un excelente trabajo al momento de cuidar su patrimonio cultural.

            Había demasiadas personas (y eso que era una mañana de miércoles), así que era difícil sacar una foto limpia con la Torii, pero me encontré con una chica nipona muy amable que accedió a sacarme una con la puerta y yo le saqué otra a ella. Después me pidió que nos sacáramos una juntos, lo cual me llamó la atención, porque el japonés no es tan sociable, pero ahí comprobé que los nipones sureños y, sobre todo, de las ciudades más pequeñas, suelen ser más receptivos con el extranjero. De hecho Paco me lo había advertido: “En Tokio y Kioto abundan los Gaijin por lo que nadie reparará en ti, pero cuando vayas al sur, vas a ver que llamas más la atención”
La nipona amable

            Y es verdad, ya que en este lugar fue donde más interacción tuve con los nipones, y se mostraban más abiertos, dispuestos a tomarme fotos para que no me sacara tanta Selfie y hasta a platicar brevemente conmigo, preguntarme de dónde venía y qué me parecía su país (tampoco les pidan una plática larga, ya con esas preguntas es bastante para el estándar japonés).

            Santuario Itsukushima

            La Torii forma parte del Santuario Itsukushima, ambos fueron inaugurados en el año 593 (hace más de 14 siglos). Obviamente ha sido destruido y reconstruido en varias ocasiones debido a desastres naturales y a conflictos armados. En 1950 fue declarado Patrimonio Mundial Cultural de la Unesco.
El bello Santuario encima del Mar

            Este Santuario tiene la peculiaridad que fue montado encima del mar, esto para venerar al Dios del mismo. Recordando que en el Sintoísmo las miles de deidades están basadas en los elementos de la naturaleza.

            Técnicamente no es el único lugar religioso de la Isla, pero sí el más llamativo e importante, sobre todo por  la Torii en medio del mar. Aunque me la pase visitando muchos templos y Santuarios en mi visita a Japón, éste fue de mis favoritos.
Hermosa estampa

            El estar sobre el mar le da un toque especial, por esa brisa marina hace que las cosas sean más disfrutables. Y es que, a donde quiera que volteaba había una toma que ameritaba ser fotografiada, el buen gusto japonés estaba por todos lados  y es que, a pesar de que pasaban los días, no te acabas de acostumbrar a estos lugares de gusto tan exquisito.

            La atracción principal es la Torii, porque el altar a su Dios es en verdad algo austero pero, cuando te cansas de tomar decenas de fotos de la Puerta en el mar y recorres el lugar, ves que no hay otra cosa igual de espectacular, sin embargo, no dejas de tomar fotos individuales, porque el sitio es extremadamente bello por sí mismo.
La Pagoda al fondo da un toque muy clásico

            Seguramente sus caminos, puentes, construcciones y estatuas no son cosa del otro mundo, pero con el sol esplendoroso y el cristalino mar, la sensación de alegría es instantánea y te sientes muy feliz de estar ahí.

            La paz que ahí se respira es impresionante, lo noté porque, a pesar de haber tanta gente y sin ningún letrero que te pidiera silencio, el sitio te inspira mucha tranquilidad, pero no por cuestiones de creencias, sino por la convivencia con la naturaleza. Como el Santuario se adaptó a su ambiente, se nota esa comunión en el sentimiento que te transmite.
Lamparas y esculturas en medio del agua

Al final era parte de la esencia del Santuario, y ahí me di cuenta que cada lugar religioso que visite podría verse igual que el otro, con la salvedad que se adaptaban muy bien al medio en el que estaban, ya fuera en el bosque, en la montaña, en el lago, en la ciudad, en el mar, etc. El existir acorde a tu ámbito resalta la belleza de estos lugares, y por eso se sentí tan bien entrar a cada uno de estos hermosos Santuarios.
En la sencillez del lugar radica su belleza

            El Pueblo de Miyajima

            La zona turística abarca desde el muelle en donde llega el Ferry y gran parte de la costa. Ciertamente había mucha gente para ser miércoles por la mañana, pero todos se fueron al Santuario, a las tiendas, a las Pagodas, al Ferry y demás.

            Después de visitar el Santuario, me adentré un poco en el pueblo, ése en donde vive la gente, el mismo que no tiene nada de turístico ¡y me encantó! Obviamente no tenía nada de espectacular, un pueblo japonés cualquiera, pero la paz que ahí se respiraba era impresionante.
Una Garza caminando tranquila

            Creo que todos los pueblos a la orilla del mar deben experimentar ese ambiente sereno, fresco y despreocupado. Las calles limpias, angostas y tranquilas, las casas bonitas sin ser tan llamativas y los pequeños canales que llevaban el agua a través del pueblo.

            Los turistas no suelen detenerse a ver la población, ya que es un simple lugar de paso hacia el Monte Misen pero, como me sentí tan a gusto, opté por entrar a una pequeña cafetería que estaba vacía, para echarme un sándwich y conseguir tips de los lugareños sobre lo que debía conocer.
La Torii se encuentra frente al Santuario

No sólo conseguí los tips que buscaba, también me enteré del estilo de vida del lugar. Y es que en la Isla el tiempo parece que se había congelado, porque la gente no se la vive pegada al celular, a la computadora o al Internet, ya que aún salen a pasear en la naturaleza, se ponen a leer, están pescando o atendiendo turistas.

La población no rebasa las 2500 personas, así que todos se conocen los unos a los otros. Creo que por eso me enamoró tanto este lugar, porque es un oasis en esta vorágine que llamamos mundo moderno.
Los pasillos que conectan las estancias del Santuario

La dueña de la cafetería me comentó que el Pueblo recibe un subsidio del Gobierno, para mantenerlo limpio, aunque sospecho que no sería necesario, ya que el japonés es pulcro por naturaleza, ya que no vi gran diferencia entre la limpieza del pueblo con el resto de lugares que visité en Japón.

A pesar del subsidio, la gente trabaja con gusto, como buenos nipones, ya que su orgullo les impediría vivir sólo de ayudas gubernamentales. Así de importante es este paradisiaco lugar para Japón (me alegra que ellos sepan identificar sus tesoros y cuidarlos). Fue una plática muy provechosa de la cual comentaré más a fondo en otro escrito sobre este viaje.
Sientes que te transportas al pasado

            Al dejar la cafetería, empecé a avanzar hacia la cima del Monte Misen. Al Pueblo ya no regresé, porque bajé del otro lado del Monte, pero me lleve muy grata impresión de ese lugar cuyo mayor chiste era la vida tranquila y sencilla que respirabas a cada instante.

            El Templo Budista Daisho-In en el Monte Misen

            Inicie mi ascenso al Monte Misen pero antes hice una parada en el Templo Budista que queda junto al camino. Daisho-in es un templo hermoso, no tan grande como el Santuario Sintoísta de Itsukushima pero, para mi gusto, más bello.
Daisho-In

            En realidad siempre sentí una afinidad especial con los templos Budistas, los Santuarios Síntoistas también estaban bien, pero en los budistas había un ambiente más libre, más relajado, menos solemne y, por lo mismo, me sentía más a gusto.

            Daisho-In está lleno de hermosas estatuas, tanto de Buda como de otras imágenes folklóricas japonesas como los Mapaches, los Akuma, los Tengu, los Oni, los pequeños niños sonrientes, además de las de Kannon obviamente.
Figuras dentro del Templo

            Dentro del Templo pude ver una exposición de muñecas japonesas clásicas, lienzos de épocas antiguas, ofrendas a Buda, pinturas de la guerra, papiros y demás, sin costo alguno (en el Santuario de Itsukushima sí te cobran la entrada).

            El templo está rodeado de pequeños jardines y escaleras que te llevan a otros mini templos de oración. Todos estos flanqueados por bastantes estatuas, muchas de ellas “vestidas” para la ocasión. A diferencia de la sobriedad de Itsukushima, aquí sí había muchos detallitos que te atrapaban la atención hacia donde vieras, sin resultar agobiante, en realidad era muy agradable degustar cada estampa.
Estas escaleras eran una belleza

            Había muy poca gente (más adelante les digo la razón), y eso hizo mi visita más deliciosa a este templo tan colorido, tan agradable, tan amigable y tan cálido, en donde todo el mundo te sonríe y te sientes bienvenido todo el tiempo.

Monte Misen (Parque nacional Setonai-Kai)

            Saliendo del templo inicie el ascenso a la punta del Monte Misen, mismo que sólo tiene 535 metros de altura, aunque suenan más fáciles de subir que lo que en realidad resulta. El Monte alberga al Parque Nacional Setonai-Kai, una zona protegida en donde ciervos y monos rondan libremente.
Estampa muy japonesa

            Pude haber subido y bajado por teleférico y darme tiempo para ir a ver el jardín botánico que hay en esa zona pero me era más importante ver la belleza del Monte subiéndolo a pie. Sin duda el jardín botánico estaba hermoso, como todos los jardines que visite, pero subir el monte a través de su camino agreste era algo más divertido y/o emocionante para mí.

            Todavía no era época de lluvias, así que pase por una cascada con su respectivo río a muy bajos niveles, y por ahí pude fotografiar a un ciervo algo tímido. Debido a los deslaves del pasado, al río le colocaron una presa para hacer su cauce menos violento cuando llueve.

El camino inicia bien delimitado, con escalones y hasta barandales pero, conforme vas subiendo, los escalones están más desgastados y ya no hay barandales, lo cual va complicando el ascenso.
Subiendo al Monte Misen

            El trayecto es bastante accesible pero, si no tienes condición, puede resultar intenso. Para meterle emoción a la subida, te avisan que en el área puedes encontrarte con serpientes venenosas llamadas “Mamushi”, y te dan las recomendaciones en caso de que encuentres una.

            En el sendero hay puntos de descanso y también vas encontrando “Mones” con sus demonios guardianes, que te indican pequeños templos budistas en los que puedes orar para alcanzar pronto la cima (o por lo que quieras orar).
La subida estuvo intensa (al fondo Hiroshima)

            Ya en la punta, la vista es hermosa, y te das cuenta que la gran mayoría de gente que está ahí llegaron por el teleférico, porque estaban frescos como lechuga. Sin embargo, tienes un orgullo especial al haber llegado por el camino difícil, porque siempre que te cruzabas con alguien, además de desearle un buen día, había una sonrisa de complicidad de ser físicos e irnos por el camino rudo.

            La vista desde la cima te deja claro que, aunque no se ve tan grande, la mancha urbana de Hiroshima es bastante amplia, ocupando toda la bahía, y también me llamaba la atención que no invadía los montes de atrás, respetando la naturaleza que los rodea.
Figuras Budistas en el Templo de la Cima

            Al lado del mirador hay otro templo muy bien cuidado y llamativo, aunque no se comparaba con el Daisho-In, y ahí me hice consciente que la gran mayoría de gente, al subir por la ruta fácil, se había perdido aquel hermoso templo budista (otra ventaja de tomar las rutas menos transitadas). El camino de regreso fue más fácil, o así me pareció porque fue de bajada y fue bastante rápido.

            La Pagoda de la Zona Comercial
La Pagoda de Cinco Pisos

            Bajando del lado del Teleférico, llegué a la Pagoda de cinco pisos llamada Goju-No-To, que está muy bonita y está en medio de la zona comercial, en donde hay otras construcciones clásicas y está lleno de tiendas, restaurantes, tiendas de souvenirs, tentempiés y demás.

            Como todavía era temprano, no había tanta gente, por lo que pude disfrutar la belleza de este lugar sin multitudes. Ahí me compre una especie de empanada de almeja que sabía rica y unos Momijis, unos pastelillos rellenos muy monos, envueltos de manera artesanal y que sabían muy ricos, esto antes de subirme al ferry para que me regresara a Hiroshima.

            Mientras esperaba la embarcación, voltee a ver hacia el Santuario y la cantidad de gente ya era 10 veces mayor que cuando había llegado; ahí me alegre de haber venido tan temprano y tener la oportunidad de disfrutar tan bello lugar de manera pacífica.

            Dejando la Isla
Dejando Miyajima :'-(

            Cuando el Ferry partió de regresó, sentí una tristeza profunda. No me había dado cuenta lo bien que la había pasado en las cinco horas que estuve en la Isla. Sonará ridículo, pero estaba distraído por lo bien que estaba que no me hice consciente de mi felicidad.

            La belleza de Miyajima te acaba por envolver, una vez que conoces lo más popular, te pones a conocer con calma el resto del lugar, y te das cuenta que es inexplicablemente hermoso. A primera vista podría ser como el resto de Japón con sus templos, tiendas, pagodas, playitas y demás, pero Miyajima tiene una esencia propia, es como otro estilo de Japón.
Sólo 10 minutos separan Miyajima de Hiroshima en Ferry

            Ciertamente en mi viaje a Japón estuve en sitios más llamativos, más espirituales, más modernos, más famosos, más significativos, más atractivos y hasta más bellos; sin embargo, Miyajima fue en verdad especial, no sé cómo explicarlo fue como una visita a un hogar que no sabía que existía, un lugar cálido y divertido, un lugar íntimo, sin lujos pero en el cual viviría con mucho gusto.

            Como voy a escribir en el último ensayo del viaje, el país del Sol naciente robó mi corazón aunque, en realidad, la expresión correcta es terminó por robar mi corazón, porque desde niño ya lo amaba.
Daisho-In

            Pero, dentro de todo lo que viví, Miyajima me dio algo que ningún otro sitio me dio y, lo más curioso, es que aún no lo puedo definir con palabras, sólo es un sentimiento cálido que se mantendrá en mi corazón hasta el día de mi muerte.

            ¿Por qué Miyajima es tan especial? Porque fue inesperado. Había muchos sitios que anhelaba visitar por atracciones en particular como Nara, Kioto, Tokio, Kamakura, Moto Hakone y demás. De Miyajima no esperaba nada, no había nada que esperara con ansías y, sin embargo, al dejarla, mi corazón estaba pletórico de felicidad por visitarla y destrozado de tristeza por dejarla.
De los días más felices de mi vida

            Sin temor a sonar cursi debo admitir que amé a Miyajima con todo mi ser y prometo volver algún día y, con algo de suerte, quedarme a vivir ahí para terminar de ser feliz.

:’-)

Hebert Gutiérrez Morales.

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